sábado, 9 de marzo de 2013

Tener un hijo.

Mi prima está a punto de tener a su primer hijo, dentro de poquito, probablemente antes de que acabe el mes.

Últimamente he hablado más con ella, por aquello de confirmar que sigue todo bien e, inevitablemente, he recordado muchas cosas de mi propio embarazo.
Recuerdo perfectamente el estado de incertidumbre: no sabes qué va a pasar, no sabes cuándó, no sabes cómo va a ser... y repasas muchas veces algo que no ha pasado aun, como si planificarlo en tu cabeza fuese a servir de algo. Lo primero que piensas es en el niño, en que nazca bien, pero también en tí, en no tener mucho dolor, en "saber" parir, en no descontrolarte... Y a pesar de eso yo estaba tranquila; había pasado ya casi todo un embarazo estupendo y confiaba en que todo siguiese así hasta el final.
Lo más extraño es que, ni a esas alturas, podía imaginar lo que sería tener un hijo. A mí me sorprenden mucho esas mujeres que se sienten madres desde el primer momento. Yo me quedé embarazada después de bastante tiempo intentándolo y, aun así, aunque era algo que deseaba de verdad, cuando lo conseguí sentí mucha alegría, claro, pero no me sentí madre. Y también me sentí muy preocupada, en el primer trimestre afloraron todos los miedos posibles, miedos que ni sabes que tienes y que te hacen pensar que el embarazo va a ser algo insufrible. A tu alrededor la gente no para de llamarte "mamá", de tocar una barriga que aun no tienes y de hacer preguntas para mí sin sentido, como si quieres que sea niño o niña. Quieres que viva, que llegue al final del embarazo y nazca sano, eso es lo que quieres.  
Por suerte ese estado desapareció pronto y pasé a otro del que no me despegué ya hasta el parto, la felicidad pura y dura. A medida que mi barriga crecía, mi alegría lo hacía también. La ausencia de problemas, sin mareos ni nauseas, ni nada parecido y el poder comer de todo (por una vez en la vida) creo que ayudaron bastante. Y aun así, no, no me sentí madre.
Y llegué al parto tranquila y todo fue estupendo y cuando vi al niño por primera vez sentí esa indescriptible sensación que experimentas cuando conoces a tu hijo por primera vez; es extraño, porque no es como lo imaginabas, y porque es la primera vez que alguien ve a esa personita en su vida y ese alguien eres tú. Mi marido y yo no hablábamos casi, sólo me tenía cogida la mano, fuerte, mientras mirábamos al niño, al que sostenía sobre mí con la otra mano. Es tan emocionante y tan extraño que no se parece a nada de lo que hayas pasado en tu vida. Estás conociendo a tu hijo por primera vez.
Y a partir de ahí todo cambia, tu vida da vueltas y todo tiene un nuevo sentido; porque no importa que hasta ahí (38 años en mi caso) hayas sido hija, hermana, novia, mujer, tía, ingeniera.... ahora eres la madre de alguien y eso no tiene comparación con nada. Lo quieres tanto y tienes tantas ganas de que todo le salga bien en la vida que te gustaría protegerlo de todo y que no derramase una sola lágrima en su vida. Y no es más que un bebé desprotegido y frágil, no sabe ni quién eres, pero es quién ha dado y dará sentido al resto de tu vida.
No sé si me sentí madre en ese momento. No sé si fue cuando lo vi reir por primera vez. No sé si fue esa primera vez que te das cuenta que él te mira diferente, como si de repente "te conociese" y por primera vez se diese cuenta de quién eres. No sé si fue la primera vez que empezó a tocarme la cara con sus manitas.... la primera vez que dijo "mamá" sabiendo lo que decía, la primera vez que me dio un beso...son tantas cosas... que nunca quise contarle a mi prima lo maravilloso y lo increíble que era tener un hijo, por si ella no lo tenía y también porque era imposible explicarle que cuando tienes un hijo experimentas este amor tan indefinible y tan inmenso.

