jueves, 16 de septiembre de 2021

BFF

Hay un tiempo en la vida en el que las amigas son lo más importante. Sí, ya sé que las amigas son importantes en cualquier época de la vida, pero me refiero a ese momento, a ese tiempo en que tus amigas son lo más, en que lo son TODO.

Yo identifico ese tiempo como el del instituto, aunque duró unos años más, también durante la carrera. Cuando tenía 14 años empecé el instituto y conocí a las que serían mis mejores amigas. De hecho, a algunas todavía las conservo. Yo no era una niña nada rebelde, pero como toda adolescente, pensaba que mis padres no me entendían porque eran mayores y que mis hermanas, aunque me llevaba bien con ellas, no habían pasado por las mismas cosas que yo. Pero sin embargo mis amigas sí, ahí estaban, para hablarlo todo, escucharlo todo y entenderlo todo. Y dentro del grupo, como no, había una con la que yo conectaba especialmente, Chapi. La verdad es que no nos conocimos en el instituto, sino un año antes de que yo empezara; ella contaba fenomenal el día exacto que me conoció y yo reconozco que no lo recuerdo, así que trataré de describirlo como me lo contó. Chapi era amiga de una prima mía que vivía debajo de mi casa. Una tarde fue a casa de mi prima y me llamaron para pedirme un juego y de paso invitarme a jugar con ellas. Chapi decía que en seguida nos miramos y conectamos y yo la creo, porque aunque no identifico ese día en concreto sí recuerdo que me cayó bien desde que la conocí. Recuerdo que ella se reía constantemente cuando yo hablaba y que a mí me pareció que era una niña distinta, más interesante que la media, que tenía algo especial que me invitaba a escucharla y a querer conocerla más. A partir de aquel primer día volvimos a coincidir en alguna ocasión pero nuestra relación de verdad empezó cuando yo llegué al instituto, porque aunque ella tenía un año más, a partir de entonces ya nos veíamos en el recreo y nos íbamos juntas a casa (vivíamos en la misma calle).

Chapi y yo éramos un poco distintas a las demás. Por decirlo claramente, las dos teníamos gafas y sacábamos muy buenas notas casi sin despeinarnos, así que no es difícil deducir que para el resto de la gente éramos unas "chaponas". Además, como íbamos juntas (hasta a misa) y hacíamos las mismas cosas, había incluso quien nos decía que éramos hermanas y la verdad es que nos daba la risa, porque no nos parecíamos en absoluto y además nosotras sabíamos que éramos mucho más que dos niñas con gafas. Por ejemplo, nosotras no bebíamos los fines de semana; no tomábamos "tumbadioses", "cerebros", "pasas" ni ningún otro brebaje de nombre raro de los que daban por la zona de vinos. Y esto no lo cuento con superioridad, como si fuésemos mejores que nuestras amigas, es que simplemente no lo hacíamos, nos parecía una tontería y algo asqueroso. Pero ahora pienso que sin duda fue importante tenernos la una a la otra para ser así, porque a esa edad es difícil no seguir la corriente si estás sola. Lo pasábamos genial así, no veíamos la necesidad de más y a veces nos reíamos tanto y hacíamos tantas tonterías que decíamos que lo nuestro eran los "pedos psicológicos". Cuando estábamos juntas no hacíamos más que hablar, horas y horas, sobre todo ella, ja, ja, ja. Y es que Chapi era como una ametralladora, contando cosas de las clases, de su inmensa familia, de los libros que leía...porque mira que a mí me gusta leer pero ella era una devoradora de libros. Y además tenía algo que a mí me sigue dando una envidia enorme, que se acordaba de todo lo que leía. Las dos leímos el Señor de los Anillos, pero sólo ella recordaba cada personaje, cada lugar y te describía algún acontecimiento del libro como si lo acabase de leer. Por eso su vocabulario era tan rico y ella decía cosas tan peculiares como "osculos" cuando quería mandar besos o empleaba expresiones como "¡albricias!" que yo no había escuchado en la vida. Muchos años después del instituto, cuando ya teníamos correo electrónico, nos enviaba al grupo de amigos "la palabra del día" a la que ella estaba suscrita. Porque Chapi era así, especial y auténtica y en Navidad me enviaba una postal de Gandhi y en mi cumpleaños una del Circo del Sol. Realmente era una persona única, como no haya conocido otra y durante años fue una auténtica constante y referencia en mi vida. Yo le contaba absolutamente todo, quién me gustaba (por supuesto), qué me había dicho, qué le había dicho yo....y cuando llegó la universidad y nos tuvimos que separar nos escribíamos cartas inmensas, a pesar de que nos podíamos ver los fines de semana. Tengo que buscar esas cartas porque aunque yo me escribía con más amigas, las suyas eran mis preferidas, no sólo por lo que me contaba sino por cómo lo contaba. Siempre había algo ingenioso o sorprendente y me reía con ellas como si estuviésemos juntas. Es incalculable la cantidad de momentos buenos que hemos compartido incluso a distancia. 

