jueves, 19 de mayo de 2022

Operación biquini

Llevo unos días pensando en la operación biquini y no me puedo sacar de la cabeza lo absurda que es. Todos los años por estas fechas, o antes si ya ha empezado el buen tiempo, comienzo el examen/inspección de mi propio cuerpo para detectar si se ajusta a los parámetros que se supone que debe cumplir para que yo vaya a la playa o piscina dignamente. Nadie me lo ha contado ni yo los he visto jamás, pero actúo como si en la entrada de la playa hubiese empleados que miden a la gente y deciden quién pasa y quién no. Como si fueses a un parque de atracciones y según tu altura pudieses subir o no, vamos.

Así que me miro, me pongo delante del espejo, me giro, me muevo...y no, no doy la talla (ja ja ja). Más bien me paso de la talla. Estoy blandita, hay dobleces donde debería estar liso, los muslos se mueven más de la cuenta al caminar y, por supuesto, tengo celulitis. Y empiezan entonces los cálculos: "yo creo que si empiezo una dieta mañana y bajo no sé cuánto a la semana...el 1 de julio...pero claro, adelgazo pero no endurezco....y si hago abdominales? tres veces por semana llegarán?...tengo que recuperar aquellos vídeos de Patry Jordán...." De verdad, qué pereza todo y lo peor, qué absurdo. Pero a qué concurso de belleza me creeré que voy...que es sólo ir a la playa...

Porque desde hace unos años yo he hecho cambios en mi vida de los que me siento muy orgullosa, como conseguir llevar una alimientación equilibrada y más saludable o incorporar a mi día a día el ejercicio moderado pero regular. Ya no consumo fritos, ni precocinados, tomo frutas, verduras y la cantidad aconsejada de legumbres a la semana; he pasado de echar dos azucarillados al café a tomarlo sin azúcar. Compro productos frescos de buena calidad, en el mercado y nunca falta el pescado o una cantidad moderada de frutos secos en mi dieta. Siento que he ganado en salud, en bienestar y me sienta bien pensar que estoy haciendo algo bueno por mí y mi familia.

Pero no estoy delgada, no lo suficiente para ponerme el biquini en verano y lucir cuerpo orgullosa en la playa, no (no doy la talla). Y lo pienso y ahora incluso lo escribo para darme cuenta de lo absurdo que es esto, pero ni aun así me lo quito de encima.

Pero vamos a ver ¿voy a la playa a lucir cuerpo, a ver los cuerpos de los demás? nooo, por suesto que no. Es que la gente que veo en la playa me da exactamente igual, la verdad, tanto los que están gordos como los que están estupendos...yo voy a la playa a disfrutar y a compartir buenos momentos con mi familia, eso lo tengo clarísimo. Entonces ¿por qué está presión si a mí me resbala cómo estén los demás?¿por qué me someto a mí misma a un juicio al que no someto a nadie más?

Hace unos años, después de tener a mi segunda hija, me compre un par de bañadores enteros porque estaba "demasiado gorda" como para seguir poniéndome biquini. No me gustaba esa sensación de tener tela en la barriga, sobre todo después de bañarme y me sentía realmente incómoda y un poco absurda. Además todo el mundo sabe que los bañadores no tapan, no ocultan, sólo disimulan y para eso... absurdo, vamos.

Pero resulta que luego adelgacé, unos 8 kg y ese verano volví victoriosa al biquini como diciendo "me voy a la playa, ahí os quedáis, gordas, yo ya no soy de las vuestras". Absurdo también. Porque ni ahí estaba lo suficientemente bien para estar contenta en la playa, no para mí.

Y después vino un pedazo de pandemia mundial y cogí unos kilillos, como todo el mundo. Pero sobreviví, sigo aquí, de nuevo mirándome la barriga, pero sana y, sobre todo viva. Que en este tiempo mucha gente ha engordado, pero mucha se ha desesperado, otras han perdido las ganas de vivir y muchas hasta la vida. 

