jueves, 30 de abril de 2020

Diario de una cuarentena. Día 49

Estoy entrando en el desencantamiento. Es la última fase (por ahora) de la cuarentena. Al principio, esos primeros días tan raros y tan inciertos, yo pensaba en esto como una oportunidad, casi una nueva era y enseguida comprobé que sólo era un agobio y un estrés. Después llegó la calma y pasé a fase enamoramiento, en la que organizamos la isla desierta y pensamos que podríamos resistir ya lo que fuera y por el tiempo que fuera. Ahora, precisamente cuando el final se ve más cerca, cuando ya hay fechas para ir haciendo cosas "normales", es cuando me siento cansada y desencantada. No me siento segura con lo del desescalamiento y me temo que cuando lleguemos a cierta normalidad, me quedaré sola pero peor que antes. En mi trabajo me exigirán como si nada hubiese pasado, pero con los niños en casa. Y por otro lado yo ya quiero estar algún día sola... o no, no lo sé, la verdad.
Y sin embargo, cuando las medidas se van haciendo realidad, las disfrutamos. Lo de la salida de los niños, por ejemplo, es algo que seguimos disfrutando mucho. Y eso que hoy salí con ellos sin ganas, después de intentar que saliese mi marido. Pero a los niños les sienta fenomenal, se lo pasan bien simplemente pateando una pelota y persiguiéndose por la hierba del parque, que sigue alta y llena de margaritas. Y la hora pasa volando, pero ni se quejan, saben que otro día podrán volver a salir. La tarde se nos acorta como si en realidad saliésemos más de una hora y de noche se duermen antes. Yo no hago mucho ejercicio cuando salimos al parque y sin embargo físicamente lo noto. Y además de nuevo hoy, novedades desde el gobierno. Desde el sábado 2 de mayo se podrá salir a hacer deporte o pasear. Habrá distintas franjas horarias para las distintas edades. A mis suegros, por ejemplo les dará un respiro, hartos ya de su bici estática y de caminar por el pasillo, aunque aun no podremos verlos o más bien, aun no podrán ellos ver a los niños, que es en realidad lo que quieren.
Y yo pienso que si el sábado y el domingo mi marido saliese con los niños y yo saliese a caminar, ya estaría haciendo una vida mejor que la de antes del confinamiento, así que no está nada mal.
Además de las novedades estas que me provocan sentimientos encontrados (alivio-miedo) tengo por delante un fin de semana de casi cuatro días. Mañana, el sábado y el domingo no tenemos ni trabajo ni cole y el lunes tenemos trabajo pero no cole. Me gustaría, además de descansar y salir a caminar, trabajar, porque si estos días me centro y saco adelante unos cuantos informes sé que la semana que viene no me sentiré tan mal cuando no esté trabajando al 100%.
Y el domingo es el día de la madre y el lunes nuestro aniversario, así que estamos de fiesta. Lo de salir a comer fuera está pasando de una novedad a casi una costumbre y además voy a hacer mi tercera tarta de chocolate del confinamiento. Pero bueno, haga las que haga, las cochelates siempre son muy bienvenidas en esta casa.

