jueves, 4 de diciembre de 2014

¿Dónde está mi verano?

Que sí, que ya sé que estamos en Diciembre, pero no quería dejar de hablar de este verano... que fue tan peculiar.
Este fue el primer verano que he pasado sin pisar la casa de mis padres en toda mi vida... y tengo 42 años. Ya había pasado la Navidad igual, pero no por repetir me costaba menos la experiencia. Y además tenía algo a favor, que no nos íbamos a un hotel, sino a un piso, a una casa de verdad y para pasar, nada más y nada menos que todo el mes de agosto.
Yo echo mucho de menos Pontevedra y pasar tiempo con mi familia y amigos de toda la vida, así que el mes de agosto organizado así era un regalazo para mí que, por si fuera poco, estoy de cumpleaños ese mes.
Pero claro, se hace raro, no hay remedio. Un piso estupendo, pegado a la casa de mi hermana... pero extraño; no es mío, no es la casa de mi madre.
Y el tiempo, que no es que ayudase ni mucho menos, porque en los diez primeros días de agosto pudimos ir a la playa sólo tres y el resto no paraba de llover. Y ahí me veía yo, con mi familia en una casa extraña, viendo llover y preguntándome qué hacía yo ahí y dónde estaba "mi verano de verdad", el de siempre. Y sólo los momentos con mis hermanas y sus familias me salvaban y me traían algo de cordura en ese mundo "raro", pero todo se me hacía cuesta arriba..
Y es que por mucho empeño que le pusiese y por mucho que me animase a mí misma recordándome que por fin iba a pasar un mes entero en Pontevedra, no ver a mi madre se me hacía más duro y más extraño que nunca. Era como si en mi cabeza no pudiese asumir su muerte y pensase que simplemente no la veía por no poder ir a su casa. Y pasaban los días y yo sin ver a mi madre, como si la tuviesen retenida en su casa y no nos dejasen visitarla. Sé que contado así parece estúpido pero en mi cabeza la desaparición de mi madre y el no poder pisar su casa, se juntaban de esa manera. Y es que además, asumir la pérdida al 100%, lo irreversible de la muerte de mi madre... pues como que no, que se me hace imposible.
Para completar el cuadro de alegrías y cosas buenas para poner en la lista en el lado positivo, por primera vez en muchos años pude volver a estar todos los días de toros con mi peña; y me recibieron como locas (es que lo son) y me sentí muy feliz y sobre todo muy querida, algo que me hace mucha falta por las "heridas de guerra" que ya llevo encima. Pero es que hasta a eso le costó arrancar, porque el primer día también fue raro, sin apenas gente y jolgorio por la calle y encima me fui, dejando medio sin organizar a mis hijos y mi marido en una casa desconocida y con la niña extrañando todo y a todos. Ufff, me pongo nerviosa al recordarlo. Pero bueno, al final me cundió, vaya si me cundió, los cuatro dias de juerga pontevedresa auténtica sacan del letargo al más pintado. Menos mal.

Y de igual modo, el verano, o al menos algo de buen tiempo también llegó finalmente. Y así pude disfrutar por fin de la playa, de NUESTRA PLAYA.
Mi marido nunca ha podido entender por qué siempre vamos a la misma playa, cuando ni siquiera es la mejor y Pontevedra tiene tantas y tan buenas. La verdad es que siempre le di motivos relacionados con la comodidad de tener restaurante y aseos en condiciones para los niños, o conocidos a los que nos gustaba ver.... pero este verano más que nunca necesitaba repetir y repetir mi playa hasta aburrirme. Porque cuando vas perdiendo tanto, una y otra vez y a tantos, y pierdes referencias importantes como la casa de tus padres, tus recuerdos, tus cosas....necesitas más que nunca algo que sientas como tuyo de verdad. Y me encanta el mar, y la playa, en cualquier versión, hasta las que tienen rocas y piedras incómodas...pero necesitaba mi playa, necesitaba aferrarme a algo mío.

Y al sentarme por fin frente al mar, en mi playa, me sentí bien, sencillamente bien. Y me reconcilié con la vida. Y me reconcilié conmigo misma, con todo lo que llevo encima y a veces me pesa, pero también con mi felicidad y mi fuerza, y con mis niños, que me provocan tanto amor y tan auténtico. Y la playa y el mar me trajeron a mi madre, sentada como tantas veces, en su silla bajo la sombrilla, mirando también el brillo del sol en el mar y sintiéndose tan feliz como yo en ese momento. Porque hasta en los peores momentos, mi madre quiso que la llevásemos a la playa, a ver el mar, y por eso allí la recuerdo tan plena. Y la playa también me trae a mi hermano, en la orilla, pateando las olas como un niño grande, tal y como lo vi por última vez. Y así cargo pilas y respiro fuerte, como si nunca antes hubiese sido consciente de que podía hacerlo. Y me siento con ganas de seguir viviendo, feliz y con energía para afrontar todo lo que venga, porque seguro que vendrán más cosas, la vida es así.

