Hoy he conocido a Asun. Bueno, he empezado la historia por el final y encima ni siquiera es verdad. En realidad, la conocí hace unos dos años, pero entonces no sabía que era Asun.
Me había hecho socia del gimnasio que hay enfrente de mi casa porque tiene piscina y a mí me encanta nadar. Nunca he sido demasiado deportista (o nada) pero llega una edad en la que tu cuerpo empieza a avisarte de que o nos movemos o yo no tiro más de ti. Yo solía salir a caminar, a paso rápido, muy motivada, con mis auriculares, pero con lo que llueve aquí es difícil que caminar se convierta en una rutina. Además, cuando llega el calor me resulta demasiado pesado porque sudo mucho, siento que me falta el aire y todo el beneficio que me aporta desaparece y se convierte en molestia. Total, que caminando no conseguía mantenerme en forma ni sentirme todo lo bien que yo necesitaba. Así que el paso irremediable y más lógico era a la piscina que tengo enfrente de casa. Para que nadar se convirtiese en un hábito real que yo pudiese mantener en el tiempo necesitaba encajarlo en mi día sin que supusiese un gran sacrificio. La mejor opción era a primera hora, después de dejar a mi hija en el cole. Lo hacía rápido, nada más volver a casa, cogía la mochila y salía pitando para no darle tiempo a mi cerebro a despertarse y buscar una excusa. Después me quedaba vencer ese obstáculo mío que me frena a la hora de ir a sitios desconocidos y empezar cosas nuevas y para eso ayudó el hecho de que en realidad yo ya había ido a ese gimnasio a nadar unos cuantos años atrás, cuando estaba embarazada de mi primer hijo. Parece una tontería, pero haber conocido el sitio, no ser novata y unirlo a los buenos recuerdos de las clases para embarazadas, me ayudó a pasar ese muro. En el vestuario el primer día me sentí una extraña, con esa sensación que llevamos puesta toda la vida las ex tímidas de que en cualquier lugar todo el mundo se conoce menos tú. Y encima pagué la novatada de que, al no haber sabido cómo eran las taquillas mi candado no servía. Vale, como no quiero volver a casa sin haber nadado, simulo que cierro la taquilla y valoro que dada la franja octogenaria en la que se sitúan la mayoría de las presentes, no creo que haya mucha delincuente entre este grupo de abuelas.
Ya en la piscina la primera sensación es que sí, efectivamente, estoy en muy baja forma. Hago el primer largo y pienso que voy a morir y que no hay aire suficiente para que yo me reponga del esfuerzo. Quizá tengo que tomármelo con muuucha más calma. Algo dentro de mí se entristece un poco al comprobar que no soy la nadadora que yo suponía. Pero bueno, nadar me sigue gustando como siempre y poco a poco consigo disfrutar el momento y me gana la satisfacción y la euforia de haber conseguido mi objetivo.
Seguí yendo y el resto de aquellos primeros días fui ajustando detalles: conseguí comprar un candado que se ajustase a la taquilla, una señora me tuvo que enseñar a cerrar la taquilla, me acordé de llevar una toalla para el pelo, me acordé de llevar una funda para las gafas…
Y los momentos en la piscina cada vez se hacían más agradables, cada día me iba sintiendo mejor. Nadar me relaja mucho, me desconecta del mundo y a la vez me conecta conmigo, con mi cuerpo, mi respiración, mi cabeza. Creo que alcanzo un estado que se parece a meditar porque todo se apaga y van saliendo pensamientos, primero atropelladamente, pero yo les voy dando su espacio y los voy despachando. Al acabar noto que todo se ha ordenado, que salgo con más energía para afrontar el día que tengo por delante, que puedo con todo.