Hoy es el cumpleaños de mi prima y, sin duda, el mejor regalo está por llegar.

jueves, 21 de febrero de 2013

Dejar de jugar

Últimamente mi hijo, de tan sólo dos años, me está volviendo loca en el mal sentido de la palabra.
Todas las mañanas le dan ataques de risa mientras yo intento vestirlo y aguantar a la vez mi risa; después no quiere ir a lavarse los dientes y peinarse y se pone a jugar a esconderse y salir, de nuevo muerto de la risa; cuando ya está listo, echa a correr para que no le ponga la cazadora.... y con todos esos tiempos de espera, de tira y afloja, de mantenerme firme pero no agresiva, comprensiva pero no permisiva... pienso en su educación, en lo que debo hacer para que se convierta en el niño y más tarde en el adulto que quiero que sea y, como todas las madres del mundo (al menos las buenas) me planteo si lo estoy haciendo bien y me siento culpable (odio esa palabra) por las veces que sé que no lo hago.
Cuando por fin lo dejo en la guardería, agotada ya mentalmente, intento respirar, serenarme y me pongo a pensar en cómo funciona su pequeña cabecita y en por qué le divierte tanto sacarme de quicio. Y lo peor es que lo entiendo perfectamente. Entiendo que todo momento le parezca un buen momento para jugar, que cada ocasión en que estamos juntos la aproveche para partirse de risa y hasta que busque que al final yo le coja por la mano y lo lleve corriendo de su habitación al baño ¡es que es divertido correr por la casa de la mano de mamá! Y lo peor es que, a mis cuarenta años, a mí me encanta jugar y los ataques de risa son mi especialidad; así que por las tardes, cuando no tenemos que llegar al cole ni hacer las cosas corriendo, cantamos juntos, aplaudimos, jugamos, nos escondemos el uno del otro y nos entregamos sin reparos a los ataques de risa espontáneos, que son los mejores, los de reir por reir, por el simple gusto de entregarnos a la felicidad pura y dura.
Así que, al final, ¿qué tenemos que hacer para educar, acotar la diversión, reducir los juegos y las risas? Pues a veces sí, claro que sí ¿qué pasaría si les dejásemos jugar todo lo que quieren?... Quiero pensar que no serían más felices, sólo acabarían más cansados al final del día y sin haber comido bien ni haberse cambiado el pañal. Pero algo dentro de mí se entristece un poquito cuando comprende que crecer, A LO MEJOR, es eso, es dejar de jugar y de reírte por nada. Para que después, de mayor, te digan que te estresas, que eso es malísimo y que tienes que recuperar al niño que llevas dentro, "jugar" con tu pareja para que no os coma la rutina e ir a risoterapia para encauzar tu vida.¿A qué estamos jugando?

martes, 19 de febrero de 2013

Amor

Hoy cuando dejé a mi hijo en la cama, se tumbó boca abajo, como siempre hace, poniendo el culo "en pompa", pero antes de entregarse al chupete como si se lo fuésemos a prohibir, se volvió con esa cara de pillo que me vuelve loca y dijo: "mamá, te quiero mucho". 
Era la primera vez que me lo decía. No hay palabras.

lunes, 4 de febrero de 2013

Día mundial contra el cáncer

En un día como hoy, no podía dejar de hablar de mi madre; de su lucha, que fue la nuestra.