Diario de una cuarentena. Día 48

Hoy dos nuevos capítulos de "Ingeniería romana" han provocado que me ponga a escribir prácticamente a las doce de la noche. Pero es que es apasionante. Así que simplemente resumiré el día.
Lo que más me ha marcado todo el transcurso del día ha sido el cansancio, físico pero también algo mental. A los niños también los noto cansados. Ahora no están tan alterados como la semana pasada pero creo que sí más aburridos mentalmente. Esta semana se nos ha pasado a todos la novedad y el entusiasmo. Noto un bajón en el sentimiento que teníamos de familia, de disfrutar esta nueva rutina y creo que estamos cansados. Así que las novedades en cuanto a las salidas nos vendrán bien. Pero sigo teniendo miedo, más que al virus, a lo desconocido, a no saber cómo será la semana que viene y la siguiente y la otra.
Hoy no he salido con los niños. Hacía un día de esos feos, con viento, frío y lluvia pequeña. Hasta la hora de comer estuve esperando a ver si cambiaba pero creo que fue a peor. Así que se lo expliqué a los niños, que no estaba día de salir, que antes no salíamos con un tiempo así y que tener derecho a salir no era obligación. Lo entendieron perfectamente y después de comer simplemente se pusieron a jugar. Y a mí me vino fenomenal porque estaba tan cansada que ni siquiera recogí la cocina. Me fui al salón y me acosté dispuesta a dormir la siesta. Mis hijos me despertaron dos o tres veces a gritos y claro, no me lo tomé muy bien. Mi intención era reponer fuerzas y ya despejada, trabajar. Me levanté totalmente zumbada y enfadada, así que no arreglé mucho. Y viendo que intelectualmente no estaba ni para sumar 2+2 me puse a planchar y así al menos cambié las sábanas de la cama de mi hijo. Una de esas pequeñas tonterías que me hacen sentirme bien, como las ansias de limpieza. Y así superé el enfado pero no el cansancio y cierta apatía. 
Estoy algo inquieta por una cosa del trabajo que quiero hacer y en la que no avanzo. Supongo que mañana tampoco la acabaré pero teniendo en cuenta que es el último día de cole hasta el martes que viene, tendré que sacar tiempo estos cuatro días de fiesta. Aunque por algún motivo que desconozco, a mi hijo le van a poner deberes. Y se los envían mañana, como para asegurarse de que los hagan en vacaciones. O yo no entiendo nada o son las profes las que no entienden la situación. Habrá niños a los que les vengan bien esos días precisamente si tienen que completar alguna tarea que les haya quedado colgada, pero lo que es seguro es que a todos nos vendrán bien para lo que son las vacaciones, para descansar. Parece que incluso con lo que están haciendo, con esta situación tan rara, seguimos pensando que si los dejamos sin trabajar "se van a acostumbrar". Como si los niños no hubiesen demostrado bastante ya que se adaptan a todo y que responden mucho mejor de lo que pensamos. Así que sólo espero que sea asumible y sobre todo que sea algo entretenido. Por el bien de todos.
Una idea que me ronda estos días al escribir el título es cuándo acaba la cuarentena. Porque si ya salimos el día 2 a pasear ¿seguimos confinados? será hasta que salgamos siempre que queramos a donde queramos. Y yo que pensé que íbamos a estar 15 días...

miércoles, 29 de abril de 2020

Diario de una cuarentena. Día 47

Hoy el día ya ha sido normal. Es lo bueno que tienen los días malos, que son insuperables. Y eso que me levanté cansada, tarde... y que los niños se despertaron a la vez que nosotros... pero ya el día tenía otra luz. 
Y mi hija, siguiendo su línea de los últimos días, se levantó intentando fastidiar, pero simplemente pasamos de ella y cuando se cansó de que nadie le hiciese caso, se puso a funcionar.
