domingo, 24 de mayo de 2020

Diario de una cuarentena. Día 73

Esta desescalada se me está quedando un poquito triste.
¿Qué decíamos a principios y mediados de confinamiento? Uaaah el día que salgamos...e inmediatamente veíamos abrazos, cervezas, fiesta, confeti y hasta lágrimas. Pero eso era en los anuncios y en nuestra cabeza. La realidad se llama desescalada y es lenta y progresiva. Y lo peor, no es alegre, al menos para mí.
Bueno, matizo, la salida con los niños sí fue alegre, por ejemplo. No se pusieron súper felices con el anuncio de que iban a salir pero sin embargo sí lo disfrutaron un montón. Y a día de hoy, cada vez que salimos lo seguimos disfrutando. Es en lo que vamos a notar este paso a la fase 2 que comienza mañana, en que ya no tendremos el límite de la hora, el kilómetro y el adulto que los acompañe. Así que iremos a donde queramos, como hacíamos "antes".
Pero, por ejemplo, no he pisado una terraza, no hemos quedado con la familia más allá de un día que subieron mis suegros a casa y tampoco hemos visto a ningún amigo. Nos hemos quedado como en medio de ningún sitio, porque tampoco podemos decir que estemos como antes, encerrados en una isla desierta viviendo una nueva experiencia en familia. 
Estamos a la mitad del puente pero ahora mismo no sabemos si cruzar, quedarnos parados o volver al principio.
Creo que mi llegada a la realidad será definitiva cuando pueda cambiar de provincia y abrazar por fin a una de mis hermanas. Y sí, digo bien, abrazar, aunque sea con mascarilla. Pero es que no me veo después del tiempo que llevamos sin vernos, de lo que ha pasado y sobre todo de lo que habrá pasado ella, haciendo ciento y pico kilómetros para chocarnos el codo. Le voy a dar un abrazo que se va a enterar.
Y hasta ese día me veo así, en medio de ningún sitio, viviendo una fase 0 dentro de una zona en fase 2, sin contactos, sin salidas pero también sin aplausos en la ventana. Definitivamente se han acabado, se fueron disipando y al final simplemente desaparecieron, como si ya no quedase nadie en los hospitales, como si las cajeras del súper no llevasen una mascarilla y una pantalla para hacer su trabajo, como si todo hubiese acabado.
Y la gente sí que vive en distintas fases, porque los que han vuelto a sus lugares habituales de trabajo y no tienen niños, es probable que se sientan en fase 3 pero los que trabajamos con niños en casa... Y esta semana me ha sorprendido el anuncio de que habrá campamentos de verano. Y de nuevo me siento contrariada, es algo que deseo todos los años porque me soluciona la vida y mis hijos se lo pasan fenomenal pero justo ahora...me debato entre darme un respiro en mi vida inscribiéndolos o ahorrarme preocupaciones pero seguir hasta septiembre con ellos en casa. Todo es tan incierto y tan desconocido que no es fácil tomar decisiones. Hay que volver a replantearse lo que antes tenías claro porque la vida ya no es la misma y las prioridades tampoco lo son.
Así que una vez más sólo me queda vivir el hoy. Mañana comienza una nueva semana. En el colegio serían las fiestas colegiales pero recordarlo a mi hijo le da pena porque las disfrutaba de verdad. Es muy lógico que los profesores les transmitan la alegría de las fiestas de todos modos, pero a veces esas referencias a la vida pasada o a como sería su vida sin coronavirus son contraproducentes; me refiero a que resulta más fácil estar contento con tu vida si no recuerdas las renuncias que te suponen esa vida.
Voy a pensar que al final, queriendo o sin querer, en mayor o menor medida, la desescalada está abriendo agujeros en nuestra vida, así que acabará entrando el aire y respiraremos mejor.
Feliz semana de fiestas.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Diario de una cuarentena. Día 68