Cuando mi hermana me dijo por teléfono "mamá tiene cáncer" quise gritar, quise correr, escapar de todo lo que se nos venía encima, quise irme lejos, tan lejos como pudiera, a un lugar donde aquello no pudiese cogerme. No, no, no, no, no puede ser. Me sentía como si nos hubiesen metido en una "categoría" a la que no perteneciésemos. Mi madre no es una enferma de cáncer. No puede ser.No puede ser.
Pero no hice nada de eso. Gritar no soluciona nada, tus gritos nunca pueden ahogar lo que acabas de oir. ¿Correr? ¿A qué lugar podría ir para olvidar lo que le estaba pasando a mi madre? Mi hermana, la que me estaba dando la noticia, no había escapado, estaba con ella, afrontaba lo que estaba pasando y, para colmo, nos lo tenía que contar a los demás. Mi madre tampoco podría escapar de aquello, aunque quisiera. No podíamos dejarla sola.
Además ¿cómo se sentiría ella? ¿cómo llorar si ella no lo hacía? ¿cómo pedirle que no se fuera, que no me dejase? No iba a hacer nada de eso. Mi madre iba a enfrentarse a aquello como todo lo que ha hecho siempre en su vida, sin flaquear, con FUERZA, con una fuerza que nos había enseñado en no pocas ocasiones y que, por genética o ejemplo, nos había transmitido a las tres. Teníamos que estar a la altura. 

El pronóstico inicial era que aquello era el final, que se iba a morir. Un tumor en el colon, metástasis en no sé cuántos órganos vitales.... de repente entras en un lenguaje nuevo, extraño hasta entonces y que, de la noche a la mañana, pasa a ser cotidiano.
No quiero saber más. Qué bien no ser médico como mis hermanas. Qué bien saber sólo lo que pasa (a medias) y no todo lo que podría pasar. No necesito los detalles, si no pueden decirme cuánto le queda, cuánto nos queda, lo demás me da igual. Ya lo iré viendo.

Y después de la conversación, de mis preguntas y sus respuestas, de mis preguntas sin respuesta.... Colgar. Llorar. Llorar como nunca. Por la injusticia. Por el dolor. Por la pérdida futura. Por el miedo a lo desconocido. Por la niña que fui y que no podía vivir sin mamá. 
Entonces llegó el mensaje de mi otra hermana, un "PODREMOS"  como una casa, tan fuerte que casi podía oirla gritándomelo, pero que yo no pude creer en ese momento. Sinceramente, pensé que YO no iba a poder con aquello, no en ese momento.

Y a partir de ahí, supongo que la historia fue como tantas otras. Como tantos miles y millones. La operación, la quimioterapia en pastillas, la quimioterapia inyectada, la quimio que ya no va, metástasis en la columna, radioterapia, metástasis en la cabeza..... ¿por qué es tan agresivo? ¿por qué todo va tan rápido?
Pero también fue VIDA, mucha vida que aun nos quedaba juntas. Porque cuando eliges no escapar, no huir de la lucha que se avecina, eliges vivir. Mi padre eligió la cobardía, por ejemplo. Eligió no enterarse de lo que estaba pasando. Eligió no compadecerse de su deterioro. Eligió no acompañarla a los tratamientos... Eligió perderla antes de que ella se muriese.
Por eso no me da envidia, me da pena. Porque nosotras elegimos lucha, lucha durísima, apretando los dientes y llorando hasta cuando no quieres o no debes, pero lucha. Elegimos vivir y vivir hasta el último de los momentos que viviese mi madre. Elegimos ESPERANZA a pesar del diagnóstico que acabó cumpliéndose. Elegimos ENTREGA para poder devolverle a mi madre una pequeñísima parte de lo que ella siempre nos había dado. Elegimos AMOR. Tanto como nunca llegaste a imaginar. Tanto que lo haces todo, todo lo que puedes, lo que esté en tu mano, pequeño o grande, por verla sonreir, por que no se sienta sola, porque así sepa que su dolor es el tuyo. Tanto, que haces cosas que tú misma piensas que no harías jamás. Supongo que hay cosas que sólo se hacen por una madre o por un hijo. Y descubres que el cuidarla no es una obligación sino un regalo. Que al dar, eres tú la que recibes, aunque suene a tópico.
No sé si esto nos pasaba a nosotras porque mi madre era una buenísma enferma. Nunca se quejaba, aunque eso llegó a ser un inconveniente: necesitábamos saber cómo se encontraba en realidad. Agradecía hasta el menor de los cuidados, que le sirvieses un yogur de la nevera, cosas así... Y cuando las cosas funcionaron, porque también hubo remontadas y buenísimos momentos, ella era la primera en venirse arriba y arrastrarnos a todos en "el subidón".

