viernes, 25 de septiembre de 2026

Asun

 

Hoy he conocido a Asun. Bueno, he empezado la historia por el final y encima ni siquiera es verdad. En realidad, la conocí hace unos dos años, pero entonces no sabía que era Asun.

Me había hecho socia del gimnasio que hay enfrente de mi casa porque tiene piscina y a mí me encanta nadar. Nunca he sido demasiado deportista (o nada) pero llega una edad en la que tu cuerpo empieza a avisarte de que o nos movemos o yo no tiro más de ti. Yo solía salir a caminar, a paso rápido, muy motivada, con mis auriculares, pero con lo que llueve aquí es difícil que caminar se convierta en una rutina. Además, cuando llega el calor me resulta demasiado pesado porque sudo mucho, siento que me falta el aire y todo el beneficio que me aporta desaparece y se convierte en molestia. Total, que caminando no conseguía mantenerme en forma ni sentirme todo lo bien que yo necesitaba. Así que el paso irremediable y más lógico era a la piscina que tengo enfrente de casa. Para que nadar se convirtiese en un hábito real que yo pudiese mantener en el tiempo necesitaba encajarlo en mi día sin que supusiese un gran sacrificio. La mejor opción era a primera hora, después de dejar a mi hija en el cole. Lo hacía rápido, nada más volver a casa, cogía la mochila y salía pitando para no darle tiempo a mi cerebro a despertarse y buscar una excusa. Después me quedaba vencer ese obstáculo mío que me frena a la hora de ir a sitios desconocidos y empezar cosas nuevas y para eso ayudó el hecho de que en realidad yo ya había ido a ese gimnasio a nadar unos cuantos años atrás, cuando estaba embarazada de mi primer hijo. Parece una tontería, pero haber conocido el sitio, no ser novata y unirlo a los buenos recuerdos de las clases para embarazadas, me ayudó a pasar ese muro. En el vestuario el primer día me sentí una extraña, con esa sensación que llevamos puesta toda la vida las ex tímidas de que en cualquier lugar todo el mundo se conoce menos tú. Y encima pagué la novatada de que, al no haber sabido cómo eran las taquillas mi candado no servía. Vale, como no quiero volver a casa sin haber nadado, simulo que cierro la taquilla y valoro que dada la franja octogenaria en la que se sitúan la mayoría de las presentes, no creo que haya mucha delincuente entre este grupo de abuelas.

Ya en la piscina la primera sensación es que sí, efectivamente, estoy en muy baja forma. Hago el primer largo y pienso que voy a morir y que no hay aire suficiente para que yo me reponga del esfuerzo. Quizá tengo que tomármelo con muuucha más calma. Algo dentro de mí se entristece un poco al comprobar que no soy la nadadora que yo suponía. Pero bueno, nadar me sigue gustando como siempre y poco a poco consigo disfrutar el momento y me gana la satisfacción y la euforia de haber conseguido mi objetivo.

Seguí yendo y el resto de aquellos primeros días fui ajustando detalles: conseguí comprar un candado que se ajustase a la taquilla, una señora me tuvo que enseñar a cerrar la taquilla, me acordé de llevar una toalla para el pelo, me acordé de llevar una funda para las gafas…

Y los momentos en la piscina cada vez se hacían más agradables, cada día me iba sintiendo mejor. Nadar me relaja mucho, me desconecta del mundo y a la vez me conecta conmigo, con mi cuerpo, mi respiración, mi cabeza. Creo que alcanzo un estado que se parece a meditar porque todo se apaga y van saliendo pensamientos, primero atropelladamente, pero yo les voy dando su espacio y los voy despachando. Al acabar noto que todo se ha ordenado, que salgo con más energía para afrontar el día que tengo por delante, que puedo con todo.