Y ahora me veo hablando de ella en pasado no sólo porque esté contando cosas que ocurrieron hace años sino porque, aunque me cuesta decirlo y escribirlo, Chapi se murió este verano. 

Pero no hablaré de su muerte en esta ocasión, porque hoy toca celebrar. Hoy es su cumpleaños, y habría cumplido 50 años. Así que lo que toca es brindar por esa vida y en especial por todos los años que tuve la suerte de compartir con ella. Toca brindar por Chapi, una persona única y especial, que vivió como quiso, siempre alegre y decidida, observando el mundo con sus ojos de niña y aprendiendo, disfrutando pero sobre todo amando de corazón. Porque si algo la definía, era el amor, incondicional y apasionado que no dudaba en declarar a todos los que tuvimos la suerte de estar en su vida. Chapi me quería infinito, y no porque yo lo mereciese, sino porque ella sólo sabía querer así, a pleno corazón y sin medias tintas. 

La vida nos debe a las dos un café que tenemos pendiente pero, mientras no llega, nada impedirá que brinde hoy por ella y le desee ¡feliz cumpleaños, Chapi!



sábado, 17 de abril de 2021

La cajita de costura

Esta mañana me propuse arreglar una muñeca de ganchillo de mi hija. Es una pequeña Hello Kitty que le había hecho mi suegra hace unos años y que había sufrido un pequeño percance un día que la llevó al cole. Como mi hija me había pedido en más de una ocasión que hiciese algo con ese hilo que sobresalía del brazo de su muñeca, me dispuse a buscar entre mis utensilios de costura alguna herramienta que pudiera ayudarme. Abrí el costurero, saqué la pequeña cajita de paja y busqué en su interior el tubo donde guardo las agujas. Las volqué todas sobre la mesa para comprobar si había alguna de coser lana, una de esas con las que mi madre remataba los jerséis que nos calcetaba. Y no, las había de distintos tamaños, pero no de lana. Mientras elegía una de las más grandes, pensé en la cantidad de años que tendría aquel tubito, al igual que la caja de alfileres que también guardaba en el mismo sitio. Y es que mi madre, cuando me fui a estudiar la carrera, lejos de casa, me había preparado aquel "kit de costura" que básicamente contenía un rollo de hilo blanco, otro negro y otro beis, una caja de alfileres y el tubito de agujas. Ahora me produce ternura recordarlo, imaginar en qué pensaba mi madre al seguir aquel ritual de preparar los elementos imprescindibles de costura y guardármelos en una cajita de paja. Y digo ritual porque mis hermanas mayores se llevaron kits similares cuando se fueron a estudiar fuera de casa. Me resulta gracioso pensar en el razonamiento que le llevó a aquello: "que no les caiga un botón y no puedan volverlo a poner en su sitio porque yo no esté", cuando es más que probable que los fines de semana siguiese pasándole a ella mis botones caídos o cualquier otro pequeño arreglo de costura que pudiese necesitar (lo cierto es que no lo recuerdo). Pero ahora entiendo la cajita de costura, me pongo en el lugar de mi madre, teniendo que vivir una y otra vez ese momento de dejarnos ir, y la imagino preparándonos esas pequeñas cosas que al final le permitirían estar aunque no estuviese. 

También recuerdo haber ido con ella a comprar otros utensilios que me acompañarían en mi nueva casa: un cazo para calentar la leche del desayuno, una taza, una espumadera, una cuchara de madera, unas tijeras....de nuevo los imprescindibles para "estar", para asegurarse de que al menos, llevase la vida que llevase, siempre desayunaría una buena taza de leche. La leche del desayuno, una constante de mi madre, uno de sus imprescindibles para asegurarse de que nuestro día arrancaría bien...ja ja ja ahora lo tengo absolutamente interiorizado, como cerrar las persianas antes de acostarme, revisar todas las luces de la casa o hacer los zumos siempre utilizando dos naranjas. Me encantaría que pudiera verme, poder decirle que sus rituales funcionaron y que la siento en cada uno de ellos; que consiguió hacerlo, seguir presente en las pequeñas cosas, ofrecerme su protección en la distancia, permanecer a mi lado.