Fue durísimo luchar. Fue durísimo saber que, detrás de su buen aspecto, la vida se le iba. Fueron muchos los momentos en que dije "no puedo con esto". Y pudimos. Ya lo dijo mi hermana. Luchamos. VIVIMOS. Y la lucha fue dura y la vida preciosa, intensa como nunca. Y lo duro no fue vivir, fue tener que dejar de luchar.

En este día, muchísmo ánimo y cariño a los que siguen luchando. Quién pudiera....

martes, 15 de enero de 2013

Prueba superada

También podría haberlo titulado "yo sobreviví a la Navidad".

Casi desde que murió mi madre sabíamos que, superado el bache inicial, la próxima prueba sería la Navidad. Desde que acaba el verano es la siguiente ocasión en la que volvemos a reunirnos y sería entonces cuando volveríamos a notar con más dureza la ausencia de mi madre. Creo que no me equivoco si afirmo que la peor parte, en ese sentido, se la lleva mi hermana mayor; al vivir en Madrid no tiene la oportunidad de ir haciendo visitas cortas a Pontevedra y a casa de mis padres, como hago yo. De hecho, a medida que se acercaba la Navidad, vivía cada vez con más angustia su llegada inminente y, aunque yo intentaba animarla asegurándole que no sería tan malo, tampoco estaba convencida del todo.
Lo que sí sabíamos es que, como para las tres nuestros hijos están por encima de todo, teníamos que "construir" la mejor Navidad para ellos, como hacemos siempre y como a su vez mi madre hizo con nosotros. Yo no soy demasiado fan de estas fechas, pero sí es cierto que recuerdo las navidades de mi infancia con muchísimo cariño y alegría. Puede que alrededor hubiese problemas, a veces muy graves, pero siempre hubo árbol y portal de Belén, siempre risas y luces, siempre dulces, adornos, cabalgata y Reyes estupendos; la vida nunca pudo con las Navidades de cuando éramos niños. Así que, una vez más, mi madre nos marcaba el camino a seguir.
La sorpresa fue que no sólo conseguimos hacerlo tal y como teníamos previsto (todo por los niños) sino que casi al momento de volver a estar juntas las tres hermanas, comenzamos a sentirnos muy a gusto, mucho mejor que estos últimos meses. En los instantes previos a la cena de fin de año unas punzadas en el estómago me recordaban que mi madre no se sentaría a la mesa y, sin embargo, después de las campanadas estalló la alegría. Y, a continuación, las pelucas y las narices de payaso del cotillón hicieron el resto. No sólo tuvimos Navidad, sino que tuvimos una buena Navidad.
No creo mucho en algunas expresiones como "el espíritu navideño" o "la magia de la Navidad" y cosas por el estilo, pero sí creo en la fuerza que genera el amor y las personas a las que quieres de verdad. Y resulta que cuando te reunes con gente a la que quieres de verdad, todo eso fluye de tal manera que sí se crea magia y esa magia consigue que traigamos de vuelta a mi madre y que casi podamos verla sonriendo orgullosa y pletórica al verse rodeada de sus nietos una vez más. Porque si mi madre fue siempre una madraza, poniéndonos como prioridad absoluta de su vida, también fue una "abuelaza" de esas que piensan que sus nietos son los más guapos, los más listos, los más graciosos.... y se hinchan como un pavo cuando los miran.
Sentí a mi madre más que nunca. Disfruté del placer indescriptible de compartir espacios tan suyos como su habitación (que ahora es la nuestra) e incluso su armario, en el que aún está colgada su ropa. Esparcí su perfume por la casa para evocar esa sensación que sólo el olfato te puede brindar, por estar tan unido a los recuerdos. Casi pude verla sentada en la cocina, compartiendo concursos televisivos con mis sobrinos. Y me sentí de nuevo afortunada y agradecida por haberla tenido y por seguir sintiendo que la fuerza que ella nos daba no ha desaparecido.