A partir de ahí las clases fueron bien. A mi hijo últimamente le cuesta más estar solo y viene muchas veces con cualquier disculpa. Le recordé que por la tarde queríamos salir después de comer y que tenía que hacer todo por la mañana. Le dije que si hacía los descansos cortos y los respetaba, acabaría antes. Y funcionó, porque cada vez que paraba se ponía una alarma en el iPad y cuando sonaba, volvía.
Con mi hija, como tenía vídeo llamada con un grupo de clase y la profe, funcionó organizar varias clases antes de la llamada y así dejar menos para después.
Y por el medio de los descansos y fichas fui haciendo crema de calabacín con champis y también algo de trabajo. Cuando acabaron las clases me puse con las lubinas y las patatas.
Normalmente la lubina es lo más para mi hijo pero esta vez mi hija también la comió fenomenal y dijo que estaba riquísima. Es un gusto cómo está avanzando, pero es que en casa cada vez comemos mejor todos. Es el pequeño lujo que nos estamos permitiendo. Ay cuando vuelvan al comedor...
Y en cuanto acabamos de comer, nos preparamos para salir a la calle de nuevo. Cuando les dimos la noticia de que podrían salir a la calle, se quedaron como estaban, pero ahora cada salida les hace mucha ilusión. Y yo sigo haciéndoles fotos, como el primer día. Hoy fuimos al parque y la verdad es que se estaba muy bien. Se pusieron a jugar a la pelota en una zona de césped amplia y todos los grupitos de hijos y padres estaban a mucha distancia. Aun así, yo estoy pendiente todo el tiempo y estuve pensando que en pocos días a esa imagen se sumarán adultos caminando, corriendo, paseando... me inquieta. Tendremos que salir todos con mascarilla, de lo contrario no creo que me sienta cómoda. Hace nada, antes del estado de alarma, veía a gente con mascarilla en el súper y me parecía ridículo. Ahora no podría entrar yo sin ella.
La hora en la calle pasó rápido y eso que yo no estaba haciendo nada. Pero la sensación del paso del tiempo también me ha cambiado. Lo que antes me habría parecido una eternidad, ahora pasa volando.
Ya en casa, nos sacamos todo, nos ponemos la ropa de casa y nos lavamos bien las manos. En un rato ya es la hora de merendar y me piden que les lleve la merienda al salón. Estoy de buen humor y no me importa hacerlo. Están muy tranquilos viendo la tele, la salida les ha sentado bien. Yo no me he cansado tanto como ayer pero aun así, lo noto. Aprovecho para trabajar y hacer cosas de las clases de los niños. A última hora de la tarde a mi hijo le duele la cabeza pero no tiene fiebre. Yo también noto la cabeza un poco pesada. Me recuerda a esas veces que empiezas a ir a la playa, los primeros días, y de noche te duele la cabeza. Creo que tanta luz del sol durante una hora nos puede dar este atontamiento, parece una exageración, pero la luz en casa no es la misma.
La gran novedad de la tarde es que Pedro Sánchez contó en rueda de prensa las fases que va a tener la vuelta a la "nueva normalidad" y que suponen que si todo va bien, esa nueva normalidad llegará a finales de junio. Se me ocurren muchas cosas y las dudas son infinitas. Por un lado me alegra muchísmo que de alguna forma podamos ir a la playa y que vayamos a poder movernos de provincia. Pero por otro me da miedo. Me parece pronto. No me apetece ir a un bar, un restaurante y menos a un concierto o al cine. Y me desagrada imaginarme con más gente que la que hay ahora por la calle. Como siempre, lo iremos viendo poco a poco, pero me da vértigo esta vuelta a la realidad de mentira esa.
Mi hijo iba a cenar con nosotros pero como estaba medio regular le dijimos que lo mejor era que cenase antes y se fuese a la cama lo antes posible.
La verdad es que otra vez se han dormido rápido, yo creo que es lo de salir de casa. A mí también me sienta bien, que he vuelto a dormir como un tronco. A ver si hoy descansamos todos, que quedan dos días de trabajo y cole.