Hoy no me he quedado un rato en la cama mientras sonaba el despertador. Hoy preferí levantarme rápido porque ayer mi jefa me anunció que hoy me llamaría. Y aunque en ningún momento me dijo que lo haría temprano, no sé, creo que ya he desarrollado el olfato lo suficiente como para saber cuándo se avecina un marrón. Ella llevaba semanas medio contándome que iba a salir un nuevo contrato y por fin ayer me llamó para decirme que ya lo tenía, que se lo iba a leer, que lo iba a estudiar, que ella creía que nos encajaba y que mañana (hoy) me contaría detalles para ver qué me parecía. Ella siempre habla de este contrato con tanta alegría y entusiasmo como angustia me produce a mí oírla. 
Y llegó el día. Después de ducharme y vestirme ahí estaba su llamada perdida, antes de tomarme ni un café. La llamó, me contesta jovial y exultante, sin dejarme mediar palabra, como es su costumbre. Me cuenta que ya está, que lo ha visto todo, que lo vamos a hacer las mismas que estamos llevando mi contrato y que fenomenal todo, que nos darán un incentivo a cada una de 200€. Yo pregunto en primer lugar por el tiempo de dedicación y resulta que no tenemos que trabajar más, no hace más que repetir lo de que "nos encaja" porque ya que vamos a los jardines, miramos otras cosas. Yo, que sé sumar, sé que si vas a un jardín a inspeccionar unas cosas y además tienes que mirar otras, tardas más y eso es tiempo, aunque sea poco. Además no todo el contrato es en jardines, también hay playas. Pero eso no importa, son playas que hay en la ciudad, dice ella, como si por estar en la ciudad no llevase tiempo inspeccionarlas. Así que en la jornada completa que dedicamos a nuestro servicio, tendríamos que realizar otro servicio adicional y no pasa nada. A mí, no sé muy bien por qué, me viene a la cabeza la palabra "estafa" y eso que de contratos, administraciones y esas cosas no controlo demasiado. Pero aun así me da por pensar que si a un mismo organismo le cobras dos veces por la misma jornada.... nada, serán cosas mías. 
Total, que yo que no soy de juzgar a la ligera sin tener toda la información, le digo que me envíe el pliego para leerlo con calma y decidir yo si me encaja tan bien como a ella. Accede pero le molesta, porque para ella todo está muy claro. Yo le digo que las cosas no son así, que yo ahora para hacer mi trabajo invierto a lo largo del día todos los momentos que puedo pero además tengo que hacer cosas en fin de semana porque si no, no llego. Insiste en que esto lo puedo asumir, que no me va a añadir horas. También insiste en los 200€ que me van a caer por el trabajo, como si fuesen un premio caído del cielo y no un dinero que se llama sueldo y que te ganas al prestar un servicio a una empresa. Como la conversación es un diálogo de besugos le digo que me leeré el pliego pero que en ningún caso voy a realizar el trabajo por sólo 200€. Ella dice "¡son al mes!" y claro, no lo puedo evitar, me río a carcajadas y le digo "hombre, ya lo había entendido". No contenta, me aclara que son 200€ para cada una. Le digo que si está de broma.
Cuelgo. Tengo la boca seca, por no hablar de la sangre que me hierve. Al no decirle un "sí", que era la única respuesta que contemplaba al llamarme, se ha indignado y me ha soltado que "encima que pensamos en vosotras". Uff, ya estamos. De los creadores de "no te quejes que al menos tú tienes trabajo", llega ahora a sus pantallas "soy tu jefe y dame las gracias por no explotarte gratis". A mi edad y que tenga que oír estas cosas, estos chantajes que ya deberían haber pasado de moda hace años. Pero que bien educadita está este mando intermedio. Yo incluso intenté ser conciliadora, empatizar: "mira, yo entiendo a la empresa, entiendo que a la hora de coger un trabajo nuevo la primera opción sea encargárselo a quien ya está en la empresa, pero eso se hace si puede ser. Y beneficia a la empresa, no nos engañemos". En fin, como hablar sola.
Recibo el famoso pliego y leo no pocos detalles del trabajo que me hacen pensar que es todavía más inasumible de lo que yo pensaba. Requiere unos conocimientos de legislación e incluso de biología que yo no manejo. Requiere pasar las primeras semanas haciendo lo que haces las primeras semanas de coger un servicio nuevo, trabajar más. No, ni de coña. No puedo. Tendré que seguir viviendo sin esos 200€ que me cambiarían la vida.
Hablo con mi marido. Mis hijos notan la tensión porque yo estoy crispadísima, no lo puedo ocultar. Le enseño el pliego y con sólo leer un par de párrafos abre los ojos como platos. Es bastante más trabajo que el que mi jefa dice. Trabajo para una persona centrada, no para mí. Él sólo me aconseja que no llame ya, que me tome un tiempo para calmarme y para que mi jefa vea que yo me lo he pensado. Le digo que no tengo tiempo, que ella quiere ya la respuesta para hablar con el ayuntamiento a las doce y decirles que todo esta listo para empezar. Odio esta mierda. La empresa sonríe al cliente, le anuncia que somos la bomba y por detrás los trabajadores ya lo asumirán todo. El rollo de siempe. Cuánto nos iba a cambiar la vida el coronavirus...