Y como un mes es tan largo y tiene tantos días, pues resulta que alguno de ellos te llegan noticias "del otro lado", de esa parte oscura de la vida y de la familia que quieres olvidar. Y la verdad es que venían de gente muy bien intencionada, de amigos de toda una vida que, no pudiendo entender como un viudo y sus hijas y nietos no tienen relación alguna, no pueden ni quieren quedarse de brazos cruzados e intentan un acercamiento. Pero no es posible un acercamiento a un padre que nunca nos ha querido y que nos ve como amenazas (no sé de qué), como gente que le ha hecho mucho daño (¿?¿?), como personas que le quieren por su dinero (¿qué dinero?). En fin...
Y lo peor es que toda esa información, repito, que nos llega con la mejor de las intenciones, nos hace mucho daño a las tres y nos revuelve el corazón y las tripas. Porque nos trae a nuestra vida una realidad que tratamos de olvidar cada día, simplemente para poder seguir adelante con nuestras vidas, simplemente por salud mental. Y entonces, conseguir algo tan simple como estar tranquilas se hace más y más difícil, porque te sientes observada y porque siempre hay alguien que te pregunta "¿qué te pasa con tu padre?"; y te ves de nuevo dando explicaciones, como defendiéndote ante un jurado y analizando situaciones que a nadie le importan. Y tienes que contar que no has tenido una relación buena nunca, que simplemente no ha existido, ni buena ni mala, pero que no queremos nada de mi padre, NADA, ni hacerle daño, ni molestarle, ni dinero, ni herencia, ni ninguna mierda parecida.... sólo queremos seguir con nuestra vida. Y de puro simple, parece que la explicación no convence. Así que algo oscuro queda flotando en el aire y nos persigue un tufillo a conspiración contra el pobre anciano que no nos sacamos de encima.
Así que, con la oportunidad que me doy a mí misma con la publicación de mi blog, lo diré una vez más y por escrito: no me ha pasado nada con mi padre que haya provocado que no pueda pisar su casa y que no haya querido conocer a su última nieta; pero no pasa nada, no quiero nada, de nada; por querer, no quiero ni las cosas que tengo en esa casa. Tener que volver a pisar esa casa y ver a mi padre sería un precio demasiado alto a pagar para recuperar mis cosas. Nada material tiene tanto valor como el desasosiego infinito que me provocaría la visita.
Y ¿qué quiero? VIVIR, VIVIR TRANQUILA. Seguir con mi vida sin que nadie me moleste, nada más.
La parte buena de todo esto, además de seguir juntas, es que siempre hay gente que te conoce de verdad y que es precisamente la que no pide explicaciones. Porque la gente que te conoce y que te quiere no necesita comprobar versiones de uno y otro lado, no necesita explicaciones ni testimonios abalados por nadie...La gente que nos conoce y nos quiere se dedica sólo a consolarnos y a apoyarnos, tan sencillo y tan grande como eso. Y se agradece, no sabéis cuánto. Porque como siempre, sólo el amor de la gente que te aprecia de verdad te devuelve a la realidad y te hace sentir que no es verdad, que no todo el mundo se ha vuelto loco a tu alrededor, que la vida tal y como la recuerdas ha existido...

Y gracias a eso, al verano, al mar, al amor, a los recuerdos que viven dentro de ti y nadie te puede quitar, el verano fue extraño... pero estuvo bien.
Y ahora que lo he recordado y analizado, tengo que apoyarme en todo eso (lo bueno y lo malo) para afrontar la Navidad que... vaya tela!! Y es que si el verano es difícil la Navidad ni te cuento. El mismo tema Pontevedra-conflicto y por encima con frío, lluvia y villancicos ¡fun fun fun!
Menos mal que estaré con mis hermanas pero sobre todo menos mal que contaré con un arma infalible ¡¡pelucas de colores y narices de payaso!! No hay tristeza que se resista con ellas así que

¡FELIZ NAVIDAD!