Vuelvo de nuevo mi mirada a las agujas y pienso una vez más en ella, en todos los gestos que hizo para intentar protegernos de todo, para estar con nosotras cuando no podía estar. Y me pregunto ahora cuáles serán mis kits para proteger a mis hijos, qué pequeñas piedrecitas meteré en sus bolsillos para que el viento no les lleve cuando sople fuerte.



domingo, 10 de enero de 2021

Recuerdos de mi madre

Hoy me he acordado de mi madre, porque sí, por nada en especial, porque los recuerdos son así, como invitados a los que no esperabas pero que dejas pasar de todas formas.

Estaba haciendo la comida y vinieron a mi cabeza las comidas en casa de mi madre, las comidas normales de un fin de semana cualquiera. Y es que yo estaba haciendo "una comida de madre", friendo filetes empanados y con la sopa de fideos ya hecha. Y la recordé a ella, cocinando también, y pude ver los filetes de ternera, la sartén en la que los hacía, pude sentir el olor del aceite, y hasta casi pude verla con su delantal, haciendo una pila de filetes y dejándolos en la bandeja de metal. 

La echo tremendamente de menos, como siempre, pero hoy en especial, sin saber por qué y porque sí. Acaba de pasar la Navidad y ha sido otra ocasión sin verla. Pero ni siquiera creo que sea eso....es otro día más...tantos días ya...Sólo es uno de esos días en que la siento más y a la vez la añoro más. Uno de esos días en que quisiera llamarla, sólo poder oír su voz una vez más. Y también entrar en su casa a verla y sentirme en casa, sentarme en la cocina a hablar con ella, encender la tele...esas cosas tontas que ahora simplemente no puedo hacer y jamás volverán.

jueves, 15 de octubre de 2020

Y de repente...el otoño

Sí, apareció como siempre, fiel a su cita, a eso del 21 o 22 de septiembre (nunca sé cuándo es) pero lo cierto es que no me lo esperaba. Así que se debió dar cuenta y decidió hacer "un poco de ruido", bajó las temperaturas, se trajo un temporal, y para rematar, catarros para toda la familia. Y con los catarros llegaron los mocos, las toses y finalmente la subida de temperatura en el termómetro, eso que ahora nos da más miedo que el hambre y que nos llevó directamente a la tan temida PCR, esta vez para mi hija. Ya habían pasado por esto compañeros de mis hijos pero no es hasta que te toca a tí cuando lo ves cerca de verdad y te das cuenta de que es real. Y eso que desde el minuto uno sospechaba que era el mismo catarro que habíamos pasado todos y además ella estaba bien, que es lo que me importaba. Pero da igual, piensas "ahí está, ha llegado hasta nuestra casa, hasta nuestra familia". Y es en ese mismo momento en el que sabes que, cuando decías que a ver cuánto aguantan en el cole, que seguro que en breve nos mandan a todos a casa...nunca llegaste a creerlo de verdad. En ese instante supe que repito en alto todas esas frases porque lo lógico es que pase eso, pero que por dentro me niego a admitirlo. Y me doy cuenta de que yo quiero mi normalidad, no esta nueva normalidad. Quiero comentar a la salida del cole que nos vamos a fútbol y que a ver si "éste" no tiene muchos deberes hoy. Quiero preocuparme de si el chándal se seca para mañana porque tienen educación física. Quiero quejarme de que el fin de semana hay partido temprano y que encima nos coincide con un cumple de mi hija. Quiero saber que de lunes a viernes voy a trabajar sola en casa. Y quiero salir a la calle sin mascarilla. Quiero quedar. Quiero cafés y risas. Quiero verle toda la cara a la gente cuando me habla. Quiero abrazos.

Quiero días mejores y peores, pero no quiero días grises. Y eso me parece que es este otoño recién llegado, una sucesión de días grises. Y me parece además, que ha venido sin dejar que se acabase el verano. Y todo es porque no he tenido "mi verano". Sé que al decirlo estoy siendo injusta, con la situación que estamos viviendo y con mis propias expectativas antes de que comenzase, pero lo cierto es que no he tenido un verano de verdad, de los que a mí me gustan. Mi verano es cansarme de días de playa, es familia, es volver a casa y es quedar con unas y otras para cargarme de buenos momentos y cargarme así yo de toda la energía que necesito para pasar el curso después. Y no voy a mentir ni hacer un drama, porque es cierto que ha estado lleno de buenos momentos...pero no ha sido mi verano. Salvo mis quince días de vacaciones, estuve trabajando todo el tiempo en casa con mis hijos. No quise apuntarlos a campamentos como otros años, no pudimos tampoco mandarlos unas semanas con los abuelos como hicimos el año pasado...todo fue igual, sin viajes, sin cenas en terrazas, sin ferias medievales ni llevar a los niños a las atracciones de la alameda... Y aunque en principio hice algunos planes, finalmente no quedé con ninguna de las amigas a las que llevaba tanto tiempo sin ver y me apetecía tanto...porque al final la sombra del Covid lo alcanzó todo y pensé que indispensables, indispensables eran los momentos con mi familia; lo demás, quizás en otro verano, quizás en otra vida. Toca ser prudentes, pienso en la responsabilidad individual de la que tanto hablamos...pero es triste esta distancia social tan prolongada.