Llamo a mi jefa una hora antes de su reunión. Estoy tranquila, sé perfectamente qué le voy a decir. Lo primero que me suelta es "ah, ya te iba a llamar yo". Se ve que no tengo derecho ni a tomarme tiempo en contestar. Comienzo a decirle que he leído todo y que no me encaja por distin... me interrumpe y comienza a hablar sin pausa, explicándome porque sí encaja y bla, bla, bla y tus compañeras me han dicho que ellas sí lo hacen, que no tienen problema... en un momento que se detiene para respirar, le digo que si me deja hablar a mí será más fácil que me entienda. Me deja algo, porque me sigue interrumpiendo y confirmo que el "no" no era una opción. Yo le digo que yo tengo un compromiso con mí servicio y ese es el contrato que cumplo y que si veo que otro contrato compromete el trabajo que ya hago, no lo quiero coger. Los contraargumentos no sé si me dan más risa que pena o al revés. Me dice que una de mis compañeras ha estado de baja y no ha pasado nada; le digo que una baja es algo accidental, no un plan de trabajo. Me dice que si dedico parte de mi jornada a otra cosa, nadie se va a dar cuenta, ¡viva la ética! y ya, la mejor "que no pasa nada por no hacer el trabajo perfecto". Le digo que el problema no es no hacer el trabajo perfecto, es simplemente no hacerlo. Por último le propongo que les diga a mis compañeras si lo quieren asumir ellas, que les ofrezca más dinero y tiempo extra para hacerlo. Le encanta la idea, creo que en sus ojos se pone el signo del dolar y piensa en conseguir lo mismo por menos.
Cuelgo y me siento tremendamente aliviada, sigo viva después de semejante batalla. Mi sorpresa es que en minutos me llega por whatsApp un mensaje de una de mis compañeras "le he dicho que yo confiaba en tu criterio y que si tú no lo veías claro, más allá de que tengas el problema de tus hijos, yo no lo iba a hacer". La verdad es que me he quedado en shock. No esperaba tanta fidelidad. Mi otra compañera se suma, dice que ella ni de coña sin nosotras. Qué fuerte, porque esta última es autónoma y necesita el dinero. 
A lo largo de la mañana no hacemos más que intercambiarnos nuevos mensajes porque mi jefa contraataca (a mis compañeras) con nuevas ofertas. Finalmente una de ellas le dice que se deje de darle vueltas y contrate a otra persona ¡¡bravooo!!. En un rato mi jefa me llama suaaaave y me pregunta si conozco a alguien para el trabajo. La verdad es que no, pero le digo que la avisaré si encuentro a alguien. Cuando cuelgo pienso que no quiero "llevar a alguien al matadero" pero es una tontería, el trabajo en sí no está mal y una persona sola, con capacidad y ganas podría asumirlo. No me cuesta nada mandar un par de guasaps y ver si encuentro a alguien. Y resulta que sí. Un compañero conoce a una chica ingeniero técnico forestal a la que conoce de varios trabajos y piensa que podría interesarle. Le pido que la tantee antes de que yo le pase el contacto a mi jefa. La chica accede a escuchar la oferta.
Envío el contacto a mi jefa y me voy al parque con mis hijos. Hace más calor que ayer, un día de verano. Jugamos a la sombra de unos camelios porque al sol temo que nos quememos. La verdad es que sigue siendo una gozada disfrutar de este tiempo juntos al aire libre. La peor parte es que con el calor noto a la gente relajada en exceso: grupos de madres juntas sobre el césped sin protección alguna, familias que salen con padre y madre, una niña que se acerca a mi hija y la toca sin que su madre mueva un dedo de su móvil... en fin. Hasta mi hijo percibe algo, porque en el momento de irnos dice que por qué tiene que irse si tanta gente no cumple las normas. Es complicado de entender hasta para un niño.
Volvemos a casa acalorados. Nos cambiamos, bebemos algo y merendamos. Tengo que ayudar a mi hijo con una tarea de sociais que es algo difícil así que me propone que en cuanto yo acabe el café, lo avise y ya se pone con ello. La verdad es que me hace caso a la primera a pesar de estar viendo la tele y nos pasamos un ratito resolviendo los ejercicios. Tiene una actitud buenísima, da gusto pasar tiempo con él cuando está así.
Sigo sintiéndome muy bien con lo que ha pasado esta mañana. La parte de la empresa ha sido tensa y violenta, pero me siento satisfecha con mi decisión y muy agradecida a mis compañeras por haber hecho tanta piña.
Y precisamente, mientras pensaba en eso, la persona que me pasó el contacto de la chica candidata al trabajo me dice en un mensaje que está contentísima, que estaba trabajando pero no de cosas relacionadas con su profesión y que está entusiasmada con la oferta. Definitivamente se me ha alegrado el día. Sin pretenderlo, al negarnos a que nos explotasen, hemos dado trabajo a otra persona. No puedo expresar lo bien que me hace sentir esto, a pesar de no conocer a esta chica. Todo encaja al final y hacer las cosas de la manera correcta aporta beneficios para más gente. Parece que es más justo e incluso más natural repartir "la riqueza" de esta manera, que todos tengamos un trozo de pastel y disfrutemos de la fiesta. 
Me siento muy reconfortada, me pongo una canción de Sabina, "Y sin embargo" y sonrío el resto de lo que queda de día mientras pienso "hoy volveré a escribir".