martes, 28 de abril de 2020

Diario de una cuarentena. Día 46

Hoy he tenido un mal día. Pero no malo de esos que te pasan mil cosas, malo interno, de estar yo que no me aguanto a mí misma.
Me desperté algo antes de que sonase el despertador, cosa que me fastidia mucho. Pero después me costó salir de la cama cuando sonó. 
Mis hijos, los dos, se despertaron demasiado pronto, cuando yo ya estaba duchada y vestida, pero no desayunada = zona de peligro. Creo que debería poner un cartel en la cocina de "no molestar a mamá si aun no ha tomado café" y ya de paso otro cartel con el menú del día porque me quema mucho el incesante "¿qué comemos? ¿qué cenamos?".
Pero bueno, al menos pensé que así empezarían antes las clases y me vendría bien, porque yo tenía que irme al súper en cuanto pudiese. 
Con mi hija empecé bien porque además tenía matemáticas y las profes les hicieron una especie de videojuego en el que va pasando etapas resolviendo cuentas y problemas. Genial. Después hizo otra asignatura en el ordenador y ya sólo quedaban asignaturas en las que tenía que hacer fichas, con lo cual yo podía irme. Mi hijo sin embargo, estaba algo atrancado en mates y yo oía cómo mi marido le explicaba algo de fracciones equivalentes.
Así que en cuanto pude, me preparé para ir a la compra. Los mismos rituales de siempre de lentillas para no empañar las gafas con la mascarilla, pelo recogido, moneda para el carro. Conduzco hasta allí y al llegar no hay cola. Voy a entrar, la puerta no abre y veo que una señora también venía y se ríe porque coincidió que yo llegué antes. Mientras esperamos a que nos abran nos reímos y comentamos algo. Es agradable que la gente no pierda eso, ni la risa ni la costumbre de hablarte. A mí que me gusta sonreír a la gente a la que hablo, me pregunto si se nota cuando voy con mascarilla. 
Haciendo la compra pienso que voy a acabar antes que otras veces y que llevo menos cosas, pero creo que al final el carro está más lleno. No he tenido que hacer cola al llegar, ni en la pescadería, ni en la frutería, ni en las cajas y sin embargo estoy un poquito sobrepasada y hasta siento que necesito aire. Pensé en casa si dejarlo para el martes, o mandar a mi marido... pero al final creo que es peor cualquier arreglo que sacármelo de encima y vengo. En la caja empiezo a pensar que es un error. Salgo por fin al coche, abro el maletero y me pongo a pasar las cosas del carro a meterlas en las bolsas del coche. Lo hago así porque dentro, al tardar en embolsar, estoy haciendo que la gente espere más fuera en la cola. Pero claro, hoy no he tenido en cuenta que podía ponerse a llover... y se pone a llover. Y hay viento. Y yo llenando bolsas, que parece que no me llegaban y el carro no se vaciaba nunca. Y venga a pasar y pasar cosas y cada vez llueve más y no se acaba nunca. Me quito un guante porque me resbalaba. Y yo pensando encima que cualquiera que se pudiese a acercar a echarme una mano pensaría "mira esta con sus lubinas y su vino como se agobia y seguro que no tiene problemas de verdad". Y claro, es que es cierto que voy, que compro todo lo que quiero y sin mirar precios... pero estoy que no puedo más y al final, veo las tabletas de chocolate empapadas y ya las echo al maletero de cualquier forma, que total en mi casa el chocolate se come hasta hecho añicos. Me voy a devolver pacíficamente el carro cuando me gustaría haberlo estrellado contra la puerta de cristal y de vuelta, al sentarme en el coche me echo a llorar. Me siento estúpida porque no sé muy bien el motivo pero no puedo más. Fue como un día que estaba embarazada, que rayé un poquito el coche y me pillé una llorera estupenda. Es ese estado, casi el mismo, el de estoy bien, todo va bien, no me pasa nada, pero una mierdecilla me desestabiliza. Es esta incertidumbre y este malabarismo diario que me vuelve loca a ratos. 
En fin, me voy a casa. Al descargar las bolsas junto al ascensor me temo que se me van a romper y se llenará todo del aceite de los tarros de atún. No pasa, pero mi ánimo está como si me hubiese pasado.
Al entrar en casa le digo a mi hijo un "ahora no vengas aquí" tan serio que en vez de la compra, parece que estoy metiendo en la cocina uranio.
Algo en mi tono de voz le debe indicar a mi marido también que hay radiactividad, no en la compra sino en mí, porque empieza a sacar todo y poco a poco va secando lo que puede. Las tabletas de chocolate las dejamos que se sequen más antes de guardarlas. Menos mal que tienen ese papel de aluminio por dentro, están hechas una pena.