Y me resisto, yo no quiero que me invada la tristeza, quiero apartar de mi mente que el coronavirus se está llevando la alegría de nuestras vidas. Así que me tengo que obligar a hacer un ejercicio: si en pleno confinamiento me hubiesen ofrecido (por contrato) un verano así, exactamente el que he tenido ¿lo habría aceptado? pues sí, evidentemente, habría firmado con los ojos cerrados. Desde ese punto de vista, he tenido más de lo que esperaba, casi un verano soñado.

Podría repetir el ejercicio pensando en lo que llevamos de curso: en verano dije que sólo aspiraba a pasar un día entero trabajando sola con los niños en el cole, sin que los devolviesen a casa por riesgo de coronavirus. Y ya llevan un mes. Pero por algún motivo, eso no hace que me sienta eufórica. Ni mucho menos. Y supongo que tampoco es tan raro, al fin y al cabo esto no ha acabado, hay una pandemia mundial, una enfermedad sin tratamiento eficaz ni vacuna. Lo que yo percibo en mí como tristeza, no será más que prudencia y sobre todo incertidumbre. Me pesa "eso" que no ha llegado pero puede llegar, esta espera calma y tensa de no se sabe bien qué.

Y mientras no nos reunimos con los amigos, mientras no celebramos los cumples de nuestros hijos, mientras no hay partidos, carreras populares, conciertos...tendremos que sobrevivir a base de "lo importante es que estamos bien", "al menos por aquí no estamos como en Madrid", "de momento los niños siguen en el cole" y otros clásicos del coronavirus. Mi truco de supervivencia particular es pensar en las cosas buenas que me ha traído este año, como el trabajo, el coche nuevo, que no haya reuniones de trabajo o si las hay, que nadie te suelte dos besos y uno del que he sido consciente últimamente y me encanta: después de unos últimos años en que esto era una locura, este año ¡por fin!, a 15 de octubre...no hay ni rastro de decoración navideña en los centros comerciales. Maravilla. Disfrutemos de Halloween y a ver si la Navidad vuelve a situarse en diciembre, como debe ser. No estaría nada mal para acabar este dichoso 2020.


lunes, 15 de junio de 2020

Diario de una cuarentena. Día 94 y final.