jueves, 14 de mayo de 2020

Diario de una cuarentena. Día 63

Hoy no voy a escribir.
Tengo sueño, estoy cansada, no me apetece.
La verdad es que no me creo que haya estado escribiendo 62 noches seguidas.
Llega mi desescalada.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Diario de una cuarentena. Día 62

Hoy mi día comenzó demasiado pronto, a las cuatro de la mañana. Oigo a mi hijo que me llama y con poca fuerza y mucho sueño me incorporo para ver la hora. Me acerco a su habitación y con voz temblorosa me dice que ha tenido una pesadilla aterradora. Me acerco entonces a su cama, lo abrazo y tiembla. Me pide que me quede hasta que se duerma porque no se quiere quedar solo. Hace años que no me tengo que quedar de noche con él ni por pesadillas ni por estar enfermo. Le digo que me quedo, claro. Abro la cama de al lado y me traigo mi almohada y una manta. Sé que es probable que me duerma yo antes que él pero en cuanto vuelva a despertar, me voy a mi cama. Lo que pasa es que yo no tenía ni idea de lo que iba a ser esta noche. Mi hijo dando una vuelta tras otra, cogiéndome la mano, hablando, preguntándome cosas... cuando estoy por fin durmiendo me despierta con nuevas preguntas, una y otra vez. Y claro, no tengo ninguna ocasión de irme. En otro momento me despierta para decirme que con "mis ruidos de dormir" no le dejo dormir a él. Le digo "pues me voy", pero no quiere. No sé las horas que han pasado pero está claro que no se relaja.  El plan no era este. A las siete de la mañana me despierta para decirme que no me preocupe, que si me quedo dormida él me avisa cuando se levante mi marido. Y entonces ya me enfado, le digo que no me tiene que avisar de nada, que lo que tiene que hacer es dormir y que en mala hora me quedé para que durmiese, porque la que no ha conseguido pegar ojo he sido yo. Nos dormimos y me vuelvo a despertar a las ocho y media. Me levanto y se levanta a continuación. Confiaba en que una vez que cogiese el sueño, compensaría por la mañana el tiempo que estuvo sin dormir, pero no.
He leído artículos de pediatras que dicen que en estos días de confinamiento las dificultades de los niños para dormir se están multiplicando y también los episodios de pesadillas y terrores nocturnos. Pero eso a las ocho y media de la mañana y con la noche toledana (que diría mi madre) que pasé, no me servía de nada. Yo tenía lo que viene siendo el cabreo monumental de libro por falta de sueño. 
Y pensando en el día que se me venía encima y cabreada perdida, dejé a mi hijo desayunando mientras me iba a la ducha a ahogar mis penas en agua caliente.
De entrada, además de tener tanto sueño, me estaba levantando tarde, así que las posibilidades de que mi hija me interrumpiese el desayuno eran altas. Creo que se despertó efectivamente antes de que yo acabase, pero por suerte mi hijo la oyó al primer "mamá" y fue a su habitación antes de que yo me enterase de nada. Cuando acabé de desayunar, los vi a los dos en la habitación y le pedí a mi hijo que volviese a lo que estaba haciendo.
Mi hija estaba en "modo desesperante" así que la dejé en el suelo poniéndose los calcetines a esa velocidad que hace que el tiempo y mi salud se detengan.
Y después siguió tardando taaaaaanto pero taaaaanto en hacerlo todo que directamente me puse a preparar las lentejas. Porque me pone tan mala que se ponga así que ni puedo aprovechar para trabajar.