Y este año cumplo 50, pero creo que estoy genial, de cabeza y corazón, ahí es nada. Porque a mi alrededor el cáncer de mama atrapa una tras otra a mis amigas y conocidas, las depresiones y demás mierdas mentales ni te cuento y alguna ya no está aquí para contarlo. Puedo sentirme afortunada y lo hago peeeero...estoy blandita, tengo barriga, qué le vamos a hacer.

Así que voy a hacer un esfuerzo, pero no por bajar las calorías de mi dieta, no por matarme a abdominales, sino por llevar una vida saludable que me haga sentir bien. Voy a centrarme en dormir mejor, en descansar lo que necesito, en sentirme vital y contenta, en mantenerme cuerda (o lo cuerda que pueda). Me encantaría verme más delgada, claro, pero el esfuerzo que eso me exige ahora mismo creo que, sinceramente no me merece nada la pena. 

Así que en verano, por supuesto, me pondré biquini para ir a la playa, con dos...

Y reconozco que no es un triunfo completo, porque lo hago porque me da igual lo que piensen de mí, porque a estas alturas de la película lo cierto es que ya me la sopla todo. Pero lo bueno de verdad (a ver si lo consigo algún día) es que yo fuese así a la playa porque crea que mi cuerpo es tan bonito o tan digno de ver o lo que sea como el de una niña de 20. A ver si para los 60 lo consigo...

 

viernes, 11 de marzo de 2022

Cosas insignificantes que me dan felicidad

    Creo que necesito muy pocas cosas para ser feliz pero hay muchísimas cosas pequeñitas e insignificantes que me aportan felicidad. Aquí van unas cuantas pero seguro hay más:

Tener siempre en casa un bote de cristal con pistachos

Que el café salga del microondas a la temperatura que me gusta

Que haya café

Que haga sol

Tener flores en casa y si huelen bien pero no mucho, mejor

Que el melón salga muy bueno

Un reintegro. De lo que sea. Del valor que sea.

Tener dos tipos de queso en la nevera.

La coloración otoñal de algunos árboles

La floración y los primeros brotes en primavera

Cantar entera con la música más bien alta "El equilibrio es imposible"

Encontrar unos pendientes que me encantaban pero que no recordaba que tenía

Conseguir meter todo en el lavaplatos

Encontrar una chorrada que me haga mucha gracia

Encontrar de casualidad por la calle a alguien que me cae muy bien

Tener una conversación agradable con una persona mayor desconocida

Pedir un postre en un restaurante y que esté exquisito

El café rico

La tortilla

Que me den una muestra de algo y me guste

Aparcar con una sola maniobra 

Ponerme a comer en cuanto acabo de hacer la comida

Despertarme yo sola, sin despertador, sin un ruido

El momento en que me meto en la cama y me tapo cuando me voy a dormir

Acertar con un regalo

Que acierten cuando me hacen un regalo

Que me pongan un pincho con la consumición

Salir a la calle muy abrigada cuando hace frío

El primer día de playa

 


jueves, 16 de septiembre de 2021

BFF

Hay un tiempo en la vida en el que las amigas son lo más importante. Sí, ya sé que las amigas son importantes en cualquier época de la vida, pero me refiero a ese momento, a ese tiempo en que tus amigas son lo más, en que lo son TODO.

Yo identifico ese tiempo como el del instituto, aunque duró unos años más, también durante la carrera. Cuando tenía 14 años empecé el instituto y conocí a las que serían mis mejores amigas. De hecho, a algunas todavía las conservo. Yo no era una niña nada rebelde, pero como toda adolescente, pensaba que mis padres no me entendían porque eran mayores y que mis hermanas, aunque me llevaba bien con ellas, no habían pasado por las mismas cosas que yo. Pero sin embargo mis amigas sí, ahí estaban, para hablarlo todo, escucharlo todo y entenderlo todo. Y dentro del grupo, como no, había una con la que yo conectaba especialmente, Chapi. La verdad es que no nos conocimos en el instituto, sino un año antes de que yo empezara; ella contaba fenomenal el día exacto que me conoció y yo reconozco que no lo recuerdo, así que trataré de describirlo como me lo contó. Chapi era amiga de una prima mía que vivía debajo de mi casa. Una tarde fue a casa de mi prima y me llamaron para pedirme un juego y de paso invitarme a jugar con ellas. Chapi decía que en seguida nos miramos y conectamos y yo la creo, porque aunque no identifico ese día en concreto sí recuerdo que me cayó bien desde que la conocí. Recuerdo que ella se reía constantemente cuando yo hablaba y que a mí me pareció que era una niña distinta, más interesante que la media, que tenía algo especial que me invitaba a escucharla y a querer conocerla más. A partir de aquel primer día volvimos a coincidir en alguna ocasión pero nuestra relación de verdad empezó cuando yo llegué al instituto, porque aunque ella tenía un año más, a partir de entonces ya nos veíamos en el recreo y nos íbamos juntas a casa (vivíamos en la misma calle).