Mañana Galicia será la única comunidad española que entre en la "nueva normalidad", ese nombre que suena a secta o a urbanización de frikis. Así que ya tengo mi final, la fecha que yo quería saber, mi día en que el confinamiento finaliza de forma oficial y pasaremos a... no se sabe bien.
Y pasa ahora como cuando vuelves de vacaciones, que te sientas en tu puesto de trabajo y parece que no te has ido. Ahora parece que el confinamiento es tan solo un recuerdo de algo breve, de un bache, cuando han sido tres meses completos. Que me dicen a mí cuando anunciaron los quince días que iban a ser tres meses y vamos, me tiro por la ventana y eso que vivo en un segundo y sería una estupidez. Menos mal que nos lo fueron dosificando, a veces los políticos aciertan.
Y ahora parece que no ha pasado, que no nos hemos agobiado, que no hemos tenido miedo, que no hemos reído y llorado, que sólo hemos estado en casa. Y es que hasta he olvidado cosas, como si hiciese años del confinamiento o como si nunca hubiera pasado. 
Yo, personalmente, creo que he vivido peor la desescalada, yéndome de la fase en la que estábamos a una anterior y volviendo de nuevo según tuviese el día y sintiéndome como si me quedase sola encerrada mientras el mundo corría alejándose de mí. Ha sido en la desescalada donde he tenido más miedo que nunca y casi he deseado que nos encerrasen otra vez. Pero es que en cierta manera es normal, porque llegó un punto en el que al menos el confinamiento era lo conocido, lo seguro, ya era nuestra zona de confort y salir de nuevo al mundo real parecía como asomarse al abismo.
Pero llegó un día en que decidimos que había que avanzar y nos fuimos a comer a la finca de los abuelos. El tiempo era buenísimo y nietos y abuelos no podían estar más felices de reencontrarse por fin, aunque fuese a más distancia de la que les gustaría y con mascarilla. Comimos, corrieron, jugamos y disfrutamos del sol y del aire libre. Como hacía tanto calor y aun no estaba instalada la piscina, en un momento dado mi marido cogió la manguera y se puso a mojar a los niños. Tengo grabada la imagen de mis hijos corriendo bajo el chorro de agua, riendo y gritando sin parar; grabada en mi cabeza, que si la hubiese grabado con el teléfono me la habría perdido. Era imposible mirarlos y no contagiarse de sus risas y su felicidad. Y en ese momento lo supe, supe que así debíamos afrontar esa fase y lo que viniese, como niños, disfrutando el momento, el aquí y ahora y sin miedo a lo que está por venir. Porque no se puede vivir con miedo. El miedo nos inmoviliza, nos ahoga y en definitiva, no nos deja vivir. Y creo que estamos siendo prudentes, que estamos tomando las medidas que están a nuestro alcance para protegernos pero tenemos que seguir viviendo, no queda otra. Del mismo modo que sabemos que un coche nos puede atropellar en la calle, pero no por eso dejamos de salir y simplemente miramos a ambos lados antes de cruzar; igual que sabemos que un avión se puede caer pero no por eso nos quedamos sin hacer ese viaje que nos apetece...creo que debemos actuar igual con el coronavirus, tenemos que tenerlo presente, ser prudentes, pero seguir viviendo. Y que conste que lo digo para convencerme a mi misma en primer lugar, porque cuesta superar el miedo, sobre todo cuando el miedo es a algo todavía tan desconocido. Y además cuesta cuando aun estamos cargando con las secuelas de todo esto, aun trabajando con los niños en casa (y lo que nos queda) y en mi caso, arrastrando esta última semana de desescalada (aunque fuese en fase 3) un cansancio inmenso. Creo que era un cansancio más mental que físico, que me impedía quedarme dormida de inmediato por las noches pero me tenía dormida todo el día. Un cansancio que me tuvo hasta cabreada, seria, melancólica...pero menos mal que cogimos por los cuernos la fase 3 y, esta vez sí, nos subimos al carro de la desescalada para hacer lo que personalmente a mí más me aportaba de esta fase, poder ir por fin a Pontevedra. Así que ayer fuimos y pude estar por fin con una de mis hermanas. Y eso sí que me cambió el día, la semana y la vida. Porque hoy estoy eufórica, he tenido fuerzas hasta para cambiar toda la ropa del armario de mi hija y ya me he puesto en modo fin de curso, que es lo que toca esta semana. Porque vernos por fin (aunque no nos hayamos podido juntar las tres) ha sido como celebrar que hemos sobrevivido una vez más y que en la vida realmente da igual lo que nos pase, siempre que al final podamos seguir teniéndonos unas a otras y disfrutando de una comida juntas. 
Cuando casi nos íbamos a ir de casa de mi hermana, estaba atardeciendo, miré hacia la ventana y recordé las puestas de sol en casa de mi madre, con unas vistas muy parecidas, también con la isla de Tambo al fondo. Pensé que seguro que ella se alegraba de que estuviésemos juntas y bien al final de todo esto. Al llegar a Coruña el cielo teñido de rojos, naranjas y rosas que nos recibió a la vuelta me hizo pensar en ella de nuevo y sentí que todo va a salir bien. Sólo hay que seguir viviendo y vivir sin miedo.