Cuando todo pasa y ya me he quitado la ropa mojada, los zapatos y me he lavado bien, voy a ver unas dudas de mi hijo. Ya estoy zen. También me paro con mi hija, que quiere enseñarme qué bien hizo las fichas y además no entiende un ejercicio.
Vuelvo a la cocina. Me relajo. Me siento. Respiro. Me tomo dos mandarinas de las que acabo de comprar. Y de pronto, como si saliese de un sueño, recuerdo que relativamente pronto comeremos y que por tanto tengo que hacer la comida. Creo que el primer día que vaya a un restaurante, aplaudiré a los camareros cuando me traigan la comida.
Con la proximidad de la comida se suceden los "¿qué comemos?" cuando van desfilando al baño a lavarse las manos. Definitivamente tengo que colgar el menú en la puerta. Porque además a veces repiten la pregunta, de ida y de vuelta.
Mi hijo tarda en venir porque le he dicho que si no acaba lo de las clases no pasea por la tarde.
Pero por la tarde quiero pasear en cuanto acabemos de comer y no pienso dejar a ninguno de los dos en casa. Sé que me pierdo la siesta pero a veces, si cambio dormir por algo de ejercicio, también tiene ese efecto de venirme arriba. Hoy el planteamiento será distinto, no iremos al parque porque la hierba está alta y al haber llovido, se mojarían mucho. Así que vamos a pasear. Les digo que vamos a explorar los límites de "nuestro territorio", caminaremos hasta el límite de nuestro kilómetro y después hasta otro límite. Por el camino paramos en el piso en el que yo vivía sola, en un olivo muy grande donde solía pasear el perro, en la guardería a la que fue mi hija el último año y en la guardería a la que fueron los dos. Mi hijo propuso también pasar por la estación de tren, pero ya no nos daba tiempo. Lo dejamos para otro día de paseo. Al llegar a casa justo se puso a llover, menuda suerte. 
Cuando entramos en casa me sentía agotada y hasta me dolían las piernas. Así que creo que me va a venir bien esta salida de los niños. Es evidente que no me estaba moviendo mucho. Los niños se ponen a jugar tranquilamente y yo organizo cosas, tanto de casa como de trabajo hasta la hora de la merienda. Mi marido sale de la habitación para avisar de que tiene vídeo llamada y que no entremos hasta nuevo aviso. Y en cuanto se va, mi hija se pone a hacer ruido, a gritar... y mi hijo a picarla, a hacerla rabiar. Yo no doy crédito a la reacción y les digo si no han oído que se tienen que callar, pero todo es inútil, van a más y claro, acabo separándolos. Mi hija, desconsolada como si la estuviesen matando, llora y grita más. Me imagino a mi marido en su vídeo llamada flipando y lo único que hago es cerrar todas las puertas que puedo entre él y mi hija.
Yo me pongo a trabajar con la niña sirena de fondo hasta que mi hijo "pide permiso" para calmarla. Se calma, pero sigue insufrible. Así que después de aplaudir, cuando su padre me dice que cuándo la baña, le digo que "YA". 
Yo me tomo el tramo que va de los baños a las cenas como minutos musicales y me pongo unas canciones de las que me gustan mucho mucho. Descubro alguna cosa chula y repito canciones que me he puesto hasta la saciedad pero que siempre me motivan. Bien. En el lote de vídeos que me pongo se me cuela uno de Ana Milán que me hace reír mucho, soy muy fan. Y pienso que así a lo tonto, me he arreglado la tarde.
A mi hija intento esquivarla un poco porque no estoy para aguantarla pero a mi hijo lo acompaño en la cena y precisamente me pregunta que cuándo fue la última vez que lloré. No se lo cuento, le digo que no me acuerdo exactamente. No me apetece. Hay días que le explico que los adultos también lloramos y me encanta hablarlo con él porque es sensible y entiende muy bien las cosas... pero hoy no. Y no me apetece nada ademas transmitirle la angustia... creo que la pena se entiende mejor, o el dolor... pero no, hoy no, hoy paso del tema y del taller emocional. Que si no se puede intentar ser superwoman todo el tiempo, hoy menos que nunca. Hablamos igual, pero de otras cosas.
Y nosotros, mi marido y yo, conseguimos cenar a una hora muy razonable así que al acabar me pregunta si ya me voy a ir a escribir o tengo unos minutos. Aunque sólo sea por curiosidad, tengo unos minutos. Y me pone un monólogo de una tía que descubrimos hace poco y me hace mucha gracia. 
Qué bien sienta reírse y además, cuanto más pirada sea la monologuista, más me gusta. Esta está de atar.
Así que acabo escribiendo a una buena hora, con el cuerpo medio dolorido (mañana tendré agujetas ¿?) pero de una pieza. Sólo quedan tres días de clase, no está mal para ser lunes.