Chapi y yo éramos un poco distintas a las demás. Por decirlo claramente, las dos teníamos gafas y sacábamos muy buenas notas casi sin despeinarnos, así que no es difícil deducir que para el resto de la gente éramos unas "chaponas". Además, como íbamos juntas (hasta a misa) y hacíamos las mismas cosas, había incluso quien nos decía que éramos hermanas y la verdad es que nos daba la risa, porque no nos parecíamos en absoluto y además nosotras sabíamos que éramos mucho más que dos niñas con gafas. Por ejemplo, nosotras no bebíamos los fines de semana; no tomábamos "tumbadioses", "cerebros", "pasas" ni ningún otro brebaje de nombre raro de los que daban por la zona de vinos. Y esto no lo cuento con superioridad, como si fuésemos mejores que nuestras amigas, es que simplemente no lo hacíamos, nos parecía una tontería y algo asqueroso. Pero ahora pienso que sin duda fue importante tenernos la una a la otra para ser así, porque a esa edad es difícil no seguir la corriente si estás sola. Lo pasábamos genial así, no veíamos la necesidad de más y a veces nos reíamos tanto y hacíamos tantas tonterías que decíamos que lo nuestro eran los "pedos psicológicos". Cuando estábamos juntas no hacíamos más que hablar, horas y horas, sobre todo ella, ja, ja, ja. Y es que Chapi era como una ametralladora, contando cosas de las clases, de su inmensa familia, de los libros que leía...porque mira que a mí me gusta leer pero ella era una devoradora de libros. Y además tenía algo que a mí me sigue dando una envidia enorme, que se acordaba de todo lo que leía. Las dos leímos el Señor de los Anillos, pero sólo ella recordaba cada personaje, cada lugar y te describía algún acontecimiento del libro como si lo acabase de leer. Por eso su vocabulario era tan rico y ella decía cosas tan peculiares como "osculos" cuando quería mandar besos o empleaba expresiones como "¡albricias!" que yo no había escuchado en la vida. Muchos años después del instituto, cuando ya teníamos correo electrónico, nos enviaba al grupo de amigos "la palabra del día" a la que ella estaba suscrita. Porque Chapi era así, especial y auténtica y en Navidad me enviaba una postal de Gandhi y en mi cumpleaños una del Circo del Sol. Realmente era una persona única, como no haya conocido otra y durante años fue una auténtica constante y referencia en mi vida. Yo le contaba absolutamente todo, quién me gustaba (por supuesto), qué me había dicho, qué le había dicho yo....y cuando llegó la universidad y nos tuvimos que separar nos escribíamos cartas inmensas, a pesar de que nos podíamos ver los fines de semana. Tengo que buscar esas cartas porque aunque yo me escribía con más amigas, las suyas eran mis preferidas, no sólo por lo que me contaba sino por cómo lo contaba. Siempre había algo ingenioso o sorprendente y me reía con ellas como si estuviésemos juntas. Es incalculable la cantidad de momentos buenos que hemos compartido incluso a distancia. 

Y ahora me veo hablando de ella en pasado no sólo porque esté contando cosas que ocurrieron hace años sino porque, aunque me cuesta decirlo y escribirlo, Chapi se murió este verano. 