¿Y dónde queda Asun en todo esto? Pues nada, que un buen día empecé a preguntarme si yo nadaba muy lenta y quise compararme con alguien que estuviese practicando por allí. Y como dije, en el horario en que voy, la mayoría de la gente es bastante mayor que yo. Así que elegí a una señora que parecía rondar los 80 años y nadaba a crol. Espero a que llegue al final de su calle, se da la vuelta y cuando empieza de nuevo a nadar, yo me pongo a nadar a la vez. Mi sorpresa es que la señora acaba el largo sin problema y antes que yo y se lanza de nuevo al agua mientras que yo tengo que parar a respirar. Repetí la comparación-competición un par de veces más y ella siempre ganaba. En mi cabeza empezó a surgir la idea de que había elegido a una exnadadora profesional pero la realidad es que yo estaba cascadísima. Además, yo iba siempre más o menos a la misma hora así que los siguientes días coincidí de nuevo con la señora y sin querer, si en algún momento la veía a mi altura, no podía dejar de fijarme en ella y volvía a “ganarme” siempre, una y otra vez. Quiso la casualidad que por esas fechas me tocase hacerme un análisis de sangre y en los resultados apareció que yo tenía anemia, de ahí que me cansase tanto al hacer ejercicio. Mi médico me prescribió hierro y a medida que avanzaba mi tratamiento me iba sintiendo cada vez con más fuerza y energía. Con el tiempo llegué a alcanzar a mi competidora, sin saber en ningún momento ella que lo era. Y a partir de ahí empezó una nueva etapa de nuestra “relación”: me gustaba encontrarla en la piscina cada día, igual que al señor que siempre estaba en la calle 1 nadando hacia atrás con esa forma tan peculiar de mover los brazos. Frente a esos primeros días rodeada de desconocidos que se conocían entre sí, en la piscina me sentía a gusto encontrando esas dos caras conocidas, aunque debería decir más bien gorros conocidos, porque entre los atuendos que llevamos y mi miopía, la realidad es que identifico gorros, gafas y poco más. Si algún día yo llegaba temprano y ella no estaba, pensaba si le habría pasado algo, pero al rato aparecía alguien en la calle dos y yo sabía que era ella antes de poder identificarla porque al nadar de espaldas el dedo gordo de uno de sus pies hacía un movimiento muy gracioso. En mis idas y venidas haciendo largos me gustaba imaginar su vida, si tendría marido e hijos, si de joven había sido una gran nadadora como me gustaba pensar los primeros días…un día la identifiqué por el bañador antes de que se metiese en la piscina y descubrí que llegaba con una muleta. Ahí ya tuve repertorio nuevo para imaginar una lesión que la había traído a la piscina para rehabilitarse y de alguna manera eso era algo que nos conectaba, porque yo también había elegido la natación porque me dolía una rodilla. Con el tiempo me empezó a resultar agradable llegar a la piscina y encontrarla nadando, siempre en la calle 2, siempre haciendo un largo a crol y otro de espalda, con su flotador en la espalda y ese movimiento del dedo gordo. Me gusta que coincidamos porque cada una sale de un extremo y nunca llegamos a molestarnos, nuestros ritmos se acompasan de manera que una nunca alcanza a la otra y tampoco tiene que pararse una porque la otra la interrumpe. Me genera armonía esa manera nuestra de coordinarnos sin necesidad de hablar ni conocernos.
Pero hace dos días noté algo diferente. Yo nadaba detrás de ella a bastante distancia y vi que al llegar al final del recorrido ella se detenía, pero no volvía a nadar de inmediato. Parecía que se estaba reajustando las gafas o el gorro y a continuación se dio la vuelta y se lanzó a nadar. Vale, no pasa nada, seguimos. Pero al llegar al otro extremo se repite la misma situación. Esta vez no vuelve a nadar, se queda parada y percibo que está haciendo algo con las gafas. Llego hasta su altura, no digo nada, me doy la vuelta y sigo. Llego al final, me giro y ella no ha salido. Nado. Llego de nuevo a su altura y le pregunto si está bien. Entonces me cuenta que le ha entrado agua en las gafas y le pican mucho los ojos por el cloro y que estaba esperando a ver si pasaba alguien para pedirle que le traiga papel para poder secarse los ojos. Entonces me ofrezco a hacerlo, yo. Salgo de la piscina, cojo papel en los baños y vuelvo. Se seca los ojos pausadamente y logra abrirlos bien, parece que relaja el gesto y yo la ayudo a desprenderse de algunos pedacitos que se le han pegado a los párpados. Sonríe agradecida y yo siento algo muy cálido porque hace ya tiempo que no tengo una abuela a quién ayudar (y ni siquiera una mamá). Cuando me aseguro de que está bien del todo yo ya no vuelvo a la piscina y me marcho contenta por haberla ayudado y también por haber tenido por fin una conexión real después de tanto tiempo considerándola mi compañera de piscina sin ella saberlo.
Al día siguiente vuelvo a la piscina y de nuevo coincido con ella, claro, pero no le digo nada porque de alguna manera me parece ridículo hacerlo, como si me fuese a acercar yo a recordarle que la había ayudado o algo así, como si fuese a parecer que ahora me debía la vida o que ya tenía que agradecérmelo cada día.
Pero al día siguiente, hoy, estaba nadando junto a ella, calle con calle y cuando coincidió que acabamos el recorrido juntas fue ella la que se giró hacia mí y me saludó con una sonrisa. Yo también sonreí y espontáneamente nos pusimos ahí las dos, sumergidas en el agua a hablar de lo de los ojos, de la piscina y dos chorradas más. Aproveché para decirle que me podía pedir ayuda siempre que lo necesitase, que entre nosotras tenemos que cuidarnos y ella no hacía más que agradecerme el gesto. Ya antes de reanudar nuestro ejercicio me dijo sonriendo “yo soy Asun” y me pareció super tierno, porque de mayor parece que ya dejas de hacer esas cosas. Me refiero a que me recordó a cuando eres una niña pequeña, llegas al parque, te lo estás pasando bien con una niña que acabas de conocer y entonces te presentas. Y al volver con tu madre le cuentas “es mi amiga”. Así de fácil. Pues eso me pareció Asun, una niña que está a gusto y entonces te dice su nombre.
Creo que un día le voy a preguntar si de joven era una gran nadadora.
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