lunes, 28 de abril de 2014

Hola mamá

Hola mamá,

Se acerca otro día de la madre sin madre, otro día de la madre sin ti. 
Y no me acostumbro.
Después de tantos años siendo tú la protagonista de este día, ahora lo soy yo y me siento como si ocupase un puesto que no me corresponde. A pesar de que yo me convertí en madre antes incluso de saber que tú estabas enferma, me siento como si yo hubiese usurpado el puesto, como si estuviésemos en la época medieval y yo fuese el heredero que mata al rey para ocupar el trono de inmediato.
Y te mentiría si no admitiese que espero el regalo del cole del niño con una ilusión casi infantil, pero el día se me queda "cojo" al no poder ejercer de madre e hija al mismo tiempo.
Los escaparates se llenan de "te quiero mamá" y los anuncios de declaraciones de hijos e hijas que adoran a sus mamás y reconocen todo lo que valéis inundan las televisiones, las redes sociales y hasta los guasaps, mientras yo me siento más huérfana que nunca. Y me siento mayor por situarme ahora en la generación más vieja de la familia, por no tener a nadie por arriba.
Siempre me molestó que algunas veces me siguieses tratando como una niña a pesar de mis años. Me preguntabas si iba bien abrigada, te asegurabas de que llevase las llaves al salir de casa, entrabas en mi habitación a cerrarme la persiana cuando anochecía... ¿te acuerdas de la cantidad de veces que me enfadaba contigo por aprovechar cualquier descuido mío para hacerme la cama?
Y ahora pagaría lo que fuera por poder vivir uno de esos momentos contigo, lo que son las cosas.
Y ya no ejerzo de hija de nadie, como mucho de hermana pequeña a ratos y, a tiempo completo, de madre.
Y ahora que tengo a la niña no puedo evitar acordarme de ti a cada instante. Cada vez que ríe te imagino a ti también sonriendo al verla. Será que como te he visto sonreír antes a ocho nietos puedo imaginar a la perfección la escena. Te caería la baba con ella, lo sé, te emocionarías con esta novena nieta igual que con los ocho anteriores e incluso, por ser la última y la recién llegada, la colmarías de mimos como a ninguno.
Y me da pena que a ella no pueda contarle las mismas historias que tengo reservadas para el niño: que lo llamabas pequerechiño cuando aparecíamos por la mañana en la cocina, que él nunca te extrañaba aunque pasásemos días sin verte, que teníais mucha conexión incluso siendo un bebé que aun no hablaba...
Recuerdo el día que hablamos por teléfono y tú estabas eufórica por una mejoría en el tratamiento del cáncer. Me contabas lo afortunada que te sentías, por todo, por encontrarte bien, por el trato, por tanto cariño como estabas recibiendo y por los cuidados médicos. Y entonces me soltaste algo que me hizo saber que tú ya sabías que esto era el final; me dijiste que no podías pedir más, y que lo único que ahora le pedías a Dios era que te dejase vivir para ver a tu nieto andar y llamarte abuela. 
Él cumplió su parte. Te llamó abuela muy clarito, como siempre, y antes que a su otra abuela, como si al principio sólo a ti te reconociese en ese puesto. En cuanto a lo de andar no se dio prisa, esperó a tener 18 meses, el límite para no preocuparme. Cuando íbamos al pediatra y seguía sin andar, la doctora se preocupaba y yo pensaba que le estaba alargando la vida a su abuela, que no quería despedirla tan pronto. Y pudiste verlo andar mucho y él siguió llamándote abuela incluso al final, cuando el pobre no sabía qué te estaba pasando pero observaba con extrañeza que te quedases dormida a cada paso. Te miraba y no podía reprimir un ¡¡¡¡abuelaaaaa!!! y entonces tú despertabas sobresaltada, probablemente algo desorientada pero inmediatamente reconocías al autor del grito y sonreías, siempre, incluso al final, incluso esos días en que la mirada se te perdía y no sabíamos por dónde andaba tu cabeza.
Guardaré por siempre ese recuerdo, le contaré una y mil veces a mi hijo cómo os mirabais y os reconocíais de aquella manera tan especial y cómo aquel día de carnaval entré en la cocina y os encontré tan felices, tú lo tenías sentado en la mesa, con su disfraz y os reíais a carcajada al miraros, sin motivo, o sin más motivo que la felicidad en estado puro. 