Pero no hablaré de su muerte en esta ocasión, porque hoy toca celebrar. Hoy es su cumpleaños, y habría cumplido 50 años. Así que lo que toca es brindar por esa vida y en especial por todos los años que tuve la suerte de compartir con ella. Toca brindar por Chapi, una persona única y especial, que vivió como quiso, siempre alegre y decidida, observando el mundo con sus ojos de niña y aprendiendo, disfrutando pero sobre todo amando de corazón. Porque si algo la definía, era el amor, incondicional y apasionado que no dudaba en declarar a todos los que tuvimos la suerte de estar en su vida. Chapi me quería infinito, y no porque yo lo mereciese, sino porque ella sólo sabía querer así, a pleno corazón y sin medias tintas. 

La vida nos debe a las dos un café que tenemos pendiente pero, mientras no llega, nada impedirá que brinde hoy por ella y le desee ¡feliz cumpleaños, Chapi!



sábado, 17 de abril de 2021

La cajita de costura

Esta mañana me propuse arreglar una muñeca de ganchillo de mi hija. Es una pequeña Hello Kitty que le había hecho mi suegra hace unos años y que había sufrido un pequeño percance un día que la llevó al cole. Como mi hija me había pedido en más de una ocasión que hiciese algo con ese hilo que sobresalía del brazo de su muñeca, me dispuse a buscar entre mis utensilios de costura alguna herramienta que pudiera ayudarme. Abrí el costurero, saqué la pequeña cajita de paja y busqué en su interior el tubo donde guardo las agujas. Las volqué todas sobre la mesa para comprobar si había alguna de coser lana, una de esas con las que mi madre remataba los jerséis que nos calcetaba. Y no, las había de distintos tamaños, pero no de lana. Mientras elegía una de las más grandes, pensé en la cantidad de años que tendría aquel tubito, al igual que la caja de alfileres que también guardaba en el mismo sitio. Y es que mi madre, cuando me fui a estudiar la carrera, lejos de casa, me había preparado aquel "kit de costura" que básicamente contenía un rollo de hilo blanco, otro negro y otro beis, una caja de alfileres y el tubito de agujas. Ahora me produce ternura recordarlo, imaginar en qué pensaba mi madre al seguir aquel ritual de preparar los elementos imprescindibles de costura y guardármelos en una cajita de paja. Y digo ritual porque mis hermanas mayores se llevaron kits similares cuando se fueron a estudiar fuera de casa. Me resulta gracioso pensar en el razonamiento que le llevó a aquello: "que no les caiga un botón y no puedan volverlo a poner en su sitio porque yo no esté", cuando es más que probable que los fines de semana siguiese pasándole a ella mis botones caídos o cualquier otro pequeño arreglo de costura que pudiese necesitar (lo cierto es que no lo recuerdo). Pero ahora entiendo la cajita de costura, me pongo en el lugar de mi madre, teniendo que vivir una y otra vez ese momento de dejarnos ir, y la imagino preparándonos esas pequeñas cosas que al final le permitirían estar aunque no estuviese. 

También recuerdo haber ido con ella a comprar otros utensilios que me acompañarían en mi nueva casa: un cazo para calentar la leche del desayuno, una taza, una espumadera, una cuchara de madera, unas tijeras....de nuevo los imprescindibles para "estar", para asegurarse de que al menos, llevase la vida que llevase, siempre desayunaría una buena taza de leche. La leche del desayuno, una constante de mi madre, uno de sus imprescindibles para asegurarse de que nuestro día arrancaría bien...ja ja ja ahora lo tengo absolutamente interiorizado, como cerrar las persianas antes de acostarme, revisar todas las luces de la casa o hacer los zumos siempre utilizando dos naranjas. Me encantaría que pudiera verme, poder decirle que sus rituales funcionaron y que la siento en cada uno de ellos; que consiguió hacerlo, seguir presente en las pequeñas cosas, ofrecerme su protección en la distancia, permanecer a mi lado.

Vuelvo de nuevo mi mirada a las agujas y pienso una vez más en ella, en todos los gestos que hizo para intentar protegernos de todo, para estar con nosotras cuando no podía estar. Y me pregunto ahora cuáles serán mis kits para proteger a mis hijos, qué pequeñas piedrecitas meteré en sus bolsillos para que el viento no les lleve cuando sople fuerte.



domingo, 10 de enero de 2021

Recuerdos de mi madre

Hoy me he acordado de mi madre, porque sí, por nada en especial, porque los recuerdos son así, como invitados a los que no esperabas pero que dejas pasar de todas formas.