domingo, 13 de enero de 2013

Mi homenaje

El día del funeral de mi madre leí el texto que figura a continuación. La motivación para escribirlo era absolutamente personal e íntima pero no puedo expresar lo que sentí al leerlo delante de tanta gente y así hacerlo público. Sólo puedo decir que algo más fuerte que yo me decía que tenía que hacerlo, que debía contar bien alto quién era mi madre, que debía de "hacer justicia", hacer que, al menos una vez, al menos al morir, ella fuera la protagonista.
Me resulta difícil expresar lo increiblemente bien que me sentí al leerlo pero, si hay momentos que justifican una vida entera, este fue uno de ellos.
Este fue mi pequeño homenaje:

"Mi madre era una madre de las de antes, de las que se casaban para toda la vida y la dedicaban por entero a cuidar de su casa, su marido y sus hijos. Era una época en la que no se estilaba hacer otra cosa pero creo que, a toro pasado, no habría cambiado ni un solo día de esa vida por una carrera profesional brillante. Era una madre vocacional.
Mi madre era una madre de las de antes, de las que decía que no molestásemos a papá porque trabajaba mucho pero nunca reivindicaba su propio trabajo y esfuerzo. Tuvo tres hijos en menos de tres años y después llegué yo, así que fue todo un relajo criarme a mí sola cuando los otros tres ya estaban creciditos.
Yo he tenido la enorme suerte de tener un hijo antes de que mi madre se fuese. Así he podido “redescubrirla”: he podido saber que era cierto cuando me decía “no habrá nadie que te quiera como yo”; he podido preguntarle cómo se las arreglaba con cuatro niños, en la Caeira, sin coche ni carnet, cuando yo me agotaba con uno; he podido confirmar que mi llegada fue un regalo para ella: Mara tenía cinco años así que se dio el gustazo de disfrutar mucho de mí. Hubo gente que le dijo que me mimaba demasiado, que se notaba que era “hija de padres viejos”, pero ella me dio todo el amor que quiso, sin contestarles ni cambiar su actitud. Así que yo le debo a mi madre mucho de lo que soy, mi carácter, mi personalidad y mi seguridad. Sentirme tan querida desde que nací sólo me ha facilitado la vida.
Mi madre era una madre de las de antes.
Mi madre era una madre de las buenas, de las que a veces te decía lo que debías hacer pero nunca te impedía que hicieses lo contrario. Yo siempre me sentí libre de escoger mi vida y, si dudaba, no tenía que acudir a sus palabras, sino a su vida. Su ejemplo ha sido siempre la mejor escuela para mis hermanos y para mí.
Siempre pensó primero en nosotros, en mi padre, mis hermanos y yo antes que en ella. Ni siquiera en este último año conseguimos que, alguna vez, dijese qué quería hacer ella; su respuesta siempre fue la misma: “a mí me da igual, lo que queráis”.
Mi madre nunca flaqueó ni se rindió, en ninguna circunstancia, ni en la enfermedad que se la llevó. Nunca se quejó, ella nunca tenía dolor ni quería nada y siempre, siempre, siempre agradeció el cuidado y el cariño.
Mi madre quería a sus hijos más que a nada en el mundo; se sentía orgullosa de todos en cualquier circunstancia y lo dio todo, sus fuerzas, su vida y su corazón por salvar a mi hermano. Nunca dejó de quererlo, nunca le dio la espalda, nunca tiró la toalla y siempre confió en él, en que saldría adelante. Y lo consiguió, recuperó a Carlos, al Carlos que siempre debería haber sido. Pero nunca se apuntó el tanto, nunca dijo “yo que lo curé”, “yo que estuve ahí”… al contrario, le dio todo el mérito a él y se lo hizo saber. Cuando Carlos se operó del corazón celebramos la Navidad y Carlos le dijo a mi madre “pensé que no llegaría a tener Navidad”. Ella le dijo “todo depende de ti, tendrás tantas Navidades como desees”.
Por desgracia se equivocó.
No imagino el dolor, aunque pude verlo. Sé con certeza que fue la muerte de Carlos lo que comenzó a matarla y no su enfermedad.
Pero entonces, COMO SIEMPRE, mi madre no se permitió a sí misma caerse, así que apretó los dientes, sacó toda su fuerza y se ocupó de nosotras tres. No se derrumbó delante de nosotras, no pataleó ni gritó, no mostró su corazón destrozado… esa misma noche se puso a hacer café con leche para todos.
ASÍ FUE SIEMPRE MI MADRE.
Podría seguir hablando de ella horas y todo lo que os contaría sería bueno. Pero estoy segura de que, los que estáis acompañándonos estos días podríais contarme a mí otras historias similares.
Así que por eso NO HAY CONSUELO, porque la vida no será la misma sin ella.
La vida que conocíamos se ha acabado. Pero hay futuro, porque tenemos hijos pero, sobre todo, porque la madre que tuvimos no nos permitiría otra cosa.
Así que tiraremos de pasado para construir ese futuro. Y PODREMOS, COMO SIEMPRE, como ella haría.
Me gusta pensar que ella está feliz, que está tranquila, sin dolor y que sonríe, COMO SIEMPRE; e incluso me encanta pensar que se ríe a carcajadas, porque Carlos está con ella.
Siempre imaginé una vida mejor para mi madre y no porque la suya fuese mala sino porque creo que todo era poco para ella.
También imaginé un final mejor, dentro de muchos años.
Me gusta imaginar que se ha ido como dice la canción de Amaral:

El día que yo me muera
me tumbaré sobre la arena
y que me lleve lejos cuando suba la marea

Sólo me queda, por último, dar gracias, en mi nombre y en el de toda mi familia.
GRACIAS a los que estáis pero, sobre todo, a los que también estuvisteis estos últimos meses.
GRACIAS a mis hermanas, por cuidarla, por quererla tanto, por el cariño, la entrega y por la alegría y las risas, SIEMPRE, en las peores circunstancias.
GRACIAS a Mara por dar su vida.
GRACIAS a todos, DE VERDAD.
Y GRACIAS. MAMÁ, POR ENSEÑARME LO QUE YO DEBO SER PARA MI HIJO."

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Una vida y tres muertes

Yo no quería que esta fuese la dirección de mi blog, pero "comolavidamisma.blogspot.com" ya existía, y tuve que probar con cosas menos convencionales hasta llegar a esta.

De todos modos, el nombre tiene una razón de ser y la voy a explicar.

En mi vida ha habido tres muertes más o menos recientes que me han marcado y son, por orden cronológico (que no de importancia), la de mi hermano, la de mi perro y la de mi madre. Sé que meter al perro por el medio puede parecer una ofensa para las otras dos o que soy una friki, pero no pongo las tres muertes a la misma altura ni mucho menos. Nunca traté a mi perro como un amigo o una persona, sabía que era una mascota, un perro. Pero sólo quien ha tenido perro y, sobre todo, sólo quien ha pasado por su muerte, sabe la tristeza extrema que supone y el vacío que te deja. Cuando tienes un perro sabes que lo normal, e incluso lo deseable, es que muera antes que tú, pero cuando llega el momento es realmente difícil de llevar. Además, siempre pasas por un período más o menos largo de enfermedad en el que ves cómo se va deteriorando, cómo se te va yendo y cómo se ha convertido en un viejito ese animal que hace dos días era tu cachorrito. De verdad que la muerte de tu perro es de una tristeza infinita.