domingo, 26 de abril de 2020

Diario de una cuarentena. Día 45

¡Y por fin llegó el día de sacar a los niños a la calle!
He de decir que la noche y el despertar no fueron buenos. Ayer los niños se durmieron tardísimo con lo de "la fiesta de pijamas" y nos pusimos a ver una peli mi marido y yo. Esto no lo hacía ni los fines de semana antes de la cuarentena. Total, que la película acabó como a las dos y al meternos en la cama yo estaba despiertísima. Tardé en dormirme y cuando lo hice, estaba inquieta, tenía frío, tenía tos, me levanté varias veces... me pasó de todo. Y por la mañana los niños la liaron, como era de esperar durmiendo juntos. Hicieron ruido temprano, y más tarde también... para mí todo era confuso, tenía sueño y no sé bien qué hora era. El caso es que había puesto el despertador a las diez, para que no saliésemos a pasear tarde y como suele pasar, a esa hora sí que estaba muy dormida. La única parte buena fue despertar de un sueño en el que teníamos que hacer una mudanza en un solo día.
Total, que me levanto, voy a la cocina y mis hijos ya han desayunado y están viendo la tele en el salón. Así que desayuno, nos duchamos y hoy los niños obedecen a la primera. Cuando les decimos que se vistan, de inmediato; se ponen hasta los tenis y mi hija se peina sin que se lo diga. Por cierto, lo de los tenis fue un alivio que les sirvan, después de 44 días en zapatillas y calcetines los pies podrían no querer volver a estar confinados. 
Con todo listo, mi marido bajó a coger la bici y el patinete y los subió a casa. La bici de mi hijo es nueva, se la regalamos por su cumple y aun no la había estrenado, así que teníamos que comprobar que el sillín estuviese a su altura. Comprobamos, ponemos las cazadoras, el casco y allá vamos. En el vídeo que grabé para la posteridad y para la familia se veían nerviosos. Y al bajar a la calle, nada más abrir el portal, se ríen y se asombran, dicen cosas... y es que llevan 44 días sin sentir el aire, el sol (hoy más bien la luz). Como en casa ya habíamos revisado el km a la redonda que nos correspondía fuimos a tiro fijo hacia el parque. En esto somos unos privilegiados, por tener un espacio verde grande tan cerca. Es algo de lo que siempre se habla en conferencias de jardinería e infraestructura verde y que con esto queda patente, que cada ciudadano tiene derecho a tener cerca de su casa un espacio verde de calidad. Yo camino junto a mi hija y voy más pendiente de si hay gente, de lo de la distancia... y cuando se cae la segunda vez decido centrarme sólo en el patinete. Por un momento tengo una cierta sensación de normalidad, como si nada hubiese pasado, pero cuando nos metemos dentro del parque la normalidad es relativa. Hay casi tantos padres como niños y los niños no se relacionan entre sí, salvo los que ya salían juntos. Mi hija saluda tímidamente primero a una niña de su colegio con la que se cruza y luego a un niño de su curso, pero no hace ni gesto de pararse, tiene la lección bien aprendida. En algún momento vemos a mi hijo pasar con su bici, no para. Cuando ya llevamos como media hora, mis hijos preguntan si pueden jugar juntos y entonces dejan la bici y el patinete y se ponen a correr por la hierba, a coger margaritas y a tirar pétalos de camelias por el aire. Son la viva imagen de la felicidad. Les hago unas cuantas fotos y vídeos porque el momento es precioso y el parque falto de cuidados está lleno de margaritas. Les aviso de que quedan 10 min y se lo toman bien. Observo al resto de la gente y creo que todo el mundo se está "comportando". No hay más que niños y padres o madres, alguna persona con perro, pero todos guardando las distancias, sin hacer grupos y muchos con mascarilla. Cuando casi se ha cumplido la hora, aviso a los niños y nos vamos sin que se quejen. Saben que ahora podremos repetir más días. Al llegar a casa cumplen las indicaciones de dejar el calzado, la ropa, lavarse las manos... qué bien llevan las rutinas en las cosas importantes.
Me siento cansada. Hoy he dormido mal pero creo que el paseo también tiene la culpa, no estoy acostumbrada a caminar y moverme durante una hora. Pero ha sido estupenda la sensación.
Los niños se relajan un rato viendo la tele y en breve preparo la comida. Hoy con lo de la salida ya programé algo facilito, arroz con huevos. Mi hija, aunque tarda más que el resto de la familia, se acaba su plato. Parece que el ejercicio le ha abierto el apetito, si es que todo son ventajas... yo hasta me veo mejor cara.
Cuando los niños se van vemos en el telediario niños saliendo a la calle por primera vez y me emociono.
Por la tarde busco en el ordenador un proyecto que necesito para mi trabajo pero ya no puedo más, me voy al salón a dormir.
Mi marido está una vez más probando la conexión del home cinema. A mí todo me va bien, me tumbo allí.
Cuando despierto (zumbada perdida) recuerdo que mis sobrinos propusieron para hoy una scape room por web. Mis hijos acaban de liar alguna, porque estaban medio llorando, pero se lo digo a mi hijo y nos vamos al ordenador. En breve nos conectamos y empezamos a jugar. Es entretenido pero a mí me cansa pensar una hora seguida. Casi al límite lo resolvimos y luego aprovechamos y ya nos quedamos charlando un rato en vídeo llamada. Esta vez las tres hermanas tenemos el pelo bien, ja, ja, ja pero ojalá que las peluquerías vuelvan pronto. Sólo mis hijos y una de sus primas han salido, pero estamos todos contentos. Madrid se diferencia mucho de Pontevedra y Coruña, siempre nos cuentan que muchos abuelos de conocidos han muerto, pero es que también padres de compañeros de mis sobrinos. Es muy impactante. Mis hermanas, claro, hablan de lo afectado que ha estado el sector sanitario en España, pero es que las condiciones en las que han tenido que trabajar... mi hermana al principio compartía mascarilla y los trajes de protección se los hacían con bolsas de basura. A ver cómo acaba esto...
Nos despedimos para ir a merendar y al rato hay vídeo llamada con mis suegros. Están tristes porque se aburren mucho y mi suegra siempre llora en algún momento. Mi marido les anima a que vean películas, que entren en internet a ver exposiciones... yo creo que no les vale nada. Cuando los niños dejan de hablar con ellos me hacen la típica jugada aprovechando que mi marido sigue hablando: pedirme la consola a mí que no sé que mientras dormía él ya les había dicho que hablarían de si jugaban o no. Yo cuando me entero de lo que han hecho, no le doy demasiada importancia, creo que estoy de muy buen humor para enfadarme hoy. Mi marido, sin embargo, se lo toma a la tremenda.
Lo que sí hago hoy es apurarles con los baños para que se duerman más o menos como los domingos antes de la cuarentena. Voy a aprovechar que se les ha juntado el paseo de la mañana con "la noche de pijamas" y a ver si se duermen rápido. Funciona, sobre todo con mi hija. Así descansan y en el mejor de los casos mañana podemos empezar rapidito el cole, que yo tengo que salir a comprar. 
De nuevo me da una pereza infinita las dos cosas, empezar una nueva semana y salir al súper, pero al menos es una semana más corta. El viernes es festivo y el lunes siguiente no tienen clase los niños. Y tenemos celebración porque el domingo es el día de la madre y además íbamos a celebrar nuestro aniversario, que es el lunes. 
Así que ánimo, para mí y para todos, que hay luz al final del túnel.