Estaba haciendo la comida y vinieron a mi cabeza las comidas en casa de mi madre, las comidas normales de un fin de semana cualquiera. Y es que yo estaba haciendo "una comida de madre", friendo filetes empanados y con la sopa de fideos ya hecha. Y la recordé a ella, cocinando también, y pude ver los filetes de ternera, la sartén en la que los hacía, pude sentir el olor del aceite, y hasta casi pude verla con su delantal, haciendo una pila de filetes y dejándolos en la bandeja de metal. 

La echo tremendamente de menos, como siempre, pero hoy en especial, sin saber por qué y porque sí. Acaba de pasar la Navidad y ha sido otra ocasión sin verla. Pero ni siquiera creo que sea eso....es otro día más...tantos días ya...Sólo es uno de esos días en que la siento más y a la vez la añoro más. Uno de esos días en que quisiera llamarla, sólo poder oír su voz una vez más. Y también entrar en su casa a verla y sentirme en casa, sentarme en la cocina a hablar con ella, encender la tele...esas cosas tontas que ahora simplemente no puedo hacer y jamás volverán.

jueves, 15 de octubre de 2020

Y de repente...el otoño

Sí, apareció como siempre, fiel a su cita, a eso del 21 o 22 de septiembre (nunca sé cuándo es) pero lo cierto es que no me lo esperaba. Así que se debió dar cuenta y decidió hacer "un poco de ruido", bajó las temperaturas, se trajo un temporal, y para rematar, catarros para toda la familia. Y con los catarros llegaron los mocos, las toses y finalmente la subida de temperatura en el termómetro, eso que ahora nos da más miedo que el hambre y que nos llevó directamente a la tan temida PCR, esta vez para mi hija. Ya habían pasado por esto compañeros de mis hijos pero no es hasta que te toca a tí cuando lo ves cerca de verdad y te das cuenta de que es real. Y eso que desde el minuto uno sospechaba que era el mismo catarro que habíamos pasado todos y además ella estaba bien, que es lo que me importaba. Pero da igual, piensas "ahí está, ha llegado hasta nuestra casa, hasta nuestra familia". Y es en ese mismo momento en el que sabes que, cuando decías que a ver cuánto aguantan en el cole, que seguro que en breve nos mandan a todos a casa...nunca llegaste a creerlo de verdad. En ese instante supe que repito en alto todas esas frases porque lo lógico es que pase eso, pero que por dentro me niego a admitirlo. Y me doy cuenta de que yo quiero mi normalidad, no esta nueva normalidad. Quiero comentar a la salida del cole que nos vamos a fútbol y que a ver si "éste" no tiene muchos deberes hoy. Quiero preocuparme de si el chándal se seca para mañana porque tienen educación física. Quiero quejarme de que el fin de semana hay partido temprano y que encima nos coincide con un cumple de mi hija. Quiero saber que de lunes a viernes voy a trabajar sola en casa. Y quiero salir a la calle sin mascarilla. Quiero quedar. Quiero cafés y risas. Quiero verle toda la cara a la gente cuando me habla. Quiero abrazos.

Quiero días mejores y peores, pero no quiero días grises. Y eso me parece que es este otoño recién llegado, una sucesión de días grises. Y me parece además, que ha venido sin dejar que se acabase el verano. Y todo es porque no he tenido "mi verano". Sé que al decirlo estoy siendo injusta, con la situación que estamos viviendo y con mis propias expectativas antes de que comenzase, pero lo cierto es que no he tenido un verano de verdad, de los que a mí me gustan. Mi verano es cansarme de días de playa, es familia, es volver a casa y es quedar con unas y otras para cargarme de buenos momentos y cargarme así yo de toda la energía que necesito para pasar el curso después. Y no voy a mentir ni hacer un drama, porque es cierto que ha estado lleno de buenos momentos...pero no ha sido mi verano. Salvo mis quince días de vacaciones, estuve trabajando todo el tiempo en casa con mis hijos. No quise apuntarlos a campamentos como otros años, no pudimos tampoco mandarlos unas semanas con los abuelos como hicimos el año pasado...todo fue igual, sin viajes, sin cenas en terrazas, sin ferias medievales ni llevar a los niños a las atracciones de la alameda... Y aunque en principio hice algunos planes, finalmente no quedé con ninguna de las amigas a las que llevaba tanto tiempo sin ver y me apetecía tanto...porque al final la sombra del Covid lo alcanzó todo y pensé que indispensables, indispensables eran los momentos con mi familia; lo demás, quizás en otro verano, quizás en otra vida. Toca ser prudentes, pienso en la responsabilidad individual de la que tanto hablamos...pero es triste esta distancia social tan prolongada.