Después, cuando todo pasa y nos metemos por fin en faena, tiene suerte, porque coincide que le tocan en inglés unos ejercicios de repaso que los hace en seguida, en música un vídeo y nada más, en mates unos relojes para poner las horas que resuelve rápido...y se encuentra haciendo descansos a la vez que su hermano, que empezó bastante antes pero que tuvo que interrumpir los trabajos por la vídeo llamada de toda la clase. A todo esto mi hijo me contó que la tutora les llamó la atención porque alguno estaba colgando las tareas a la una de la mañana. Cuando oigo esas cosas no doy crédito y pienso en esas veces que te planteas si lo haces bien, si lo haces mal, si te pasas de esto y lo otro.... bueno, pues al menos mi hijo a esas horas duerme y ni tiene acceso al iPad.
Y mientras, mi marido debió tener una mañana fina, porque no salió de la habitación ni para respirar. Cuando por fin asomó la cabeza, dijo que se iba al súper y yo ya ni contaba con ello. Él suele venir más rápido que yo y de nuevo trajo más cerezas (qué bonitas), porque las del lunes ya se las ventilaron mis hijos en un visto y no visto. Qué alegría da verles comer así la fruta.
Y yo en mi trabajo recibí la llamada de mi jefa que hablaba toda contenta ya desde su oficina. Como siempre, ni me deja hablar ni me escucha pero eso sí, me vuelve a preguntar por cosas de mi trabajo que no entiende y que ya me preguntó al menos un par de veces más y me vuelve a anunciar que en breve hablaremos de que "tendremos que trabajar más", en un nuevo servicio. A mí este anuncio me sienta fatal, porque ya vivo en un caos, trabajando cuando puedo a todas las horas del día y los fines de semana. No necesito más trabajo, ni siquiera más sueldo, necesito vacaciones y tranquilidad. Y sí, estoy de acuerdo con lo que me dice mi marido de que primero escuche las condiciones y después decida...pero es que yo tengo ya las cosas muy claras en mi vida a estas alturas de la película. Y si una cosa sé es que el tiempo que pasas con la gente que quieres es finito y el que no pasas no lo pospones, no vuelve. El verano en que mis hijos tendrán 9 y 6 años es este y no otro. Si me lo pierdo, no todo, pero sí bastante, me lo perderé para siempre, no volverá. Y si alguien me dice que el tiempo que no voy a estar con mis hermanas en la playa (si al final es posible) lo voy a recuperar, no es cierto. Viviré otros días, no estos. Yo sé que no se puede decir "me toca este verano trabajar y fastidiarme, pero no pasa nada porque hay otros". Yo sé que a veces, de repente, te quedas sin tus veranos, porque muere alguien y el verano es otro, pero nunca el mismo. Y no es ser dramática, es simplemente porque ya me ha pasado. Así que no, no renuncio a mi vida, me niego, porque ni sé lo que voy a vivir yo ni sé lo que les queda a los demás ¿o es que alguien sabía cuando tomamos las uvas que en menos de tres meses estaríamos confinados en casa? Pues eso, que el que no sea futurólogo, se abstenga de opinar.
Volviendo a lo cotidiano y mundano... volvimos a aplaudir un poco solos. Y justo a continuación me llega por WhatsApp una iniciativa que habla de la pena que da que los aplausos se vayan diluyendo y propone hacer el último gran aplauso el domingo. La verdad es que me pareció mejor, dar un final digno a lo que llevamos haciendo dos meses y sobre todo a la gente a la que llevamos aplaudiendo dos meses. Dentro de mí me haré la promesa de seguir aplaudiendo por dentro a todo el que se lo merezca, en esta situación y en la que sea.
Al final el día no fue tan terrible como imaginé esta mañana a las ocho y media con mi monumental cabreo. Incluso pudimos bajar al parque en un momento súper soleado pero no excesivamente caluroso. Estupendo para cargar pilas, divertirnos y volver molida.
Puede que el cansancio lo acuse en realidad mañana, no sería la primera vez, pero eso será ya otra historia. Hoy, prueba superada, me doy una palmadita en la espalda y pienso que en cualquier caso, mañana ya es jueves.