sábado, 25 de abril de 2020

Diario de una cuarentena. Día 44

Hoy no quiero escribir. Es que se me ha hecho tarde, mis hijos han hecho lo que ellos entienden como "una fiesta de pijamas" y aun están despiertos. Son de esas pequeñas concesiones que nos podemos permitir en la cuarentena y que compensan sólo por ver la ilusión que les hace. Dormirán juntos en la habitación de mi hija y se han leído cuentos, se han contado historias y sobre todo se han partido de risa.
Pero lo dicho, que es tarde, estoy cansada y haciendo recuento del día... pues ha ido bien, la verdad, mejor que el resto de la semana. En los fines de semana del confinamiento descanso de verdad y eso se agradece y se nota en el ánimo. Los niños también han estado bastante mejor que el resto de los días y han acabado jugando a la consola.
Y los pensamientos, al menos los míos, han girado bastante entorno a la salida de los niños. He recibido varias veces información por distintos medios y la que más me ha ayudado ha sido el bando de la alcaldesa, que dice claramente que podremos ir a las zonas verdes. A ver qué tal se nos da, porque dan mal tiempo para la tarde y no me gustaría que por la mañana coincidiésemos con mucha gente. Mi hijo me preguntó si la casa de los abuelos estaba a menos de 1 km y le he dicho que sí pero que los abuelos no pueden salir ni nosotros ir a su casa. Lo que sí podríamos hacer es saludarlos desde la calle y que se asomasen. Pero más adelante, el primer día mejor paseamos por aquí.
Además hoy he subido mi microrrelato al concurso de la página de Escapada Rural. No pretendo ganar el premio ni mucho menos, porque además se elige por los votos de la gente que entre en la página y claro, saldrá elegido el que más haya compartido el relato entre sus amigos. Pero me hace ilusión hacer estas cosas. Nunca había presentado un escrito a nada y ahora ya llevo dos. Creo que este es más chorras que el otro pero a mí me ha servido para ver si sabía escribir algo muy corto.
Dejo el enlace para compensar lo poco que escribo hoy.

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Diario de una cuarentena. Día 43