Y me resisto, yo no quiero que me invada la tristeza, quiero apartar de mi mente que el coronavirus se está llevando la alegría de nuestras vidas. Así que me tengo que obligar a hacer un ejercicio: si en pleno confinamiento me hubiesen ofrecido (por contrato) un verano así, exactamente el que he tenido ¿lo habría aceptado? pues sí, evidentemente, habría firmado con los ojos cerrados. Desde ese punto de vista, he tenido más de lo que esperaba, casi un verano soñado.

Podría repetir el ejercicio pensando en lo que llevamos de curso: en verano dije que sólo aspiraba a pasar un día entero trabajando sola con los niños en el cole, sin que los devolviesen a casa por riesgo de coronavirus. Y ya llevan un mes. Pero por algún motivo, eso no hace que me sienta eufórica. Ni mucho menos. Y supongo que tampoco es tan raro, al fin y al cabo esto no ha acabado, hay una pandemia mundial, una enfermedad sin tratamiento eficaz ni vacuna. Lo que yo percibo en mí como tristeza, no será más que prudencia y sobre todo incertidumbre. Me pesa "eso" que no ha llegado pero puede llegar, esta espera calma y tensa de no se sabe bien qué.

Y mientras no nos reunimos con los amigos, mientras no celebramos los cumples de nuestros hijos, mientras no hay partidos, carreras populares, conciertos...tendremos que sobrevivir a base de "lo importante es que estamos bien", "al menos por aquí no estamos como en Madrid", "de momento los niños siguen en el cole" y otros clásicos del coronavirus. Mi truco de supervivencia particular es pensar en las cosas buenas que me ha traído este año, como el trabajo, el coche nuevo, que no haya reuniones de trabajo o si las hay, que nadie te suelte dos besos y uno del que he sido consciente últimamente y me encanta: después de unos últimos años en que esto era una locura, este año ¡por fin!, a 15 de octubre...no hay ni rastro de decoración navideña en los centros comerciales. Maravilla. Disfrutemos de Halloween y a ver si la Navidad vuelve a situarse en diciembre, como debe ser. No estaría nada mal para acabar este dichoso 2020.


lunes, 15 de junio de 2020

Diario de una cuarentena. Día 94 y final.