martes, 12 de mayo de 2020

Diario de una cuarentena. Día 61

Hoy cuando fuimos a aplaudir abrimos la ventana y no había nadie asomado en el edificio de al lado. Nadie. Ni el "niño encerrado" del primero, ni los de la sábana de arriba. Ya hace días que las niñas de los arco iris del primero han dejado de salir y un día vimos a sus padres a las ocho saliendo a caminar. Pero hoy, nadie. Confusos, nos miramos y yo busqué mi móvil para comprobar la hora: las ocho en punto, no nos habíamos equivocado. Me asomé, miré hacia arriba y al menos estaban los del tercero y los del quinto, así que empezamos a aplaudir. Con los aplausos salieron los de la sábana pintada y gente mayor de los pisos más altos, también los del primero de nuesto edificio. Pero ni rastro ya de los motoristas que pasaban pitando, ni de protección civil ni nada. Fue como si entre las medidas de la fase 1 se hubiese incluido dejar de aplaudir desde hoy. Bueno, está claro que esto no iba a durar para siempre, pero se hace raro. Sobre todo para nosotros que, a todos los efectos, seguimos viviendo en la fase 0. Hoy además, debido a la lluvia, ni salí con los niños. Eso sí, lo siento más por ellos que por mí porque yo sustituí la salida por una merecida y maravillosa siesta. Y además, como mi hijo sigue con su actitud de responsable, en cuanto me vio acostada, me cerró la puerta y se llevó a su hermana a jugar a una de las habitaciones. Cuando me desperté le escuché cómo le decía "lávate las manos para merendar". Pobre, un montón de veces le digo que no le hable a su hermana como si fuera su padre, porque es más exigente con ella que nosotros, pero después bien que me aprovecho de que se ocupe de ella. En mi defensa diré que tengo que sobrevivir y que además, sin sueño soy más riquiña y eso repercute en el bien de toda la familia. 
Haciendo balance, no hay queja con el día de hoy. Mi marido tuvo que salir esta mañana a una obra y los niños estuvieron algo revueltos, pero aun así acabaron todo lo que tenían de clase por la mañana, lo cual es un alivio. La verdad es que ya podía ser la vida normal así, más equilibrada: trabajamos por la mañana y disfrutamos por la tarde. Estoy segura de que todo funcionaría mejor, todos tendríamos más tiempo para todo, no estaríamos tan estresados y disfrutaríamos más de la vida. Y las empresas funcionarían igual, estoy segura. Nos obligan a jornadas tan largas que es evidente que nadie rinde al 100% durante toda su jornada. Si sabes que en cinco o seis horas acabas, lo das todo y te vas. El otro día me enteré de que la jornada de 8 h se consiguió hace un siglo. 100 años después con lo que ha cambiado no sólo el trabajo, sino la sociedad y la vida en general ¿seguimos igual? No tiene sentido.
Así que con todo el caos que conlleva el confinamiento, sobre todo para mí (hoy estaba contestando un correo de trabajo después de las ocho de la tarde), mejor seguimos disfrutando de lo bueno que nos sigue aportando. Y es que cada vez tengo más claro que la nueva normalidad esa no me va a gustar demasiado.
Si es que ya lo decía Dorothy "se está mejor en casa que en ningún sitio".