domingo, 24 de mayo de 2020

Diario de una cuarentena. Día 73

Esta desescalada se me está quedando un poquito triste.
¿Qué decíamos a principios y mediados de confinamiento? Uaaah el día que salgamos...e inmediatamente veíamos abrazos, cervezas, fiesta, confeti y hasta lágrimas. Pero eso era en los anuncios y en nuestra cabeza. La realidad se llama desescalada y es lenta y progresiva. Y lo peor, no es alegre, al menos para mí.
Bueno, matizo, la salida con los niños sí fue alegre, por ejemplo. No se pusieron súper felices con el anuncio de que iban a salir pero sin embargo sí lo disfrutaron un montón. Y a día de hoy, cada vez que salimos lo seguimos disfrutando. Es en lo que vamos a notar este paso a la fase 2 que comienza mañana, en que ya no tendremos el límite de la hora, el kilómetro y el adulto que los acompañe. Así que iremos a donde queramos, como hacíamos "antes".
Pero, por ejemplo, no he pisado una terraza, no hemos quedado con la familia más allá de un día que subieron mis suegros a casa y tampoco hemos visto a ningún amigo. Nos hemos quedado como en medio de ningún sitio, porque tampoco podemos decir que estemos como antes, encerrados en una isla desierta viviendo una nueva experiencia en familia. 
Estamos a la mitad del puente pero ahora mismo no sabemos si cruzar, quedarnos parados o volver al principio.
Creo que mi llegada a la realidad será definitiva cuando pueda cambiar de provincia y abrazar por fin a una de mis hermanas. Y sí, digo bien, abrazar, aunque sea con mascarilla. Pero es que no me veo después del tiempo que llevamos sin vernos, de lo que ha pasado y sobre todo de lo que habrá pasado ella, haciendo ciento y pico kilómetros para chocarnos el codo. Le voy a dar un abrazo que se va a enterar.
Y hasta ese día me veo así, en medio de ningún sitio, viviendo una fase 0 dentro de una zona en fase 2, sin contactos, sin salidas pero también sin aplausos en la ventana. Definitivamente se han acabado, se fueron disipando y al final simplemente desaparecieron, como si ya no quedase nadie en los hospitales, como si las cajeras del súper no llevasen una mascarilla y una pantalla para hacer su trabajo, como si todo hubiese acabado.
Y la gente sí que vive en distintas fases, porque los que han vuelto a sus lugares habituales de trabajo y no tienen niños, es probable que se sientan en fase 3 pero los que trabajamos con niños en casa... Y esta semana me ha sorprendido el anuncio de que habrá campamentos de verano. Y de nuevo me siento contrariada, es algo que deseo todos los años porque me soluciona la vida y mis hijos se lo pasan fenomenal pero justo ahora...me debato entre darme un respiro en mi vida inscribiéndolos o ahorrarme preocupaciones pero seguir hasta septiembre con ellos en casa. Todo es tan incierto y tan desconocido que no es fácil tomar decisiones. Hay que volver a replantearse lo que antes tenías claro porque la vida ya no es la misma y las prioridades tampoco lo son.
Así que una vez más sólo me queda vivir el hoy. Mañana comienza una nueva semana. En el colegio serían las fiestas colegiales pero recordarlo a mi hijo le da pena porque las disfrutaba de verdad. Es muy lógico que los profesores les transmitan la alegría de las fiestas de todos modos, pero a veces esas referencias a la vida pasada o a como sería su vida sin coronavirus son contraproducentes; me refiero a que resulta más fácil estar contento con tu vida si no recuerdas las renuncias que te suponen esa vida.
Voy a pensar que al final, queriendo o sin querer, en mayor o menor medida, la desescalada está abriendo agujeros en nuestra vida, así que acabará entrando el aire y respiraremos mejor.
Feliz semana de fiestas.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Diario de una cuarentena. Día 68