¿Y dónde queda Asun en todo esto? Pues nada, que un buen día empecé a preguntarme si yo nadaba muy lenta y quise compararme con alguien que estuviese practicando por allí. Y como dije, en el horario en que voy, la mayoría de la gente es bastante mayor que yo. Así que elegí a una señora que parecía rondar los 80 años y nadaba a crol. Espero a que llegue al final de su calle, se da la vuelta y cuando empieza de nuevo a nadar, yo me pongo a nadar a la vez. Mi sorpresa es que la señora acaba el largo sin problema y antes que yo y se lanza de nuevo al agua mientras que yo tengo que parar a respirar. Repetí la comparación-competición un par de veces más y ella siempre ganaba. En mi cabeza empezó a surgir la idea de que había elegido a una exnadadora profesional pero la realidad es que yo estaba cascadísima. Además, yo iba siempre más o menos a la misma hora así que los siguientes días coincidí de nuevo con la señora y sin querer, si en algún momento la veía a mi altura, no podía dejar de fijarme en ella y volvía a “ganarme” siempre, una y otra vez. Quiso la casualidad que por esas fechas me tocase hacerme un análisis de sangre y en los resultados apareció que yo tenía anemia, de ahí que me cansase tanto al hacer ejercicio. Mi médico me prescribió hierro y a medida que avanzaba mi tratamiento me iba sintiendo cada vez con más fuerza y energía. Con el tiempo llegué a alcanzar a mi competidora, sin saber en ningún momento ella que lo era. Y a partir de ahí empezó una nueva etapa de nuestra “relación”: me gustaba encontrarla en la piscina cada día, igual que al señor que siempre estaba en la calle 1 nadando hacia atrás con esa forma tan peculiar de mover los brazos. Frente a esos primeros días rodeada de desconocidos que se conocían entre sí, en la piscina me sentía a gusto encontrando esas dos caras conocidas, aunque debería decir más bien gorros conocidos, porque entre los atuendos que llevamos y mi miopía, la realidad es que identifico gorros, gafas y poco más. Si algún día yo llegaba temprano y ella no estaba, pensaba si le habría pasado algo, pero al rato aparecía alguien en la calle dos y yo sabía que era ella antes de poder identificarla porque al nadar de espaldas el dedo gordo de uno de sus pies hacía un movimiento muy gracioso. En mis idas y venidas haciendo largos me gustaba imaginar su vida, si tendría marido e hijos, si de joven había sido una gran nadadora como me gustaba pensar los primeros días…un día la identifiqué por el bañador antes de que se metiese en la piscina y descubrí que llegaba con una muleta. Ahí ya tuve repertorio nuevo para imaginar una lesión que la había traído a la piscina para rehabilitarse y de alguna manera eso era algo que nos conectaba, porque yo también había elegido la natación porque me dolía una rodilla. Con el tiempo me empezó a resultar agradable llegar a la piscina y encontrarla nadando, siempre en la calle 2, siempre haciendo un largo a crol y otro de espalda, con su flotador en la espalda y ese movimiento del dedo gordo. Me gusta que coincidamos porque cada una sale de un extremo y nunca llegamos a molestarnos, nuestros ritmos se acompasan de manera que una nunca alcanza a la otra y tampoco tiene que pararse una porque la otra la interrumpe. Me genera armonía esa manera nuestra de coordinarnos sin necesidad de hablar ni conocernos.

Pero hace dos días noté algo diferente. Yo nadaba detrás de ella a bastante distancia y vi que al llegar al final del recorrido ella se detenía, pero no volvía a nadar de inmediato. Parecía que se estaba reajustando las gafas o el gorro y a continuación se dio la vuelta y se lanzó a nadar. Vale, no pasa nada, seguimos. Pero al llegar al otro extremo se repite la misma situación. Esta vez no vuelve a nadar, se queda parada y percibo que está haciendo algo con las gafas. Llego hasta su altura, no digo nada, me doy la vuelta y sigo. Llego al final, me giro y ella no ha salido. Nado. Llego de nuevo a su altura y le pregunto si está bien. Entonces me cuenta que le ha entrado agua en las gafas y le pican mucho los ojos por el cloro y que estaba esperando a ver si pasaba alguien para pedirle que le traiga papel para poder secarse los ojos. Entonces me ofrezco a hacerlo, yo. Salgo de la piscina, cojo papel en los baños y vuelvo. Se seca los ojos pausadamente y logra abrirlos bien, parece que relaja el gesto y yo la ayudo a desprenderse de algunos pedacitos que se le han pegado a los párpados. Sonríe agradecida y yo siento algo muy cálido porque hace ya tiempo que no tengo una abuela a quién ayudar (y ni siquiera una mamá). Cuando me aseguro de que está bien del todo yo ya no vuelvo a la piscina y me marcho contenta por haberla ayudado y también por haber tenido por fin una conexión real después de tanto tiempo considerándola mi compañera de piscina sin ella saberlo.

Al día siguiente vuelvo a la piscina y de nuevo coincido con ella, claro, pero no le digo nada porque de alguna manera me parece ridículo hacerlo, como si me fuese a acercar yo a recordarle que la había ayudado o algo así, como si fuese a parecer que ahora me debía la vida o que ya tenía que agradecérmelo cada día.