Ya no te tengo para crearle esos recuerdos a la niña. Ya no te tengo para los días de la madre, ni para tus cumpleaños, ni para los míos, pero tengo recuerdos imborrables con nosotros y con los nietos.
Seré ahora la que le cuente a mis niños cosas de su abuela, tal y como tú hiciste con el abuelo. Nos contabas tantas historias y lo tenías tan presente que siempre me dio la sensación de que lo reconocería si pudiese verlo y de que yo tenía un abuelo, a pesar de que hubiese muerto mucho antes de nacer yo. 
Espero hacerlo bien para que mis hijos no se pierdan a su abuela.
Y este día de la madre no te podremos mandar flores, no te podremos llamar, pero no dudes que lo celebraremos como debe ser, con nuestros hijos pero pensando en ti en cada momento. Porque eres nuestro ejemplo y porque mamá sólo hay una.
 

sábado, 29 de marzo de 2014

La sonrisa de mi madre

Siempre que pienso en mi madre la recuerdo sonriendo.
Mi madre sonreía siempre y sonreía de verdad, con los labios y con los ojos. A menudo reía, reía a carcajadas, con la boca abierta, moviendo el cuerpo, y llegaba a llorar de la risa también. Tenía ataques de risa que hemos heredado las tres hijas, de esos que empiezan por la más mínima chorrada y te llevan a pasar un rato descontrolada, sin poder parar y al borde de las lágrimas. Mi marido ya ha aprendido a reconocer cuando se acerca uno, me deja sola y se va diciendo por lo bajo alguna frase del tipo "ya estamos" y se aleja, como si la onda expansiva lo fuese a alcanzar.
Mi madre tenía una risa sonora y auténtica. Nunca la vi con una sonrisa falsa. Al contrario, era incapaz de disimular cuando alguien le caía mal. Ni por quedar bien aparentaba y a veces le pasaba factura, claro, hay gente que prefiere una sonrisa falsa a una verdad.
Mi madre sonreía cuando nos veía llegar a su casa y dejaba de hacerlo cuando le decías "mamá, que ya me voy".
Hay una sonrisa particular de mi madre que recuerdo mucho, esa con la que se quedaba mirando a alguno de los nietos cuando le contaban sus hazañas, sus avances en el cole, sus cosas... amplia, emocionada, con la papada hinchada como un pavo... puedo verla incluso sin cerrar los ojos, porque también la usaba con nosotros.
Yo me río a menudo. No sé saludar sin sonreír. No recuerdo ningún día de mi vida en el que no me haya reído. Incluso en los días más amargos (he tenido unos cuantos) me he reído en algún momento. La risa libera tanto como el llanto y sienta bastante mejor. La risa te une a los que la comparten contigo. Mi marido me enamoró cuando me hizo reír, sé que suena a tópico pero es cierto; reirnos juntos es una de las cosas que más me sigue encantando de nuestra relación. Mis sobrinos me consideran de risa fácil. Mis amigos también. Y me tomo muy en serio la vida, porque ser de risa fácil no es lo mismo que ser boba o superficial, es que simplemente, siempre hay un buen motivo para sonreír o, en el mejor de los casos, para reír a carcajadas.
Siempre que estoy con mis hermanas me río. Siempre me reía cuando estaba con mi hermano. Siempre reía con mi madre.
No sé si soy feliz porque me río mucho o me río mucho porque soy feliz.
Mi hijo de tres años ríe constantemente. Cuando estaba embarazada deseaba que naciese sano y no me atrevía a pedir más, porque un bebé sano me parecía el colmo de la buena suerte. Aun así, internamente, pensaba que ya asegurándome un niño sano, por Dios, que no fuese sosito. Y se ve que Dios estaba escuchando ese día porque la mayor parte del tiempo se pasa de gracioso y de payaso. Mi hijo se ríe de verdad, con la boca y con los ojos, con una risa abierta y tan contagiosa que siempre consigue hacerme reír también, sin importar la trastada que haya cometido.
Cuando era un bebé, unos carnavales, reía sin parar en el colo de mi madre que, como es de suponer, reía con él. Nunca supe de dónde venía su conexión pero la verdad es que desde siempre se entendieron a la perfección. Por suerte tengo la escena grabada, no sólo en mi cabeza, que también. Los dos mirándose y riendo juntos, por el simple gusto de reír.
Mientras escribo esto, mi hija de cuatro meses sonríe cada vez que la miro. Nunca llegará a conocer a su abuela pero lo cierto es que cuando me sonríe y sus ojitos brillan siento que no es así, que mi madre la conoce y que la mira poniendo su sonrisa de abuela-pavo feliz.