Hoy no me he quedado un rato en la cama mientras sonaba el despertador. Hoy preferí levantarme rápido porque ayer mi jefa me anunció que hoy me llamaría. Y aunque en ningún momento me dijo que lo haría temprano, no sé, creo que ya he desarrollado el olfato lo suficiente como para saber cuándo se avecina un marrón. Ella llevaba semanas medio contándome que iba a salir un nuevo contrato y por fin ayer me llamó para decirme que ya lo tenía, que se lo iba a leer, que lo iba a estudiar, que ella creía que nos encajaba y que mañana (hoy) me contaría detalles para ver qué me parecía. Ella siempre habla de este contrato con tanta alegría y entusiasmo como angustia me produce a mí oírla. 
Y llegó el día. Después de ducharme y vestirme ahí estaba su llamada perdida, antes de tomarme ni un café. La llamó, me contesta jovial y exultante, sin dejarme mediar palabra, como es su costumbre. Me cuenta que ya está, que lo ha visto todo, que lo vamos a hacer las mismas que estamos llevando mi contrato y que fenomenal todo, que nos darán un incentivo a cada una de 200€. Yo pregunto en primer lugar por el tiempo de dedicación y resulta que no tenemos que trabajar más, no hace más que repetir lo de que "nos encaja" porque ya que vamos a los jardines, miramos otras cosas. Yo, que sé sumar, sé que si vas a un jardín a inspeccionar unas cosas y además tienes que mirar otras, tardas más y eso es tiempo, aunque sea poco. Además no todo el contrato es en jardines, también hay playas. Pero eso no importa, son playas que hay en la ciudad, dice ella, como si por estar en la ciudad no llevase tiempo inspeccionarlas. Así que en la jornada completa que dedicamos a nuestro servicio, tendríamos que realizar otro servicio adicional y no pasa nada. A mí, no sé muy bien por qué, me viene a la cabeza la palabra "estafa" y eso que de contratos, administraciones y esas cosas no controlo demasiado. Pero aun así me da por pensar que si a un mismo organismo le cobras dos veces por la misma jornada.... nada, serán cosas mías. 
Total, que yo que no soy de juzgar a la ligera sin tener toda la información, le digo que me envíe el pliego para leerlo con calma y decidir yo si me encaja tan bien como a ella. Accede pero le molesta, porque para ella todo está muy claro. Yo le digo que las cosas no son así, que yo ahora para hacer mi trabajo invierto a lo largo del día todos los momentos que puedo pero además tengo que hacer cosas en fin de semana porque si no, no llego. Insiste en que esto lo puedo asumir, que no me va a añadir horas. También insiste en los 200€ que me van a caer por el trabajo, como si fuesen un premio caído del cielo y no un dinero que se llama sueldo y que te ganas al prestar un servicio a una empresa. Como la conversación es un diálogo de besugos le digo que me leeré el pliego pero que en ningún caso voy a realizar el trabajo por sólo 200€. Ella dice "¡son al mes!" y claro, no lo puedo evitar, me río a carcajadas y le digo "hombre, ya lo había entendido". No contenta, me aclara que son 200€ para cada una. Le digo que si está de broma.
Cuelgo. Tengo la boca seca, por no hablar de la sangre que me hierve. Al no decirle un "sí", que era la única respuesta que contemplaba al llamarme, se ha indignado y me ha soltado que "encima que pensamos en vosotras". Uff, ya estamos. De los creadores de "no te quejes que al menos tú tienes trabajo", llega ahora a sus pantallas "soy tu jefe y dame las gracias por no explotarte gratis". A mi edad y que tenga que oír estas cosas, estos chantajes que ya deberían haber pasado de moda hace años. Pero que bien educadita está este mando intermedio. Yo incluso intenté ser conciliadora, empatizar: "mira, yo entiendo a la empresa, entiendo que a la hora de coger un trabajo nuevo la primera opción sea encargárselo a quien ya está en la empresa, pero eso se hace si puede ser. Y beneficia a la empresa, no nos engañemos". En fin, como hablar sola.
Recibo el famoso pliego y leo no pocos detalles del trabajo que me hacen pensar que es todavía más inasumible de lo que yo pensaba. Requiere unos conocimientos de legislación e incluso de biología que yo no manejo. Requiere pasar las primeras semanas haciendo lo que haces las primeras semanas de coger un servicio nuevo, trabajar más. No, ni de coña. No puedo. Tendré que seguir viviendo sin esos 200€ que me cambiarían la vida.
Hablo con mi marido. Mis hijos notan la tensión porque yo estoy crispadísima, no lo puedo ocultar. Le enseño el pliego y con sólo leer un par de párrafos abre los ojos como platos. Es bastante más trabajo que el que mi jefa dice. Trabajo para una persona centrada, no para mí. Él sólo me aconseja que no llame ya, que me tome un tiempo para calmarme y para que mi jefa vea que yo me lo he pensado. Le digo que no tengo tiempo, que ella quiere ya la respuesta para hablar con el ayuntamiento a las doce y decirles que todo esta listo para empezar. Odio esta mierda. La empresa sonríe al cliente, le anuncia que somos la bomba y por detrás los trabajadores ya lo asumirán todo. El rollo de siempe. Cuánto nos iba a cambiar la vida el coronavirus...