Pero al día siguiente, hoy, estaba nadando junto a ella, calle con calle y cuando coincidió que acabamos el recorrido juntas fue ella la que se giró hacia mí y me saludó con una sonrisa. Yo también sonreí y espontáneamente nos pusimos ahí las dos, sumergidas en el agua a hablar de lo de los ojos, de la piscina y dos chorradas más. Aproveché para decirle que me podía pedir ayuda siempre que lo necesitase, que entre nosotras tenemos que cuidarnos y ella no hacía más que agradecerme el gesto. Ya antes de reanudar nuestro ejercicio me dijo sonriendo “yo soy Asun” y me pareció super tierno, porque de mayor parece que ya dejas de hacer esas cosas. Me refiero a que me recordó a cuando eres una niña pequeña, llegas al parque, te lo estás pasando bien con una niña que acabas de conocer y entonces te presentas. Y al volver con tu madre le cuentas “es mi amiga”. Así de fácil. Pues eso me pareció Asun, una niña que está a gusto y entonces te dice su nombre.

Creo que un día le voy a preguntar si de joven era una gran nadadora.

jueves, 20 de noviembre de 2025

Futbolin

 

Hace unos días mi hijo bajó el futbolín que tenía en la parte de arriba de su armario. Sin decirnos nada, le sacó un poco el polvo acumulado y lo puso sobre la mesa del comedor, en el salón. A partir de ese día por las tardes, después de volver de clase y de merendar, entre descanso y descanso de sus deberes comencé a escuchar el inconfundible sonido de la bola rodando por el futbolín.

Una tarde me pidió que jugase con él y en seguida se sorprendió de que le diese tan fuerte a la bola que moviese el futbolín (es bueno, pero no deja de ser de juguete). Entonces yo le dije que me costaba acostumbrarme, porque yo había jugado mucho al futbolín, pero a los grandes, a los que hay (o había) en los bares y salas recreativas. Le dije también que no suelo ser muy competitiva en los juegos en general, pero con el futbolín era otra cosa, siempre jugaba a ganar. Y siguiendo con las batallitas, le conté que llevaba toda la vida jugando y que recordaba haber empezado muy pequeña, en un bar de la playa, haciendo equipo con mi hermana Mara. Me preguntó si me dejaba de portera o cómo nos organizábamos y yo dije que yo jugaba de lo que quería, que no me gustaba ser portera porque me metían muchos goles y agradecía jugar delante porque era más divertido marcarlos. Pero entonces me di cuenta de que pude aprender a jugar al futbolín y a ganar gracias a que mi hermana no sólo me dejaba jugar con ella sino a la forma en la que me dejaba jugar. Yo me recuerdo divirtiéndome y marcando goles, celebrando las partidas con ella, pero estoy segura de que siendo tan pequeña pasó mucho tiempo hasta que fue divertido de verdad para ella. Pero Mara es así, no sólo me dejaba jugar, sino que me animaba y celebraba cada gol como si yo fuese Iniesta en el mundial.

Le conté también a mi hijo que aprendí a andar en bici con ella y que después íbamos juntas y yo la seguía por cualquier sitio por el que ella fuese. Si nos encontrábamos una montaña de tierra y a mí me daba miedo, ella me decía que yo podía hacerlo y para demostrármelo, bajaba ella primero. Después yo me caía muchas veces por seguirla, pero eso no tenía importancia y siempre me animaba a seguir intentándolo. En la playa hacía lo mismo, nos subíamos a las rocas y aunque la altura fuese mucha para mí, ella siempre me decía que podía hacerlo y se tiraba primero para demostrarlo. Ahora me doy cuenta de que por los años que me lleva, ella podría haber pasado de mí, de jugar conmigo y animarme a seguirla, pero era todo lo contrario. En casa jugando, siempre me organizaba cosas super divertidas. Montábamos el circo de los clicks, por ejemplo, y a partir de ahí ella “hacía magia”, bajaba las persianas y cogía una linterna que era el foco del circo. Los clicks ciclistas, que Famobil (Playmobil ahora) vendía como tranquilos paseantes, ella los convertía en valientes funambulistas que cruzaban sobre una cuerda atada a la parte superior de la jaula de los leones….no me extraña que siempre me fastidiase tanto que mi madre nos anunciase que ya era la hora de recoger.

Y no era así sólo conmigo. Cuando nos juntábamos con mis primos pequeños todos querían jugar con Mara y si íbamos a la playa, era habitual que en algún momento tuviésemos un montón de niños alrededor, atraídos como si ella fuese el flautista de Hamelín. A mí a veces me daba rabia tener que compartirla, pero la verdad es que entendía perfectamente a todos esos niños y, al fin y al cabo, yo era una privilegiada porque ”la tenía siempre para mí”.

Al ir creciendo su apoyo siguió ahí. Mis veranos en la época del instituto no habrían podido ser como fueron si no hubiese sido por ella que, como ya tenía carnet de conducir y coche, me traía y me llevaba a donde yo quería. De día a la playa con mis amigas y de noche, de madrugada más bien, a recogerme a Sanxenxo. Siempre suena muy increíble cuando cuento esto, pero es la verdad: mi hermana Mara se ponía el despertador de madrugada para ir a buscarme a Sanxenxo. Con esto no sólo me daba la vida a mí sino a varias de mis amigas. Porque sus madres confiaban tanto en mi hermana que también les dejaban volverse más tarde con tal de que nos recogiese ella.