jueves, 6 de marzo de 2014

Nunca choveu que non escampara

Me encanta esa frase. Por la esperanza que trasmite, porque te dice que da igual lo terrible que sea lo que te está pasando, siempre habrá un final.
Me encanta por lo gráfica que es, sobre todo si eres gallega y has visto llover tanto y durante tanto tiempo que, realmente parece que nunca llegará a parar. Pero un buen día pasa, vuelve a salir el sol y brilla como nunca, o como siempre.
Últimamente me repito mucho esta frase, precisamente en una época en la que no para de llover y trato de recordarme a mí misma que esto también pasará, que sólo es un invierno más. Y es que mi vida familiar se parece mucho a este tiempo lluvioso.
Si pensábamos que la primera Navidad sin mi madre sería la peor... nos equivocamos. Reconozco que fue realmente duro enfrentarnos a la casa de mi madre y a las fiestas sin ella pero, a pesar de lo bien que lo hicimos, no todo acabó una vez que lo pasamos. Todos los acontecimientos del pasado año hicieron que llegásemos a una nueva Navidad con la misma añoranza o más por la falta de mi madre y el dolor añadido de encontrarnos fuera de casa.
Después de todo lo que pasó en verano, yo ya tomé la decisión de no volver a casa de mis padres, así que fui a Pontevedra dolida pero tranquila, pero mi hermana mayor dijo que no, que ella no se iba a dejar ganar así y que nadie la iba a echar de casa de mi madre, de su casa. Creo que ni ella ni ninguno de nosotros valoramos realmente el riesgo que corrían y, por supuesto, ninguno imaginamos el final que tendrían aquellas navidades.
A pesar de intentar hacer de tripas corazón, a pesar de que salían de casa por la mañana y no regresaban hasta la noche (a veces después de cenar), parece que la presencia de mi hermana y su familia escocía exageradamente tanto a "los ocupantes" de la casa (mi padre y mi sobrino) como a mis tíos, los que viven debajo. Así que por fin la tensión se desató una noche, aprovechando un pequeño detalle, un comentario sin importancia de mi hermana que mi sobrino tomó como excusa para montar la madre de todas las batallas, la batalla final. No voy a entrar en detalles porque, por desgracia, yo no pude ir a socorrer a mi hermana y me tuve que quedar en el hotel, con mis hijos, "mordiéndome las uñas" por no saber qué estaba pasando. Así que no hablaré de lo que no vi, pero sí de lo que viví después: ya de madrugada, después de recoger cuatro cosas y dejar a sus hijos en casa de mi otra hermana, mi hermana mayor y su marido tuvieron que venir a pasar la noche a nuestro hotel. Sólo con ver su cara pude adivinar el horror que acababan de pasar. Creo que nunca vi a mi hermana tan "pequeña", tan desvalida y dolida; en sus ojos la marca del llanto, la rabia y el dolor y en su boca tan sólo una frase que no paró de repetir esos días, "tenía que intentarlo".
La entendí perfectamente, yo también lo intenté un tiempo, también tenía en mi cabeza esa idea de no abandonar la casa de mi madre, de no darle ese disgusto, a pesar de que ya no esté para verlo... esa idea de no dejarnos ganar por gente indeseable, no dejar la casa a su suerte... pero al final fui más práctica, digamos que dejé de lado lo que era justo y opté por lo mejor para mí y mi familia de cuatro, LA TRANQUILIDAD.
Y pasado el mal trago eso fue lo que ganamos todos, no vivir con el alma en un puño sabiendo que mi hermana y su familia tenían que compartir la casa con gente que te mira todo el día como al peor de sus enemigos; saber que nadie va a estar continuamente retándote, poniéndote al límite para provocar que te desenfrenes, no sentir asco por los cambios impensables de la vida de mi padre y mi sobrino "gracias" a que mi madre ha muerto.
Y una vez más salimos del hoyo. Mi hermana consiguió una casa al día siguiente de que la echaran. Es lo que tiene ser buena persona, que siempre hay alguien dispuesto a echarte una mano.
Y de nuevo hicimos una Navidad estupenda, gracias entre otras cosas a la generosidad de mi hermana de Pontevedra que nos abrió las puertas de su casa 24 h al día y además estuvo encantada de acogernos, exactamente igual que mi madre durante toda su vida. Paradógicamente, para los niños fue de las mejores navidades y hasta el mal tiempo contribuyó a que la casa de mi hermana fuese nuestro refugio, lleno de alegría y calor, no sólo por lo alta que tiene la calefacción (ja, ja, ja) sino por lo bien que te sientes cuando la gente que te quiere de verdad está contigo.
Y de nuevo las coincidencias se aliaron con nosotras porque teníamos preparada una sorpresa para celebrar el cumpleaños de mi hermana mayor y después del disgustazo que pasó nos vino que ni pintada para intentar animarla.
Me han quitado "mi Navidad", mis regalos de Reyes en casa de mis padres (33 años dejando los zapatos en el mismo sitio), las películas en el salón con mis sobrinos.... pero ya nos hemos hecho otra Navidad. Y además este año, que tanto nos hacía falta un empujoncito a las tres, yo he contribuido con una de las mayores alegrías del mundo, una personita nueva, mi hija la dormilona. Otra coincidencia que llenó nuestros días de calor. Porque contra los que atacan, los que sólo viven en el odio y desean vernos por los suelos, no hay mejor arma que un bebé, la expresión del amor más grande y más puro. Nada como verla dormir y después observar su sonrisilla al despertar para que todo lo demás desaparezca y sepas que eso es la felicidad.
Evidentemente, como las desgracias nunca vienen solas, al echar a mi hermana de casa hubo más pérdidas que la de la casa. Mi hermana perdió salud, porque la pesadilla de mi padre gritándole "a la puta calle" y echándola de su casa delante de sus tres hijos aun no se la puede quitar de encima; sentir el odio de mi padre, de mi tío llamándolos okupas y de mi sobrino feliz por haber precipitado toda la bronca es algo difícil de quitarse de encima. Y lo conseguirá, seguro, pero yo ni lo perdono ni lo olvido.
Yo perdí personas que creía leales, así que he perdido también seguridad y autoestima. Y sobre todo, por más veces que me pase, no me puedo quitar de encima la incredulidad y la sensación de no saber de dónde ha venido el golpe. Y me veo examinando mi vida con las personas que me han traicionado, analizando cada detalle, buscando el momento en que yo hice algo para que ahora me la devuelvan así. Y no lo encuentro. Y me vuelvo loca. Porque no entiendo nada. No entiendo que pese más una supuesta herencia que una vida ejerciendo de hermana mayor y ni siquiera sé por qué ambas cosas son excluyentes. No entiendo que mi hija, la misma que ha arrancado una sonrisa sincera a todos estas Navidades, no haya despertado ni un comentario agradable, ni una mirada de cariño... y no entiendo muchas cosas que ya ni voy a nombrar pero que me siguen doliendo infinito.
Así que hago lo de siempre, pasar página y, sobre todo mirar hacia adelante, siempre, como mis hermanas y como mi madre. Y mirar "hacia abajo" para encontrarme con mis hijos, que son mi vida, mi amor y mi alegría y el motor que me hace seguir adelante con una sonrisa. Así que me alegro y celebro hasta el infinito la suerte que tengo con mi familia de cuatro y pienso en estas Navidades como una liberación y no como un fracaso. Hemos ganado, por fin, en tranquilidad. Hemos estado juntas, hemos construido, otra vez, una Navidad estupenda para nuestros hijos. Y como somos gallegas sabemos más que nadie que NUNCA CHOVEU QUE NON ESCAMPARA. 
Hoy luce el sol como nunca. O como siempre. A pesar de la lluvia, los temporales y las ciclogénesis... SIEMPRE HAY SOL.
En Navidad dije una cosa que a mi cuñado le encantó así que la voy a repetir también en honor a él, una estupenda persona que ha sido atacada como nunca simplemente por no "reirle las gracias" a los cretinos: "todas las navidades nos falta gente pero es la primera vez que no nos sobra nadie".