Diario de una cuarentena. Día 60

Hay días en que las cosas son fáciles, todo encaja y la vida simplemente fluye. Hoy ha sido uno de esos días. Desde el primer momento, desde primera hora, ha sido uno de esos días. Al levantarme la primera y caminar por el pasillo muerta de sueño, ya noté esa luz que tienen los días buenos. En la cocina, al no haber ropa tendida, el sol se hacía notar como si en realidad fuese más tarde de lo que era. Y me llamó mi hija, por un momento pensé que se levantaría antes de su hora, pero no, tenía una pesadilla y siguió durmiendo.
Cuando estaba desayunando llegó mi hijo, pero tenía una actitud tan opuesta a la de ayer, que podría decir que hasta era de otro color. Entró y salió varias veces, como hace siempre, pero en un momento se paró junto a mí para informarme, casi hasta poniéndose solemne, de que iba a hacer las cosas bien e iba a comenzar las clases a las nueve y media. Le expliqué que no tenía prisa y que no tenía necesidad de marcarse una hora, que lo que yo les pedía es que no perdiesen el tiempo en hacer nada... pero él ya tenía ese objetivo marcado y lo cumplió.
Cuando mi hija se despertó, mi hijo ya estaba haciendo su segunda asignatura. Y además, al comenzar tan pronto, pude permitirme estar a su lado y comprobar con él el trabajo que tenía para todo el día, como hacíamos los primeros días. Y todo el tiempo su actitud fue impecable, porque cuando mi hijo se propone hacer las cosas bien, se supera.
Su hermana, sin embargo, se levantó en la línea de los últimos tiempos, llamando la atención con chorraditas y tomándose muuuuucho tiempo para cada cosa. Como yo cuando la veo sentada en el suelo tardando un tiempo infinito en ponerse el primer calcetín de huellas, siento que mi vida se está yendo lentamente por un desagüe, la ignoro y me pongo a hacerle el desayuno. Y al tiempo eterno para calzarse, sigue el tiempo eterno para hacer pis, el tiempo eterno para venir a desayunar.... total, que empiezo a prepararme para ir a hacer la compra sin importarme cómo va mi hija. 
Encima echo un vistazo a lo que tiene que hacer hoy y en todas las asignaturas hay algo que ver o hacer en el ordenador, así que no es muy compatible con el trabajo de mi marido. Me da igual, sus estudios de una mañana no la van a marcar para siempre y a mí llegar al súper y hacer la compra bien sí que me aporta bastante. 
Encima mi marido no para de hablar por teléfono y no puedo ni decirle que me voy.
Finalmente lo consigo, hablo brevemente con mi marido y le anuncio que me voy y que no se preocupe por mi hija, que con que haga el dibujo de las letras galegas, llega.
En la compra todo va bien, mejor que otras veces. De nuevo el saber que mi marido vendrá esta semana a completar lo que yo coja, me relaja. Ya no es todo a vida o muerte, ya no toda nuestra vida esta semana depende de mí. Estamos en fase 1, digo yo que podré ir a una tienda un día si me faltan yogures. Y además en la frutería me tiro en plancha a la fruta de verano y eso es una alegría. Al llegar a casa enseño las cerezas y mis hijos me abrazan como si nos hubiese tocado la lotería. Pero es que además he cogido peladillos, nísperos y fresas. Cuando toda la compra está guardada, mis hijos no se pueden resistir y probamos las cerezas y los nísperos. Mi hijo con sonrisa de oreja a oreja me dice lo mucho que le gusta la fruta de verano. Comparto la sensación. Antes de devolver las cerezas a la nevera las miro y digo en voz alta lo bonitas que son. El día que las cerezas llegan a casa por primera vez es como un anticipo del verano, un anuncio del final de curso y de todas las cosas que nos gustan de las vacaciones y de la vida en general. Y es que hasta en esta situación, la alegría puede con todo, porque incluso un verano raro o incierto es mejor que cualquier primavera. Yo vivo para el verano, siempre lo he sentido así (nacida en agosto) pero es que además es cuando mis hijos crecen más y me siento mejor. 
Así que ya con la fruta en la nevera y todas las estanterías repletas, tuvimos una comida de las de antes, de las de principios de cuarentena. 
Y tenía dudas con la bajada a la calle de los niños porque hacía bastante calor y no sabía si salir justo después de comer. Pero hasta eso nos salió bien porque se nubló un poco y soplaba viento así que nos animamos a salir por si finalmente le daba por llover. En el parque de nuevo me lo pasé genial con mis hijos. Mi hija siempre se desconecta algo en algún momento y se pone a pasear sola, a coger flores o, como hoy, a buscar una hormiga que había visto ayer en un agujero. Después encontramos la forma de que participase en el juego del frisbie corriendo alrededor de unos árboles y pasando por donde estaba yo cuando acababa. Parece increíble pero con la tontería de bajar al parque estoy haciendo ejercicio y de noche tengo agujetas. Mi marido no me cree.
De vuelta en casa, como siempre, luces y sombras: momentos muy tranquilos y divertidos merendando y viendo la tele que me permiten a mí ponerme a trabajar, pero que de repente se tuercen con mi hija de berrinche y a grito pelado (cuando su padre habla por teléfono, claro). De nuevo mi hijo me salva el día tranquilizándola con ese don que sólo tiene él.
Y así es como llego al final del día cansada pero con el cansancio que da el hacer cosas y no el desesperarte por las cosas. Los momentos de buenas noches y besos sirven para reconciliarme con mi hija y jurarnos amor eterno y para decirle a mi hijo lo contenta y agradecida que estoy por el buenísimo día que ha tenido. Orgulloso y encantado se deja achuchar como el niño que es, por mucho que presuma de mayor y responsable.
Y yo me quedo al finalizar el día pensando que cómo se hace esto, esto de que salga solo un día tan bueno, para poder reproducirlo un día que amanezca cruzado. Pero nunca funciona, así que sólo queda disfrutar el hoy, que mañana no se sabe qué día será.
Como diría mi madre al irse a dormir, apagad las luces cuando os vayáis a la cama.