Mara ha sido ese apoyo incondicional toda mi vida. Es la persona a la que llamaría si cometiese un asesinato porque sé que ella, con toda su calma, sólo me preguntaría si necesito palas para enterrar el cadáver o si lo que quiero es que me acompañe a la policía a entregarme. Yo creo que por eso a la pobre le tocó un papel tan duro tanto cuando murió mi hermano como cuando estuvo enferma mi madre, porque nadie podría haberlo hecho mejor. Y ahí también siguió cuidándome…todo lo que me dio esos días lo puedo resumir en un gesto que nunca se me borrará, cómo me tapó con una manta en el tanatorio cuando murió Carlos. Ese movimiento imperceptible en ese momento me dio más que muchos abrazos y eso que recibí unos cuantos.

Por eso no es raro que siempre haya amigas que me pregunten si Mara va a estar en quirófano cuando tiene que operarse alguna de sus madres o padres, no solo porque es muy buena en lo que hace, es sobre todo por esa calma y seguridad que transmite. Si tienes que entrar en un quirófano, te cambia la vida que aparezca ella tan sonriente, haciendo bromas y quitándole hierro a todo. Es la persona que quieres ver si te acabas de despertar de una anestesia, la que me acompañó al cementerio en uno de los momentos más oscuros de mi vida, la primera que apareció en el hospital cuando nacieron mis hijos y la persona con la que me encantaría encontrarme en los Andes si nuestro avión acabase de tener un accidente y hubiésemos sobrevivido. No sólo me sacaría de allí con vida, es que encima nos lo pasaríamos bien.

Su generosidad no conoce límites y para ella lo suyo es tuyo, incluida su casa, que siempre está abierta a todo el mundo ya sean familiares, amigos, amigos de sus hijos, el primo del amigo de….porque una vez que eres “de los suyos” ella lo comparte todo contigo y su amor y defensa por ti es incondicional. Es un privilegio y un gusto formar parte de este círculo porque sabes que siempre está ahí, haciendo como si no fuese nada, pero estando, sin aspavientos, sin darse importancia, pero siempre está. Y siempre se adapta a todo y a todos porque ella tiene claro que lo importante no es a donde vamos sino con quien vamos y lo que nos reímos por el camino.

Si tengo que poner un pero, para frenar un poco lo edulcorado que me está saliendo esto y también para bajarle un poco el ego diré que en este camino de risas y amor, para ganarme este sitio tan privilegiado en el que me encuentro en su vida, y que adoro y no cambiaría por nada, he tenido que pagar un precio…no pequeño. …¡llevarme unos sustos de cojones!


 

sábado, 26 de abril de 2025

Vendimos el piso

 

Hemos vendido el piso de mi madre y ahora me pregunto si las nuevas propietarias saben realmente lo que han comprado. Y no, no me refiero a que el piso tenga más de 40 años y pueda venir con “sorpresas”. Me refiero a que no sé si ellas saben cuántas bandejas de macarrones con chorizo se han preparado en esa cocina, cuántas siestas nos hemos echado en el sofá del salón o cuántos globos caben en la entrada una noche de Reyes.

No saben lo que hemos reído en esa casa, lo que hemos llorado, las veces que hemos leído el cuento de la rana, el pato y la hormiga, lo que hemos corrido detrás de una pelota, de un hermano, de un sobrino… lo que habrá rezado mi madre por cada uno de nosotros…

Seguro que al mirar las jardineras destartaladas no imaginarán todo lo que plantamos ahí, las jarras y jarras de agua que echábamos en verano, ni que tuvimos nuestra pequeña cosecha de fresas.

Supongo que al retirar los muebles encontrarán arena, de tantos días de playa y tanta toalla sacudida. Y quizá por mucho que pinten las paredes, siempre quedará la huella de un cuadro o la de los posters de mi hermano en su habitación. Alguna vez en la cocina les olerá a filetes empanados y menestra, aunque no lo hayan cocinado. Y cuando descubran los increíbles atardeceres que se ven desde el salón, una voz en algún sitio dirá “¡Coché, mira qué cielo más bonito!”.

Sé que van a hacer una reforma integral y ningún rincón quedará como era, pero da igual. En mi cabeza siempre podré hacer girar mi llave en la puerta de la cocina y, al avanzar un poquito, veré a mi madre sentada frente a la tele; se girará sonriente y me dirá “hola, hija, ya has llegado”.