Por fin es viernes.
Los viernes son maravillosos, son la vida misma. Por muy malos que sean, la semana acaba, nada puede con eso.
Antes de levantarme de la cama, oigo a mi hijo hacer ruido en su habitación. No me lo puedo creer pero se está despertando antes que nosotros. Cuando me levanto ni le digo nada, prefiero irme a la ducha a asimilar que ya no voy a desayunar sola. Cuando llego a la cocina aun se está calentando su leche y no me explico qué ha estado haciendo. Me dijo que estuvo pensando que el ruido del microondas iba a despertar a su hermana y a su padre, que esperó y que finalmente decidió que iba a hacerlo de todas formas. Así que desayunamos a la vez... viendo a Doraemon. Además de que habla bastante para acabar de despertarse, mi hijo hace preguntas complicadísimas. Pero está muy contento y muy riquiño así que simplemente le digo con cara de "no me hagas esto" que en ese momento no se me ocurre la respuesta.
Cuando llega mi marido y él acaba, se ponen a hablar y finalmente también se despierta mi hija. Ya no hay tregua. Aunque mi marido va a su cama a darle los buenos días y mi hijo también, ella quiere que vaya yo. Así que ahí voy. Y nada, sólo quiere que la abrace y está tan dormida aún y tan calentita que da gusto. Pero esta sobredosis de amor cae en picado cuando sale de la cama porque empieza a divagar, a hablar como un bebé, a chulear a su hermano que se está portando fenomenal con ella y se ha ofrecido a hacerle el desayuno... así que corto el tema y le digo a mi hijo que muchas gracias pero que lo deje, que vaya a seguir con sus clases que ya había empezado.
Mi hija se centra lo justo para desayunar pero las tonterías siguen para vestirse, lavarse los dientes y todo en general. Iba a decir que menudo día tenía pero es que ha sido toda la semana. Cargada de toda la paciencia que puedo, le voy  aguantando el rollo, tomando algo de distancia, le digo que haga algo, me voy y vuelvo cuando creo que ha acabado. El proceso es lento pero funciona y además así no me altero.
Comenzamos con lengua, tiene una ficha y eso me permite trabajar yo a la vez. Acaba bastante pronto y hace un descanso. La verdad es que hoy mis hijos van bien de tiempo, ventajas de que se despierten antes. Hacen el "buenos días" juntos, que se les había pasado y es la canción de "Volveremos a brindar". Yo ya la he escuchado en varias ocasiones pero esta vez tengo que esforzarme para que no me pueda la emoción y me eche a llorar. Se ve que tengo el día sensible, por las mañanas me pasa más. 
Después seguimos con inglés y cuando hace el siguiente descanso, mi hijo ya ha acabado todo. Está encantado, claro y además me cuenta maravillado que él sabía que la rueda se había inventado en la prehistoria, pero que resulta que en concreto fue en el Neolítico. Se ponen a jugar y yo a trabajar. Todo está tranquilo, pero mi hija no ha acabado y ya veo que no está por la labor de seguir. Me tomo un café con mi marido, que en un rato tendrá llamada en grupo con los de su trabajo. Cuando él vuelve a trabajar, mis hijos ya no están tranquilos, así que con la disculpa de que ella tiene que acabar una asignatura, le digo que nos vamos. Pero como suele pasar cuando está revuelta no obedece. Se lo digo varias veces, me voy, vuelvo, les digo que recojan... y siguen cada vez más hacia el lío, empezando a chincharse a golpearse... y yo "que recojáis que si no lo recojo yo"... final: toooodo el mundo de PinyPon a una bolsa azul de Ikea. Se acabó. Mi hijo captó la idea y salió por pies a su habitación. Mi hija subió los decibelios del berrinche. Y mi marido en vídeo llamada, es que no falla. Con todas las puertas cerradas seguía oyendo a mi hija, así que con la tontería yo no podía trabajar. En unos minutos llega mi hijo y me pide permiso para ir a calmar a su hermana ¡permiso concedido, vete por favor! De manera casi inmediata, se calla. Se pasan unos minutos hablando en bajito hasta que entran en el salón. Ella con la cara de haber llorado a lo bestia, me pide perdón y me abraza. Muy guay todo, pero nos conocemos, mejor cada uno que juegue en su habitación. Así la calma dura hasta la comida.
En el primer plato mi hija acaba la segunda, antes que yo. El pollo no se lo acaba todo, pero me da igual, además algunos muslos no estaban muy ricos. Toma plátano y yogur, comida completa, desde luego. Al acabar comemos pipas y ellos salen pitando a ver la tele juntitos en el sofá. Yo aunque estoy cansada, no me voy inmediatamente al salón. El motivo es que ayer me llegó un correo con un concurso de microrrelatos y tengo uno en la cabeza. Si sigo dándole vueltas me volveré loca, así que tengo que escribirlo ya. Me sale del tirón, con una musicalidad que me sorprende, como si quisiese ser poema y no prosa. No parece hecho por mí, pero me ha salido así. Creo que ni lo voy a retocar. Porque me ha hecho gracia "el ejercicio", nunca me había propuesto hacer un microcuento y me ha salido. Genial.
Ahora sí que me marcho al salón y me quedo dormida en segundos. Mis hijos por fin están tranquilos y por las ventanas entra una luz de esas que te obliga a cerrar los ojos. Cuando despierto es ya la hora de la merienda y me piden que se la traiga. Nada que objetar siempre que se laven las manos. Merendamos todos y después me acuerdo de que tengo que subir al Drive los trabajos de hoy. Voy al ordenador y trasteo un poco por internet. No tenía ni idea pero resulta que hay unos padres y madres poniendo a parir a los que pensamos sacar a nuestros hijos de paseo el domingo. A pesar de todo lo visto (en esta época y en la vida en general) me sorprenden estas cosas. Nos están criticando un comportamiento inadecuado que no he tenido. Me da igual, yo lo tengo claro: hemos cumplido durante seis semanas todo lo que se nos ha indicado por parte del gobierno y simplemente saldremos porque se nos permite. Evidentemente no queremos exponer a nadie y menos a nuestros hijos, así que haremos lo correcto y pasearemos lo que ellos necesiten (dentro de la hora permitida). Mis hijos precisamente llevaban bien el confinamiento hasta esta semana, así que nos llega este permiso como llovido del cielo. Que esa es otra, que con el mal tiempo que dan, tampoco nos va a apetecer tanto pasear.
Como hoy ha sido el mejor día de la semana, mis hijos se han ganado jugar a la consola, pero al final mi hija la ha vuelto a liar porque no quería ir al baño.
En la cena he empezado a contarle a mi hijo que la semana que viene hay un festivo y he acabado animándome a mí misma. Serán cuatro días de cole y cuatro de descanso, no está mal.
Así que la semana ha acabado mejor de lo que fue y para mí ya se ha acabado. El fin de semana es otra cosa.