Pero yo había pasado por la muerte repentina de mi hermano (con 36 años) seis años antes, así que pensé que, después de eso, cualquier otra cosa me resultaría "ligerita". Me equivocaba. Si algo me han aportado las muertes y demás desgracias ocurridas en mi vida es que nada te hace insensible al dolor, más bien al contrario. Una muerte tan dramática no te aporta ningún "beneficio" para todo lo que te pueda venir, no te dan un "bono" para las siguientes en plan "vale por tres meses de duelo de la siguiente muerte de un familiar". Ahora, al morir mi madre, la desgracia me la comí (o me la estoy comiendo) enterita, sin descuentos, sin bonos, sin medias tintas; ni saber durante meses que se iba a morir ha restado una gotita de dolor a su pérdida; ni haber pasado por la muerte de mi hermano y "haber sobrevivido" me resta un sólo momento de angustia. No se puede perder a una madre y no sufrir.

Lo peor de que mueran personas a las que quieres tanto es la ausencia, ese "nunca más", ese vacío, esa soledad y esa sensación de bofetada, de pesadilla de la que nunca despiertas, de desconcierto... continuamente viene a mi cabeza la frase "¿quién me ha robado el mes de Abril?" Tu vida se tambalea por completo, se va cayendo a pedazos y todo lo que te ocurre, porque inexplicablemente sigues viva, se difumina como si pasases por encima de toda tu vida un plastidecor blanco.

Pero soy terriblemente optimista, a pesar de todo y, aunque a veces me cueste creerlo, sé que esto también pasará, que llegarán días en que no llore tanto, que volveré a reirme con ganas, que dejará de encogérseme el estómago con algunos recuerdos, que los días 10 de cada mes volverán a ser un día cualquiera...
La muerte de mi madre no ha tenido nada que ver con la de mi hermano. En nada, ni por la edad, ni por la relación, ni por el proceso. Lo de mi hermano fue de un día para otro, siempre pienso que murió en un segundo, de manera fulminante. Una llamada de madrugada y mi vida cambió para siempre.
Mi madre se empezó a encontrar muy mal un buen día (aunque llevaba meses así sin decirlo) y resulta que tenía un cáncer que ya no podía curarse. El golpe fue brutal, no puedo olvidar el momento en que me lo dijo mi hermana.... Pero seguía aquí, viva y luchando como una fiera, así que no podíamos hundirnos nosotras, teníamos que esta a la altura; a su altura. Fue durísimo acompañarla en todo el camino, saber que cada triunfo era pasajero y que el final no lo podríamos cambiar, pero el proceso fue extraordinario, emocionante y hasta bonito. Bueno, bonito como una montaña rusa, claro. Vivimos la vida en estado puro, con batallas ganadas que celebrábamos como locas y otras perdidas que nos volvían a la realidad y sólo al final, muy al final, tuvimos que rendirnos, tuvimos que dejar que se fuese, pero sólo cuando su cuerpo también se rindió.
Cuatro días antes de morir mi madre fue mi cumpleaños. Cumplí 40 años. Había estado el día anterior con mi madre y su estado ya era terrible pero, a pesar de eso, se puso al teléfono y me habló con una voz y una fuerza que no sé de dónde la sacaba y me deseó "muchas muchas felicidades, tantas como tú te mereces". Fue la última vez que oí su voz.
Todas las muertes, todas las desgracias, no te restan ni un poquito de dolor cuando vuelve a morir un ser querido, pero al menos esta vez pude hacer algo muy bueno: valoré cada minuto que pasé cerca de mi madre precisamente por saber que no se repetiría, hablé con ella de todas las cosas que quise saber por si algún día me quedaba sin respuestas y construí (junto a mis hermanas) recuerdos estupendos para guardarlos y poder aferrarme a ellos cuando mi madre no estuviese. Ahora, cuando me siento muy mal, abro una de esas "cajitas", uno de esos recuerdos únicos que puedo contemplar y casi tocar y, cuando lo hago, me siento viva y pienso que, lejos de ser una desgraciada, soy la persona más afortunada del mundo por haber vivido algo tan intenso.