Mañana Galicia será la única comunidad española que entre en la "nueva normalidad", ese nombre que suena a secta o a urbanización de frikis. Así que ya tengo mi final, la fecha que yo quería saber, mi día en que el confinamiento finaliza de forma oficial y pasaremos a... no se sabe bien.
Y pasa ahora como cuando vuelves de vacaciones, que te sientas en tu puesto de trabajo y parece que no te has ido. Ahora parece que el confinamiento es tan solo un recuerdo de algo breve, de un bache, cuando han sido tres meses completos. Que me dicen a mí cuando anunciaron los quince días que iban a ser tres meses y vamos, me tiro por la ventana y eso que vivo en un segundo y sería una estupidez. Menos mal que nos lo fueron dosificando, a veces los políticos aciertan.
Y ahora parece que no ha pasado, que no nos hemos agobiado, que no hemos tenido miedo, que no hemos reído y llorado, que sólo hemos estado en casa. Y es que hasta he olvidado cosas, como si hiciese años del confinamiento o como si nunca hubiera pasado. 
Yo, personalmente, creo que he vivido peor la desescalada, yéndome de la fase en la que estábamos a una anterior y volviendo de nuevo según tuviese el día y sintiéndome como si me quedase sola encerrada mientras el mundo corría alejándose de mí. Ha sido en la desescalada donde he tenido más miedo que nunca y casi he deseado que nos encerrasen otra vez. Pero es que en cierta manera es normal, porque llegó un punto en el que al menos el confinamiento era lo conocido, lo seguro, ya era nuestra zona de confort y salir de nuevo al mundo real parecía como asomarse al abismo.
Pero llegó un día en que decidimos que había que avanzar y nos fuimos a comer a la finca de los abuelos. El tiempo era buenísimo y nietos y abuelos no podían estar más felices de reencontrarse por fin, aunque fuese a más distancia de la que les gustaría y con mascarilla. Comimos, corrieron, jugamos y disfrutamos del sol y del aire libre. Como hacía tanto calor y aun no estaba instalada la piscina, en un momento dado mi marido cogió la manguera y se puso a mojar a los niños. Tengo grabada la imagen de mis hijos corriendo bajo el chorro de agua, riendo y gritando sin parar; grabada en mi cabeza, que si la hubiese grabado con el teléfono me la habría perdido. Era imposible mirarlos y no contagiarse de sus risas y su felicidad. Y en ese momento lo supe, supe que así debíamos afrontar esa fase y lo que viniese, como niños, disfrutando el momento, el aquí y ahora y sin miedo a lo que está por venir. Porque no se puede vivir con miedo. El miedo nos inmoviliza, nos ahoga y en definitiva, no nos deja vivir. Y creo que estamos siendo prudentes, que estamos tomando las medidas que están a nuestro alcance para protegernos pero tenemos que seguir viviendo, no queda otra. Del mismo modo que sabemos que un coche nos puede atropellar en la calle, pero no por eso dejamos de salir y simplemente miramos a ambos lados antes de cruzar; igual que sabemos que un avión se puede caer pero no por eso nos quedamos sin hacer ese viaje que nos apetece...creo que debemos actuar igual con el coronavirus, tenemos que tenerlo presente, ser prudentes, pero seguir viviendo. Y que conste que lo digo para convencerme a mi misma en primer lugar, porque cuesta superar el miedo, sobre todo cuando el miedo es a algo todavía tan desconocido. Y además cuesta cuando aun estamos cargando con las secuelas de todo esto, aun trabajando con los niños en casa (y lo que nos queda) y en mi caso, arrastrando esta última semana de desescalada (aunque fuese en fase 3) un cansancio inmenso. Creo que era un cansancio más mental que físico, que me impedía quedarme dormida de inmediato por las noches pero me tenía dormida todo el día. Un cansancio que me tuvo hasta cabreada, seria, melancólica...pero menos mal que cogimos por los cuernos la fase 3 y, esta vez sí, nos subimos al carro de la desescalada para hacer lo que personalmente a mí más me aportaba de esta fase, poder ir por fin a Pontevedra. Así que ayer fuimos y pude estar por fin con una de mis hermanas. Y eso sí que me cambió el día, la semana y la vida. Porque hoy estoy eufórica, he tenido fuerzas hasta para cambiar toda la ropa del armario de mi hija y ya me he puesto en modo fin de curso, que es lo que toca esta semana. Porque vernos por fin (aunque no nos hayamos podido juntar las tres) ha sido como celebrar que hemos sobrevivido una vez más y que en la vida realmente da igual lo que nos pase, siempre que al final podamos seguir teniéndonos unas a otras y disfrutando de una comida juntas. 
Cuando casi nos íbamos a ir de casa de mi hermana, estaba atardeciendo, miré hacia la ventana y recordé las puestas de sol en casa de mi madre, con unas vistas muy parecidas, también con la isla de Tambo al fondo. Pensé que seguro que ella se alegraba de que estuviésemos juntas y bien al final de todo esto. Al llegar a Coruña el cielo teñido de rojos, naranjas y rosas que nos recibió a la vuelta me hizo pensar en ella de nuevo y sentí que todo va a salir bien. Sólo hay que seguir viviendo y vivir sin miedo.