Llamo a mi jefa una hora antes de su reunión. Estoy tranquila, sé perfectamente qué le voy a decir. Lo primero que me suelta es "ah, ya te iba a llamar yo". Se ve que no tengo derecho ni a tomarme tiempo en contestar. Comienzo a decirle que he leído todo y que no me encaja por distin... me interrumpe y comienza a hablar sin pausa, explicándome porque sí encaja y bla, bla, bla y tus compañeras me han dicho que ellas sí lo hacen, que no tienen problema... en un momento que se detiene para respirar, le digo que si me deja hablar a mí será más fácil que me entienda. Me deja algo, porque me sigue interrumpiendo y confirmo que el "no" no era una opción. Yo le digo que yo tengo un compromiso con mí servicio y ese es el contrato que cumplo y que si veo que otro contrato compromete el trabajo que ya hago, no lo quiero coger. Los contraargumentos no sé si me dan más risa que pena o al revés. Me dice que una de mis compañeras ha estado de baja y no ha pasado nada; le digo que una baja es algo accidental, no un plan de trabajo. Me dice que si dedico parte de mi jornada a otra cosa, nadie se va a dar cuenta, ¡viva la ética! y ya, la mejor "que no pasa nada por no hacer el trabajo perfecto". Le digo que el problema no es no hacer el trabajo perfecto, es simplemente no hacerlo. Por último le propongo que les diga a mis compañeras si lo quieren asumir ellas, que les ofrezca más dinero y tiempo extra para hacerlo. Le encanta la idea, creo que en sus ojos se pone el signo del dolar y piensa en conseguir lo mismo por menos.
Cuelgo y me siento tremendamente aliviada, sigo viva después de semejante batalla. Mi sorpresa es que en minutos me llega por whatsApp un mensaje de una de mis compañeras "le he dicho que yo confiaba en tu criterio y que si tú no lo veías claro, más allá de que tengas el problema de tus hijos, yo no lo iba a hacer". La verdad es que me he quedado en shock. No esperaba tanta fidelidad. Mi otra compañera se suma, dice que ella ni de coña sin nosotras. Qué fuerte, porque esta última es autónoma y necesita el dinero. 
A lo largo de la mañana no hacemos más que intercambiarnos nuevos mensajes porque mi jefa contraataca (a mis compañeras) con nuevas ofertas. Finalmente una de ellas le dice que se deje de darle vueltas y contrate a otra persona ¡¡bravooo!!. En un rato mi jefa me llama suaaaave y me pregunta si conozco a alguien para el trabajo. La verdad es que no, pero le digo que la avisaré si encuentro a alguien. Cuando cuelgo pienso que no quiero "llevar a alguien al matadero" pero es una tontería, el trabajo en sí no está mal y una persona sola, con capacidad y ganas podría asumirlo. No me cuesta nada mandar un par de guasaps y ver si encuentro a alguien. Y resulta que sí. Un compañero conoce a una chica ingeniero técnico forestal a la que conoce de varios trabajos y piensa que podría interesarle. Le pido que la tantee antes de que yo le pase el contacto a mi jefa. La chica accede a escuchar la oferta.
Envío el contacto a mi jefa y me voy al parque con mis hijos. Hace más calor que ayer, un día de verano. Jugamos a la sombra de unos camelios porque al sol temo que nos quememos. La verdad es que sigue siendo una gozada disfrutar de este tiempo juntos al aire libre. La peor parte es que con el calor noto a la gente relajada en exceso: grupos de madres juntas sobre el césped sin protección alguna, familias que salen con padre y madre, una niña que se acerca a mi hija y la toca sin que su madre mueva un dedo de su móvil... en fin. Hasta mi hijo percibe algo, porque en el momento de irnos dice que por qué tiene que irse si tanta gente no cumple las normas. Es complicado de entender hasta para un niño.
Volvemos a casa acalorados. Nos cambiamos, bebemos algo y merendamos. Tengo que ayudar a mi hijo con una tarea de sociais que es algo difícil así que me propone que en cuanto yo acabe el café, lo avise y ya se pone con ello. La verdad es que me hace caso a la primera a pesar de estar viendo la tele y nos pasamos un ratito resolviendo los ejercicios. Tiene una actitud buenísima, da gusto pasar tiempo con él cuando está así.
Sigo sintiéndome muy bien con lo que ha pasado esta mañana. La parte de la empresa ha sido tensa y violenta, pero me siento satisfecha con mi decisión y muy agradecida a mis compañeras por haber hecho tanta piña.
Y precisamente, mientras pensaba en eso, la persona que me pasó el contacto de la chica candidata al trabajo me dice en un mensaje que está contentísima, que estaba trabajando pero no de cosas relacionadas con su profesión y que está entusiasmada con la oferta. Definitivamente se me ha alegrado el día. Sin pretenderlo, al negarnos a que nos explotasen, hemos dado trabajo a otra persona. No puedo expresar lo bien que me hace sentir esto, a pesar de no conocer a esta chica. Todo encaja al final y hacer las cosas de la manera correcta aporta beneficios para más gente. Parece que es más justo e incluso más natural repartir "la riqueza" de esta manera, que todos tengamos un trozo de pastel y disfrutemos de la fiesta. 
Me siento muy reconfortada, me pongo una canción de Sabina, "Y sin embargo" y sonrío el resto de lo que queda de día mientras pienso "hoy volveré a escribir".