martes, 24 de septiembre de 2013

Desterradas

Cuando mi hermana mayor se casó, mi madre le entregó una llave de casa a mi cuñado (su primer yerno) para hacerle saber que aquella era a partir de entonces también su casa y permitirle entrar y salir de ella como tal.
A lo largo de mi vida he podido ver cómo mi madre acogía en casa a hermanos, sobrinos, hijos, parejas de hijos, nietos, amigos y un largo etcétera de gente. Nunca negó un plato de comida y una cama a nadie y su generosidad respecto a sus invitados podía durar desde unas horas hasta meses.
Estoy segura de que a mi madre le habría encantado tenernos en casa siempre, sin que nunca nos hubiésemos ido. No llevó bien el momento en que cada uno nos fuimos yendo, a pesar de que sabía que era esa famosa "ley de vida"y que lo mejor para cada hijo es seguir su propio camino y destino. De haber podido, nos habría hecho un hueco en su casa, con parejas e hijos incluidos y habría vivido así de lo más feliz. 
En cualquier caso, aprendió a conformarse con las visitas y disfrutaba una barbaridad de los momentos en que nos tenía cerca, viviendo de la manera más parecida a ese sueño imposible.
Cada vez que mi hermana mayor y su familia tenían que volver a Madrid después de una temporada en Pontevedra, a mi madre se le partía el alma y tardaba unos días en acostumbrarse de nuevo a la ausencia y al silencio de las habitaciones vacías. 
Cuando se puso enferma, yo empecé a ir más a menudo a Pontevdra, todos los fines de semana y festivos que pude. Nuestras visitas y sobre todo la de mi hijo recién nacido la reconfortaban mucho y le hacían revivir de una manera más que aparente. De igual manera, cualquier visita de mi otra hermana (la que vive en Pontevedra) y su familia la llenaban de vida. Y todas y cada una de esas veces, cada vez que llegaba el momento de irnos, su cara reflejaba el disgusto por tenernos lejos de nuevo, aunque fuese por unos días. 
A mí no se me olvida una frase que nos dijo un día, un domingo que nos volvíamos después de uno de los últimos fines de semana, cuando la enfermedad ya avanzaba de manera notable. A mí no se me olvida, pero mi marido me lo recuerda con frecuencia, porque también a él se le quedó grabada la cara de mi madre al decir "os pondría un candado en la puerta cuando decís que os vais".
Mi madre observaba con envidia las típicas imágenes en televisión en las que salen los agraciados del gordo de la lotería de Navidad. Decía que nada le gustaría más que ser una de esas personas que cuando el locutor de turno pregunta "¿qué va hacer con tanto dinero?" contesta que le va a poner un piso a cada hijo, que no podía imaginar más felicidad que poder hacer eso.

Este verano mi hermana mayor y su familia, como todos los años, pasaron las vacaciones de verano en casa de mi madre. El penúltimo día, mi padre les dijo que no podían volver en Navidad, que quizá alquilase la casa o parte de las habitaciones o ya vería...
Lo hace y puede hacerlo (legalmente), pero no sé por qué.
El caso es que da igual. Da igual que la casa sea también nuestra, da igual que mi madre nunca hubiese imaginado ni aprobado algo así, da igual que no entendamos nada... no vamos a volver a donde no nos quieren. Y pensamos entonces en llevarnos de casa de mi madre nuestras cosas pero te plantas en tu habitación y empiezas a mirar y nada tiene sentido: ¿me llevo mi cama? ¿me llevo los cuadros de mi habitación que no encajan en mi casa? ¿los pijamas que no necesito? ¿juguetes de mis sobrinos que ya no usan? ¿y cómo me llevo los recuerdos de toda una vida? ¿cómo empaqueto la sensación que tengo cuando estoy aquí de que mi madre está en casa? ¿cómo me llevo los atardeceres que veo desde la ventana del salón? ¿en qué bolsa meto los olores y los ecos de la voz de mi madre?
Así que nos fuimos, como se suele decir, con una mano delante y otra detrás, con la bofetada puesta y la pregunta "¿cuándo podré volver?" resonando en la cabeza. 
En 15 días volví a Pontevedra, de hotel, claro. La sensación era extraña, como si estuviese de vacaciones en otro sitio, pero quería obligarme a tomar esa nueva vida cuanto antes, sin mirar atrás, sin preguntarme de nuevo POR QUÉ y sin darle más vueltas buscando otra solución. Y me centré, como siempre, no en lo que pierdo, sino en lo que tengo, así que nos rodeamos de familia y amigos y pasamos un fin de semana realmente estupendo. 
El sábado, después de estar en la playa con mi hermana y su familia, volvimos al hotel para arreglarnos y salir con mis amigos. Al pasar cerca de casa de mi madre, mi hijo (2 años) preguntó por qué no íbamos a casa de la abuela. Hay preguntas que no tienen contestación.
Cenamos y reimos y al volver, no a casa, sino a la habitación de un hotel (sin recuerdos, sin olores, sin voces) el sonido de varios mensajes en el teléfono sonó insistentemente. Era mi sobrina. Estaba en un concierto de Amaral y me mandaba la grabación del estribillo del que yo hablé en el funeral de mi madre (mi homenaje). Decía que, al oirlo, se había acordado de mí y de ella. Lo escuché y sonreí, claro, y la sonrisa me duró un buen rato y seguí sonriendo al día siguiente al recordarlo y cada vez que oigo la grabación. Y me pareció un momento increíble y una coincidencia aun más asombrosa que justo al llegar al hotel, en ese momento, llegase semejante "ayuda". Y creí en la magia, en la que existe entre las personas que se quieren, en la que existe en las personas que nunca se van aunque se mueran y en la que no se va aunque te echen de casa de tu madre en Navidad. Y de nuevo supe que nadie me puede quitar lo más valioso que tengo y que desde allí donde esté, mi madre no nos deja solas.