domingo, 10 de mayo de 2020

Diario de una cuarentena. Día 59

Lo más extraordinario que nos pasó hoy es que por fin hicimos una vídeo llamada con mis cuñados (el hermano de mi marido y su mujer) y mi sobrina, que el viernes que viene cumplirá un año. Para ser tan pequeñita aguantó bastante tiempo sentada y miraba a la pantalla fijamente, entre extrañada y contenta. Señalaba el móvil sobre todo cuando hablaban mis hijos y poco a poco se fue soltando y riendo, pero sobre todo moviéndose. Cuando dejamos de verla era un bebé que aun se movía poco y ahora se baja del sofá y camina cogida sólo por una mano. Me hubiese gustado verla más durante este tiempo, claro, pero en el fondo es la que menos pena me da, porque no es consciente de si esto de no salir a la calle ni ver a la familia es lo normal o no. Y claro que será raro que cumpla un año y no lo celebremos, pero realmente ningún niño recuerda su primer cumpleaños.
Otra novedad de hoy fue que por primera vez no salimos a aplaudir. No es que ya consideremos que hemos dado todas las gracias, simplemente coincidió que estábamos con la vídeo llamada. Pero ahora lo pienso y me pregunto cuándo dejaremos de aplaudir... Me parece que no importa tanto seguir aplaudiendo como tener presente a los demás, a todos los que no han parado de pelear en su trabajo en todo este tiempo y sobre todo no olvidar, que es lo más difícil.
El momento de aplaudir bajó de intensidad cuando a esa hora empezamos a poder estar en la calle. Estamos en la ventana aplaudiendo y vemos llegar a casa a los abuelos rezagados mientras salen runners y paseantes. Yo no he vuelto a salir a caminar.
Y esta semana, en unos minutos ya, entramos en una nueva fase. Yo no la tengo clara y además hay cosas que ni me apetecen. Quiero decir que podría ir a la peluquería y adaptarme a que me peinen con la mascarilla puesta, pero ir a una terraza con mascarilla y sentándome a dos metros de alguien...todavía no lo veo. Como ya dije, creo que lo máximo que haré será comprar en alguna tienda del barrio. Y es que además con los trabajos, el cole y mañana la compra semanal del súper, tampoco es que vaya a tener tiempo para mucho más.
Pero al menos mañana empiezo la semana más tranquila porque hoy conseguí terminar el informe que empecé ayer. Me molestaba tanto tenerlo "ahí en medio" que hasta soñé que una técnico del ayuntamiento que está de baja me llamaba por teléfono para preguntar por él. Y yo justo estaba contándole que en realidad lo tenía casi acabado, cuando me desperté. Ya era bastante tarde, por cierto, pero es que mis hijos habían hecho mucho ruido esta mañana al despertarse y luego cogí el sueño durante más tiempo. Me levanté tan aturdida que no trabajé nada en toda la mañana y además después de comer tuve que dormir la siesta. Es algo absurdo pero me pasa, si duermo de más, tengo más sueño. 
Así que mañana empezaré la semana más tranquila en lo laboral pero con la pereza de siempre hacia las clases y la compra. La parte buena es que mi marido el viernes no trabaja porque es nuestro patrón.
Y espero que mi hijo cambie la tendencia que llevaba hoy, porque estuvo realmente molesto, de estos días que no recuerdo que haya tenido un momento bueno. Cuando empezaba a cenar, la madre de su mejor amigo me preguntó por whatsApp si podían hablar por video llamada y no lo dudé. Creo que cuando tiene un día tan malo, no necesita castigos, necesita una alegría y sabía que esta iba a ser grande. Así que nos llamaron y los dejamos solos hablando. Me hacen mucha gracia, la verdad y aunque arrimé la puerta de la cocina, oía las risas de los dos. Pobres, se adaptan tan bien a todas las situaciones que a veces olvidamos que sólo son niños y que necesitan divertirse y reírse, nada más. A ver si mañana empezamos todos la nueva fase con buen pie y nos mejora el ánimo.