jueves, 29 de agosto de 2013

Un año después

Echo de menos a mi madre. 
La echo tanto de menos que nunca lo digo, porque me echaría a llorar.
El dolor agudo de los primeros días, la angustia, han dado paso a otro sentimiento menos profundo pero que lo impregna todo. Es como una tristeza alargada, una pena difusa pero continua, una sombra que sólo tiene un nombre: AUSENCIA.
Ha pasado ya un año desde su muerte, quién lo diría y, una vez más, compruebo con amargura cuántas cosas desaparecen o se desmoronan cuando muere una persona tan importante, como si su sola desaparición no fuese suficiente. 
Ya me pasó cuando murió mi hermano. Algunas personas más o menos cercanas desaparecieron de inmediato, las menos importantes, otras se fueron disipando con los meses y los años pero las peores puñaladas y decepciones ocurrieron con los años.
Con mi madre todo se ha desmoronado muy rápidamente. Normalmente no me gusta hablar de esta parte tan "negra" pero es que está siendo tan demoledor e inexplicable lo que está pasando que no puedo avanzar sin "masticarlo" un poco. 
El mismo día del funeral de mi madre, cuando leí lo que para mí era un homenaje sentido y merecido (Mi homenaje) y que todos los que me escucharon acogieron con verdadero cariño, mi padre dejó de hablarme. Creo que sobran más comentarios.
A partir de ahí y en los días que restaron de ese mes de agosto de 2012, mis hermanas y yo hicimos una piña, más fuerte que la unión que ya teníamos y sobrevivimos gracias a permanecer unidas y conviviendo a diario. Pero agosto acabó y tuvimos que volver a la vida real. Tuvimos que enfrentarnos a nuestro dolor y nuestra pérdida cada una por separado y compaginándola como buenamente pudimos con nuestra vida diaria y con la marcha diaria de cada una de nuestras familias.
Y yo segui volviendo a Pontevedra, a la casa de mi madre, desde que acabó agosto hasta Navidad regresé en numerosos fines de semana. Pero en casa de mi madre todo me empujaba a que me fuese, el vacío inmenso de no encontrarla a ella en cada visita, la suciedad y el desorden de sus "habitantes" pero, sobre todo, el desprecio absoluto que sentí en cada una de mis visitas. Tonta de mí, pensé que para un viejo solo y su nieto (al que siempre cuidé como a un hermano pequeño) mi llegada sería como un soplo de aire fresco, una ocasión de sacarlos de sus propias rutinas, tristezas y añoranzas. Nada más lejos de mi pensamiento. No me lo quería creer pero con el tiempo sólo pude confirmar que mi padre y mi sobrino estaban encantados o encantadísimos tanto con la ausencia de mi madre como con su convivencia mutua que básicamente consistía en hacer lo que quisiese cada uno sin molestar ni preguntar al otro. Me parece aun ahora tan fuerte que me da hasta vergüenza escribirlo. (Huérfana)
Yo veía a mi hermana fuera de la casa de mi madre y por eso sobreviví y por eso seguí volviendo, pero lo cierto es que cada visita a Pontevedra me dejaba hundida.
Y llegó la Navidad. Y de nuevo las tres nos juntamos y así conseguimos no sólo superar una fecha tan amarga sin mi madre, sino pasarlo realmente bien y estar de nuevo a gusto. Por que no hay nada mejor que sentirse querida de verdad, tan simple como eso.(Prueba superada)
Pero precisamente por lo bien que me fue en Navidad, decidí no volver a casa de mi madre hasta que estuviésemos las tres juntas de nuevo y así me alejé más y más de Pontevedra. Volví en Semana Santa y en verano, como mi hermana, que vive en Madrid y no tiene otro remedio, pero viviendo tan cerquita como Coruña. Y pensé en alternativas para volver a Pontevedra sin tener que dormir en casa de mi madre, pero no fui capaz de llevarlas a cabo....
Y resulta que desde mayo de este año me vi agobiada por el trabajo y con una disculpa "buena" para no volver pero tanto agobio de trabajo me llevó muy rápido al verano, y a encontrarme casi de golpe en el aniversario de la muerte de mi madre. Y ni todo el trabajo del mundo me ha impedido acordarme de aquellos últimos y terribles días de mi madre, de su declive, de mis hermanas y sus cuidados, de los montones de conversaciones cruzadas sobre la situación y cómo hacer lo mejor para ella.... conversaciones en las que nunca intervino mi padre, como si la muerte inminente de mi madre no fuese con él. Bueno y de hecho no lo fue. Cuando murió él no estaba, estaba de bares. Fuimos las tres a organizarlo todo y ni lo llamamos; entonces no usaba móvil como ahora.
Prefiero no pensar en todo lo que mi padre no hacía cuando ella estaba y ahora sí; resulta tristísimo pensar en la vida que le dio a ella y en la que él se pega ahora...
Y el caso es ese, que vuelvo a casa un año después con esa sensación de que el tiempo no ha pasado y a la vez la otra sensación de que hace mucho que no veo a mi madre. Y de nuevo es la presencia de mis hermanas y sus familias lo que "me salva", lo que me hace recordar todo lo que no he perdido ni perderé y todo lo bueno que tengo, que es mucho y cada vez más, porque, si todo va bien, en noviembre tendré una niña. Y aunque ninguna somos de cementerios y cosas de esas, nos acercamos a regalarle unas rosas a mi madre por su santo y aunque la visita me encoje el corazón, no sé cómo ni con qué tipo de resortes, acabamos riendo las tres en el cementerio, COMO SIEMPRE.
Ahora el futuro es sumamente incierto. Mi padre ha hecho cientos de cosas durante este año para apartarnos de su vida pero lo más sangrante es que está "moviendo ficha" para ver si consigue que ni mis hermanas ni yo ni sus nietos volvamos a casa de mi madre. Y la casa está llena de cosas nuestras, camas, muebles, ropas, etc que compramos nosotras, pero sobre todo de recuerdos que no queremos que nos pisen otras gentes que puedan ocuparla.
Y aunque eso es grave, lo peor, lo que me reconcome la cabeza es QUE NO LO ENTIENDO. Mi padre nos ha ignorado desde el mismo momento de nuestro nacimiento pero lo que descubro sobrecogida es que nos odia. Y tiene unos aliados perfectos que nos odian tanto o más que él, que son mis tíos y que viven el piso de debajo del de mis padres. Y NO LO ENTIENDO. No entiendo el odio, ni este, ni ninguno. Puedo entender un sentimiento de ira puntual, una animadversión por alguien, pero no entiendo este odio de malo de película, ese continuo buscar tretas o estratagemas por machacar al otro. A mí si me cae mal alguien o no me gusta me aparto y deseo perder a esa persona de vista, pero no puedo entender el perder mi tiempo y mi energía en machacarlo ¿por qué?
La vida es muy corta. Los momentos que pasas con la gente a la que quieres son finitos. Yo tengo clarísimo que no voy a gastar ni un minuto en "planear" chorradas para hundir a otro, prefiero invertir en positivo, de verdad. Y es que las cosas malas ya vienen solas y el odio consume al que lo siente y se vuelve contra él, no tengo la menor duda, asi que yo, el tiempo que tengo, lo quiero invertir en vivir, en disfrutar de mi familia y de los amigos de verdad, en ver crecer a mis niños y disfrutar de cada momento, en quererlos mucho y que mi familia me de tanta alegría que me ayude a sobrellevar toda esa parte "oscura" que ni comparto ni entiendo.
No sé qué pasará mañana así que no sé qué pasará de aquí a Navidad. Sólo sé que mi madre nos dio herramientas suficientes para enfrentarnos a todo y que mientras tenga a mis hermanas a mi lado podré con ello. También sé que nada dura para siempre, ni lo bueno (por desgracia) ni lo malo (por suerte). Puede que perdamos algo, o mucho, o todo, pero el recuerdo imborrable de mi madre nos da fuerza no sólo para seguir adelante sino para construir un futuro que algún día será mejor. Y sé que hace un año, cuando ella murió, no podría ni soñar con lo que estoy viviendo ahora, tener la inmensa felicidad de tener otro hijo. Así que por mucho que nos apaleen.... "seguimos jugando".

miércoles, 8 de mayo de 2013

El día de mi madre

El domingo fue el día de la madre pero hoy es el día de mi madre. Hoy cumpliría 80 años.
En las últimas semanas me he parado más de una vez delante de un escaparate pensando en posibles regalos y antes de darme cuenta de que este año no le regalaríamos nada, me he "apuntado mentalmente" que tenía que hablar con mis hermanas sobre eso. Normalmente le regalábamos ropa, juntanto ya los dos regalos (día de la madre y cumpleaños), o un bañador... sobre todo el regalo era que ella saliese a comprar ya que, fuera de estas ocasiones no lo hacía. Ella era de las de "no necesito nada" o "total para lo que salgo", como si no se mereciese ir guapa aunque fuese al súper. Y el continuo "hay que apretarse el cinturón" de mi padre, no la ayudaba mucho.
Así que nosotras aprovechábamos estas ocasiones para "ponerla guapa", pero sobre todo para que saliese ella de tiendas, con lo que anima eso. 
Seguro que este año buscaríamos algo especial, una joya, tal vez, que expresase nuestro cariño y pusiese la guinda a esta fecha tan redonda. Evidentemente, no se alcanza una década tan alta así como así. Y habría flores, cómo no, y dibujos de los nietos también, seguro. Ese sí que era un regalo que le gustaba de verdad.
Pero así son estas cosas, no nos acostumbramos. Una no deja de tener madre de un día a otro y, ni siquiera, cuando van pasando los meses. Y eso es algo que pienso a menudo. Cuando mis amigos hablaban de comer con sus madres el día de la idem, yo pensaba "claro, como yo no tengo...", pero inmediatamente me decía que no es así. No siento que no tenga madre, no creo que eso sea así. Yo tengo a mi madre ¿cómo no la voy a tener? Mi madre no estuvo a mi lado durante 40 años para desaparecer ahora y no ser más que un recuerdo. La huella que deja una madre y todo lo que vives con ella hace que nunca te deje, porque vive en tí y porque una madre como la mía no te deja ni aunque se muera. Así de sencillo.
Mi madre hoy estaría feliz, recibiría las flores en casa con una enorme sonrisa y esperaría la llegada de mi hermana y mis sobrinos por la tarde con la ilusión de un niño pequeño en su cumpleaños. Eso es una de las cosas que más identifico con mi madre, la sonrisa, la risa y las carcajadas. Mi abuela materna era igual y mis hermanas también ríen constantemente, así que creo que es algo que nos ha inculcado a fondo. Creo que la alegría, como el amor, es algo que se siente de una manera innata, pero también es algo que se transmite y se enseña. Mi madre nos enseñó a querer queriéndonos y también nos enseñó a reir a carcajadas, porque ella lo hacía siempre.
Cada vez que mi hijo tiene un ataque espontáneo de risa, así, sin motivo aparente, reir por reir... yo río también, lo abrazo y lo beso entre risas y muchas veces acabamos en el suelo con un ataque de risa descontrolado. Creo que esa felicidad compartida le ayudará a saber ser feliz y a saber querer y sin que él lo sepa, esas risas nos traen a su abuela, que seguro que también ríe feliz observándonos desde sabe Dios dónde.
Hoy no habrá regalos. No habrá compras compartidas ni llamadas de felicitación. Pero habrá risas en cada una de nuestras casas y habrá amor. Así mi madre sonreirá allí donde esté y celebrará como merece su 80 cumpleaños, con sus hijas y sus nietos, que no la olvidan.
¡Felicidades mamá!